El Dock

(Reseña en tres capítulos)
I
Con tantos libros que se publican ahora, a veces no sé que leer. Ese océano de publicaciones, suele producirme mal humor, porque es muy factible que escoja una mala novela o elija a un mal autor. Una de las ventajas de haber cursado un pregrado en literatura, es que en los programas de las clases, los profesores tienen una lista de libros. Entonces, creería uno que podría ir a la fija a conseguir uno bueno. Pero esa lista a veces no se renueva mucho. Hay maestros que pasan toda la vida explicando la misma obra. Por ejemplo, mi profesora de La Divina Comedia, una maestra excelente, que me parecía, había sido amante de Dante Alighieri, pues me daba la impresión que sabía a que horas se acostaba el escritor, que le gustaba comer y otro montón de intimidades que solamente una amante puede saber. También tuve un profesor que parecía el mejor amigo de Don Quijote, tenía la sensación de que los viernes en la noche, después de que mi maestro saliera de la universidad y don Alonso Quijano acabara con alguna aventura, se encontraban en algún bar para charlar y tomarse unos tragos.
Ahora sigo con mis estudio literarios, hago una maestría en escritura creativa, obviamente, hay clases sobre libros y autores. Clases de literatura. Igual que en el pregrado, hay profesores, muy buenos, que saben mucho sobre un autor o un libro, pero que no renuevan a muy a menudo su lista de lecturas para dictar clases. Hay otros profesores, en cambio (en el pregrado y en la maestría), que refrescan permanentemente el programa de sus clases y cada dos o tres años, encuentran nuevos libros y nuevos autores. Aquí no defiendo ni a los primeros ni a los segundos profesores, pues ambos me han regalado su magnífico conocimiento. En la clase del Quijote, recuerdo que me emocionaba mucho, al igual que lo hice cuando descubrí a autores nuevos como Juan Villoro, Santiago Gamboa, Martin Amis o Antonio Baricco.
En la maestría estoy asistiendo a una clase de literatura latinoamericana, la profesora parece renovar su lista con frecuencia y cumplir la tarea que la globalización y el mundo moderno exigen. Estar actualizado. En esa clase, hemos leído a nuevos escritores como Alberto Fuguet, Roberto Bolaño, Pablo de Santis, Rodrigo Fresán y otra cantidad de nuevos escritores latinoamericanos. Hace poco, en esa misma cátedra, tuvimos la oportunidad de leer El Dock, escrita por la argentina Matilde Sánchez. Esta novela logró emocionarme, por ello y a continuación escribiré sobre el particular.
II
Para los escolásticos, la memoria es una de las potencias del alma, porque a través de ella se pueden retener las especies sensibles y las intenciones no sensibles, es decir, que el hombre tiene la capacidad y la fuerza, no sólo de recordar, sino de buscar el recuerdo con una capacidad racional.
De esta manera está contada El Dock, la novela de la escritora argentina Matilde Sánchez. Sobre el recuerdo, la narradora reconstruye los hechos y va tejiendo la vida de los personajes:
Años atrás en el Dock, no podría decir cuantos años hace exactamente, comenzó una historia. En verdad dos historias o tres, quizá más historias, una historia por cada uno de nosotros. La cronología ordena que todo ocurrió hace no más un par de años, que se trata de un pasado reciente que aún gravita sobre la realidad inmediata. Sin embargo, yo creo que no es así porque en el recuerdo es como si todo hubiera ocurrido en otro tiempo, en otro lugar y a otras personas, mientras que a veces parece ayer mismo. En cualquier caso todo está sujeto a la emoción, teñido por ella, y la emoción sigue en el presente mientras lo hechos pierden nitidez y se confunden en una materia indistinguible y viscosa.
La historia es muy sencilla: Hay un ataque a un destacamento ubicado en El Dock, un barrio imaginario de Buenos Aires. Una mujer se inmola dentro del recinto militar. En la televisión, la narradora descubre que es Poli, una vieja amiga que hace mucho no veía. Al poco tiempo, Margot, una vecina de Poli, se comunica con la protagonista, la hace ir hasta su casa, para entregarle la custodia temporal de Leo, el hijo de Poli. Leo es un niño no convencional, amante de la astrología, de aproximadamente 13 años. Al poco tiempo, la narradora, su compañero coreano Kim y Leo deciden viajar a la costa de Uruguay, a una casa de descanso de la familia de Leo, allí la custodia se convertirá en permanente y empezarán una nueva vida.
Los acontecimientos de esta novela se desarrollan en la época de la dictadura argentina, pero en El Dock no hay datos reconocibles, y a medida que va transcurriendo la narración se siente el miedo y la persecución. Los ojos de los vecinos que vigilan los movimientos de los protagonistas y el temor que se hace latente en cada decisión que toman. El silencio atraviesa las páginas. No se cuenta todo, pero la atmósfera de la persecución, de las culpas, de la historia de Poli, del riesgo de un cambio de vida que empiezan a llevar los personajes, se hace latente a medida que el tiempo transcurre.
La prosa de Matilde Sánchez es poesía en reposo. Cada palabra está en su lugar para formar una imagen precisa, para mantener al lector en vilo (por lo menos eso me ocurrió a mí), no como lo haría una novela policíaca, sino más bien, como pasaría con una población que vive alrededor de un volcán y día tras día espera que haga erupción. Es una prosa que se va agrandando, al principio todo parece visto desde afuera. El suceso de la muerte de Poli, la descripción del barrio es contado con un lenguaje casi periodístico.
En el extremo sur del Dock había un rectángulo de vegetación agreste cercado de alambre de púas y torres de vigilancia. También había torres en uno de los lados más anchos del perímetro, el que da al río y su franja rellena de basura y cascotes. Nadie en sus cabales habría querido utilizar esa playa pero de todos modos las autoridades insistían en el control, como si alguna amenaza pudiera provenir de esa franja baldía de arena y desperdicios. Alrededor del rectángulo los carteles advertían que los centinelas abrirían fuego ante cualquier movimiento sospechoso, aunque de hecho los vehículos prefirieran acelerar para dejar atrás el destacamento del Dock lo más pronto posible. En el centro del terreno se levantaban las instalaciones militares.
Pero después, cuando Poli empieza hacer parte de la vida de la narradora, ese volcán a punto de hacer erupción, empieza a rugir más duro.
Durante un tiempo sus ambiciones, que eran inmensas y decididamente poco realistas, se concentraron en un punto fijo de la acción concreta, la enfermedad del niño, las dificultades respiratorias, la fiebre. Es destino se había acotado y abracaba un pequeño tramo de futuro: la crianza y la curación de Leo. De todas formas, seguía perdida en la búsqueda insatisfactoria de sí misma, como si algún día fuera a encontrarse efectivamente con una doble de cuerpo —real, tangible— que comunicaría su oráculo y sería la suma de todos los naipes, los cuadrantes, las efemérides planetarias.
Matilde Sánchez ha escrito una novela en donde todo se dice en silencio; lo que importa en El Dock, es todo aquello que la memoria no pudo o no quiere recordar. Lo que no se cuenta. El silencio es lo que más importa en la novela, lo que desde mi punto de vista, la hace interesante.
III
El Dock fue publicado en 1993, por Planeta Argentina. Casi dieciséis años después cayó en mis manos, a veces la globalización no hace bien su trabajo. Pero más vale tarde que nunca. Encontrar a Matilde Sánchez, leer El Dock, me ha puesto de buen genio, pues entre tantos libros y autores, toparse con uno que valga la pena, me parece digno de mención. Ojalá, los profesores que renuevan su lista de libros, incluyan a Sánchez en sus programas y los que no la renuevan muy a menudo, ojalá la encuentren algún día, asi sea por error.