Un toque de erotismo

“Mil veces buscó los ojos de ella y mil veces encontró los suyos.
Era una especie de triste danza, secreta e impotente”.
Alessandro Baricco.
Una obra ligera, que puede leerse en una tarde sentado bajo el hielo. Así podríamos calificar Seda del italiano Alessandro Baricco. El erotismo se transforma en sencillez, sutileza, silencio y tiempo. Es un trabajo mínimo con bellos toques de una pasión compartida. ¿Es necesaria la lectura de esta historia para los interesados en el roce y el tacto?
Ahora comprendo por qué la literatura erótica no es un género ni un destino, sino un camino no siempre placentero. Seda de Alessandro Baricco es una muestra de la sentencia anterior. El placer se convierte en un juego no satisfecho. Algunas gotas de deleite, pero que son suspendidas al llegar cierta culminación. Para algunos el verdadero goce consiste en llegar a la cúspide, de no serlo, al menos descubrir el motivo del estado de estupefacción y cambios repentinos.
Seda no es una obra en la que nos podamos sumergir y erizarnos hasta perder la razón con sus descripciones. Tampoco tiene un estilo narrativo que haya demandado un arduo trabajo de análisis en donde se nos explote la cabeza entendiendo por qué inició en la mitad de la historia. Al leerla entramos en un canto delicado. Los personajes se sumergen en nuestros dedos, más que en nuestra memoria. Está impregnado de un alto grado de sensibilidad. Nos da la sensación que al leerla nunca nos confundiremos ni exaltaremos, aunque algo distinto sucede adentro en su verdadera raíz. Pero de lo que estoy segura, es que esta obra nos regala algunos toques de erotismo en donde la seducción y la mirada se convierten en el centro de la narración, casi al final de la historia. Quizás, su lectura sea necesaria para devolvernos al pasado de la quietud del alma y nos conduzca a la búsqueda de un momento que nos conmueva aunque termine o no en un fabuloso clímax. Es también el silencio encerrado. El todo innombrable y el delicado sabor de un erotismo sin palabras:
“Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?”.
En la obra visualizamos un triángulo entre Hervé Joncour, Hélène y la mujer invisible, quien hizo detener al protagonista de su letargo cotidiano, conociendo el otro lado de su rutinaria e inmovible vida. Joncour logra percibir a otro ser con ojos cerrado, que se extiende como una llama adormecida. Pudo sentir el roce de sus manos sobre los labios de la mujer oriental. Hervé siente resbalar el agua por su cuerpo y la mano de una mujer que lo secaba acariciando su piel. El velo de seda que la cubría era el único objeto que los separaba. Pero sólo al final, la letra cobra poder, y el erotismo resurge nuevamente. Después de descripciones repetitivas que nos desvían del sentida, se enuncia la mirada, el poder, sexo, ojos, cuerpo, sin seda, lengua, labios, deslizar, espalda, gritar, lágrimas, resistir, olvidar.
¿Quién es Alessandro Baricco?
Aunque pensemos que la literatura erótica se reduce a unos cuantos escritores y sólo se mencionan algunos contemporáneos como Paul Verlaine, Liane de Pougy, Samanta Saxon, algunos relatos de Lorca y Octavio Paz - escritores que poco he leído y comprendido -, les recuerdo que existen al mismo tiempo, un sinnúmero de letrados silenciosos que ofrecen su pluma al resguardo del cuerpo. Alessandro Baricco es uno de los escritores desconocidos pero que dejan cierto aire de deleite en sus letras. Es novelista, dramaturgo y periodista italiano. Dirige un programa de libros y ha fundado una escuela de técnicas de escritura, llamada Holden - un homenaje a Salinger -. Es un escritor alejado de los medios y apenas concede entrevistas. Su carácter huidizo es proporcional a su nivel de exigencia literaria. Con la publicación de Seda en 1996, se convirtió en un fenómeno literario mundial. Es autor de las novelas, Tierras de cristal (Premio Médicis, 1991), Océano mar (Premio Viareggio, 1993), City (1999) y Sin sangre (2003); del monólogo teatral Novecento (1994) y de los ensayos, Rossini Il genio in fuga y El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin.
Al escribir Seda, deseaba que los gestos y no los pensamientos fueran los que cumplieran el rol principal en la obra. Y en efecto eso es lo que se percibe en sus páginas:
“…es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran…”
A lo largo de la narración Hervé Joncour recorre ocho mil kilómetros en cada viaje a Japón y mientras recorre el mundo atraviesa ríos, montañas y mares, al mismo tiempo que algo se va transformando en él. El fin del mundo es invisible en su mente porque nada siente, el velo se impone y no puede ver más allá de la mirada. Pero es él quien nos permite encontrarnos en la intimidad, esa que sólo conoce de subjetividades y misterios. Esa que puede vivirse entre dos o tres, pero que descubre la verdadera batalla en uno mismo:
“…¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin... ".
Ángela Castro
Colombia
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