| La negritud en la obra de Carrasquilla |
| Escrito por Darío Henao Restrepo |
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Por Darío Henao Restrepo Profesor titular de Literatura colombiana Universidad del Valle A la memoria de Augusto Díaz Saldaña
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A fondo escudriñó Tomás Carrasquilla a la sociedad antioqueña en sus cuentos y novelas, y muy en especial el mundo popular con sus múltiples tensiones entre grupos étnicos, en el cual los negros tienen una expresión singular para la comprensión de su aporte a la economía, la sociedad y la cultura de esta región. Para don Tomás, no era en las clases altas y civilizadas donde había que buscar el carácter diferencial de una nación o una región determinada. Ese exponente habrá de buscarse en la clase media, si no en el pueblo.1 Su obra recrea el rico y convulso proceso de mestizaje e hibridación cultural que se forjó en Antioquia desde la colonia, en medio de los prejuicios derivados de las jerarquías y el poder. Como observa Álvaro Pineda Botero, Carrasquilla se da a la tarea de develar la realidad, despejando los velos del prejuicio. Muestra estupidez, vicio, injusticia en los de arriba y nobleza, bondad y virtud en los de abajo.2 Sin perder de vista el conjunto que comporta esta valoración, esta lectura estará limitada a la representación de la negritud, entendida como todo el complejo de valores, saberes y prácticas que aquí trajeron los africanos y las formas como se entremezclaron con la cultura de los indígenas y los españoles.3 El concepto negritud es bien complejo puesto que comporta muchas cosas como lo definía Manuel Zapata Olivella: Negritud en América tiene resonancia de cadena, bodegas, inquisición, resguardos, plantaciones, látigo, esclavitud, linchamiento, palenque, libertad, vudú, candomblé, rumba, tango, marinera, jazz, espiritual, blues, cimarrón, mandinga y diablo.4 Esa complejidad fue siempre un reto para los escritores que se ocuparon del tema en América Latina, y en la actualidad está ligada a movimientos de reivindicación y reparación social y política5. Esta perspectiva es muy importante porque se trata de leer a Carrasquilla en su contexto, pero con la mirada de nuestro presente.
En la misma década en la que Carrasquilla escribe La Marquesa de Yolombó (1926) - sin duda, la novela colombiana que después de María (1867) de Jorge Isaacs encaraba, hasta ese momento, con mayor densidad la vida de los africanos que llegaron a nuestro país 6-, se iniciaba en América Latina, en sintonía con otros ámbitos, un fuerte movimiento de rescate de la cultura africana y de reconocimiento de su gran contribución a la cultura occidental.7 En el caso de Isaacs y Carrasquilla, el mundo de la novela del primero recreó el universo de la hacienda esclavista en el Gran Cauca a mediados del siglo XIX y, el segundo, el de la minería en la zona aurífera de Antioquia, en el segundo ciclo del oro, entre mediados del siglo XVIII y comienzos del XIX. En ambos casos, nos deparamos ante la representación literaria de universos sociales e históricos que dan cuenta de la configuración de nuestras regiones y sus aportes a la formación de la nación colombiana. Una revisión de algunas de las lecturas8 que se han hecho de la obra de Carrasquilla, en especial de aquellas en que aparecen los negros, evidencia la poca atención, o cuando más muy de pasada, que se le ha dado al tema de la presencia del negro y su cultura, una suerte de invisibilización a la que no han sido ajenas las ideas dominantes en la crítica literaria del país, situación que por fortuna ya ha comenzado a replantearse y en la cual se inscribe el presente trabajo. Además, sobre el asunto ya se cuenta con un inmenso acervo de estudios en diferentes áreas – antropología, historia, política, economía, literatura y cultura – que brindan una valiosa ayuda para nuevas y más densas lecturas de la obra de Carrasquilla, que con seguridad ayudarán a replantear muchas cosas en la historia literaria colombiana. En su Autobiografía, don Tomás habla de sus progenitores, Rafael Carrasquilla Isaza y Ecilda Naranjo Moreno, hidalgos los dos, chapados a la antigua, conservadores, muy devotos, y “más blancos que el Rey de las Españas”9. Información importante para entender el universo desde y sobre el cual escribe su obra, con una perspectiva moderna como lo destaca en reciente ensayo Édison Neira Palacio, lo que él llama sed de vértigo para adentrarse en los abismos provechosos de la modernidad y asumir secularmente los vacíos de los tiempos ruines, uno de ellos, la muerte de Dios ante la ley del dinero.10 Perspectiva que Neira vincula a las lecturas pioneras que en Colombia hiciera don Tomás de Federico Nietzche para advertir la imagen del cambio en la subjetividad de sus personajes, a los que, como observa Darío Ruiz Gómez, sabe ubicar en toda su ingrimez, en el infierno de las normas y códigos morales al uso, en saberlos desasistidos pero a la vez tiernos y solidarios, a quienes la adversidad dota de grandeza.11 Con esa mirada se arma el mundo singular de sus novelas, que puede ser extraño, hospitalario, hostil, en suma todas las modalidades de habitarlo que con tanta genialidad captó don Tomás. En la infancia del autor y la elaboración literaria de la misma aparece la influencia africana en la vida cotidiana y en la educación de esos niños de pueblo que despiertan al mundo de la mano de sus nanas negras.12 Como Isaacs a Nay (Feliciana), la aya de María, Carrasquilla en su primer cuento, Simón el Mago (1890), de indudable cuño autobiográfico, le rinde homenaje a Frutos, negra de pura raza y ángel guardián del niño, en la que el infante veía todo lo más sabio, todo lo más grande del universo mundo, de su boca escuchará los cuentos de brujería y duendería, y, más, aprende a narrar, guardara en su memoria las embrujadas narraciones de Frutos. El escritor consigue reconstruir el mundo íntimo del niño y los espantos que acompañan su penetración progresiva en el universo de la familia, de la región, de la clase social. Frutos, una antigua esclava de la familia, de vuelta como liberta, es una celosa guardiana de los valores tradicionales – tenía ideas de la más rancia aristocracia; y hacía unas distinciones y deslindes de castas: de que muchos blancos no se curan13. Una ironía, pues al final quien paga los platos rotos por la fallida aventura brujeril del niño Antonio y su amigo Pepe Río es la negra Frutos, a quien el padre castiga y despide como la culpable por llenarle la cabeza de brujerías al niño. El desdoblamiento del narrador en niño y adulto le confiere al cuento una especial complejidad que le permite al autor poner en evidencia una tradición conservadora, refractaria a otras visiones del mundo, como las que encarna Frutos y a las que el niño finalmente traiciona, pues no se le da nada con la echada de la negra. El asunto de fondo del cuento es la cultura popular tal como está incorporada por Frutos. La confesión que hace el narrador adulto de la traición del niño protagonista ilustra la tensión que se vive en el seno de la sociedad patriarcal antioqueña entre acoger o rechazar el aporte negro a su cultura. Carrasquilla, sin ser ajeno a esas tensiones, las resuelve al destacar a Frutos como la poseedora del don de la palabra y de los secretos de una tradición que aportó mucho a la cultura antioqueña.14 Esto contrasta y pone al descubierto el racismo clandestino del que habla Uriel Ospina: que hace que las familias adineradas del campo o de la ciudad miren de soslayo al negro o al indio.15 En contravía, don Tomás constata la presencia e importancia de estos grupos subalternos.
En su última novela escrita a los 77 años – Hace tiempos. Memorias de Eloy Gamboa - , como en su primer cuento, vuelve don Tomás en clave autobiográfica al mundo de su infancia en un hogar minero y todo el universo que lo rodeaba, y en el cual la negra Cantalicia también es figura tutelar del niño Eloy, que cuenta su percepción de ese mundo de pueblo desde los siete hasta los once años. Como lo señala Fernando González en Hace tiempos, está, como en la realidad, la minería antioqueña con sus bregas múltiples, veraneos, cambios, fondas, organales, gulequeros, caballos, ilusiones, virtudes y vicios. Está toda la filosofía popular de la minería. Es Carrasquilla como uno de los zambullidores que describe: ciego y paralizado, se hunde en su pasado y sale con el diablo de oro que es esta obra, y, en premio, recobra la vista...16 En este contexto se desentrañan los misterios del mundo afectivo del niño y cómo lo moldea la negra Cantalicia, al punto que lo que está recalcando Carrasquilla en ese viaje a su pasado es su deuda íntima con esas negras que fueron como unas madres y de las que proviene una sensibilidad, una manera de ser, que el adulto que narra quiere rescatar en ese gran fresco de memoria novelada de la historia antioqueña. No faltan en este viaje a la infancia, la voz del adulto que intercala crónicas sobre la vida de la negrería en los pueblos mineros a orillas del río Nechí. Lo notable es todo el esfuerzo del narrador por registrar la vida de los negros en la minería, su cotidianidad, sus costumbres, sus bailes, alegrías y tristezas, en un claro afán de reconocimiento, pero también de cierta distancia, como cuando se refiere a sus cantos y bailes – entonan esos motivos salvajes y melancólicos, y danzan en esos giros libidinosos, peculiares de esta raza - , para finalizar diciendo: Los pocos que alcanzan a la vejez son mendigos. Por fortuna el clima acaba con ellos no muy tarde, si no se matan unos a otros por codicia.17
Será en La marquesa de Yolombó, evocación histórica de esa “Antioquia ida” al decir de su autor, donde encontramos la recreación más completa del universo de la negritud, con todo lo que significó y aportó en la minería del oro de la Antioquia colonial. En este conjunto histórico-social novelado sobresale la gran capacidad de Carrasquilla para adentrarse en la cultura negra y el papel de la mano de obra esclava sin la cual no se explicaría, en gran parte, el funcionamiento de la sociedad colonial. Como lo señala Jaime Jaramillo Uribe en su análisis de las características sociales y económicas de la esclavitud colonial: La economía neogranadina del siglo XVIII reposaba sobre seis actividades: minería, agricultura, ganadería, artesanía, comercio y trabajo doméstico. Ahora bien, de éstas, las de mayor importancia por su volumen y representación en la riqueza privada estaban basadas en el trabajo de la población esclava.18 Esta afirmación de Jaramillo Uribe, en su momento, motivó una revisión a fondo de la antigua concepción andina de la colonia, y en especial, sobre las bondades o no de las instituciones esclavistas hispánicas, pues el tipo de documentación encontrada por él, como lo destaca el historiador cartagenero Alfonso Múnera, mostraba que no solo el maltrato era la norma, como en cualquier otro sitio, sino que además la legislación y el aparato judicial habían actuado casi siempre en contra de los esclavos y a favor de los amos.19
En La marquesa de Yolombó encontramos, siempre en condición subalterna, alternando con las familias españolas que detentan el poder en el pueblo minero de San Lorenzo de Yolombó, a un sinnúmero de personajes negros a través de los cuales asistimos al cuadro de la esclavitud reconstruido bajo la óptica de un narrador omnisciente que muchas veces pareciera adoptar la visión de “esas gentes patriarcales” de las que era hijo Carrasquilla, lo que no le impide dar cuenta de ese mundo y acercarse, hasta donde le es posible, a la intimidad de sus personajes negros20. Lo mismo sucede con Jorge Isaacs, hijo de hacendado esclavista, que en María rescata las memorias de su infancia con los esclavos para mostrar cuán importante fue su aporte en las diversas actividades de la economía y la vida social y hacerles un poético homenaje en los cuatro capítulos dedicados a la historia de Nay y Sinar.21 Estas dos recreaciones literarias influyeron mucho en la percepción que se tenía en Colombia hasta 1960 sobre la esclavitud y lo negro, a tal punto, como sostiene el historiador Orián Jiménez, que esta percepción todavía se relaciona con la imagen que nos ha quedado por medio de las novelas de Jorge Isaacs y Tomás Carrasquilla, en las que lo negro aparece atado a la bondad de los amos hacia sus esclavos y a la relación afectiva entre niños blancos y sirvientes negros.22 Por supuesto, las relaciones entre amos y esclavos fue más compleja, dolorosa, y, la más de las veces, cruel e inhumana, como lo vendrían a mostrar otras apreciaciones en la década del 60 que abrieron brecha para investigaciones de fondo sobre el tema y de la cuales podemos valernos para estudiar el mundo sugerido en las novelas en cuestión.23 Sin desconocer el horizonte patriarcal dentro del cual Carrasquilla estructura su universo ficcional, lo que una lectura actual puede hacer, enriquecida por la comprensión más compleja de esas realidades, es adentrarse con más detalle en el texto ficcional y en todo lo que este sugiere, con sus aportes, falencias y ambigüedades. Como lo analiza Edward Said en el caso de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, y ahí reside la grandeza de todo gran novelista como es el caso de don Tomás, es imposible que la visión dominante en una sociedad no se impregne de los subordinados, pues como él sostiene, las culturas son estructuras –humanamente producidas – de autoridad y participación a la vez, benevolentes respecto a lo que incluyen, incorporan y valoran y menos benevolentes respecto a lo que excluyen y desdeñan24 De todas maneras lo que al final aflora es la hibridez que comportan las experiencias históricas y culturales en las que, por tanto, subyacen las visiones opuestas.
Mucho colegimos en una lectura atenta de La Marquesa de la economía de la esclavitud y la legislación sobre la misma, de los orígenes tribales de los esclavos, el trato y las relaciones entre sí y con las otras clases, las relaciones sexuales entre amos y esclavos, amén de todas sus creencias, hábitos y tradiciones culturales que se entremezclaron con las hispánicas e indígenas. Un aspecto como el del aporte culinario africano tiene en esta novela una recreación muy completa del papel de las negras en la cocina, tanto en las casas como en las minas.25 Llama la atención las descripciones de la belleza de ciertas mujeres negras: Narcisa es tipo acabado de hermosura. En el Congo hubiera sido reina, y de reyes descenderá, probablemente. Es una criatura tan negra, de un negro tan fino y tan lustroso de formas tan perfectas, de facciones tan pulidas, que parece tallada en azabache, por un artista heleno. El blanco de esos ojos y los dientes rutilan en la obscuridad; uno como musgo de seda le cubre la cabeza; andares y movimientos son cadencias; veneno letal le recorre todo el cuerpo. (LMY, p. ) En el siglo XVIII y en la primera parte del XIX, como lo muestra Jaramillo Uribe, se forja una dinámica de mestizaje en el que la esclavitud coexistió con diversas formas de convivencia con la raza blanca26, un proceso que en La Marquesa aparece sugerido por las múltiples relaciones de los amos blancos con las esclavas o libertas. Por eso, las señoras blancas acuñan el verbo “negrear” para quejarse de las andanzas sexuales de sus maridos en las minas. Cuando doña Bárbara se va por primera vez a trabajar con su padre, don Pedro, y con Vicente, el esposo de su hermana doña María de la Luz, ésta dice: Es mucha la falta que nos hace; pero muy bueno que esté en la mina: pueda ser que mi taita y el pendejo de Vicente no se pongan a negriar, delante de ella, como negrean cuando se ven solos. Lo que es al puerco de Vicente no se le escapa ni la bruja de Sacramento.27 Relacionamientos que aparecen como algo muy común en la novela y que explican la composición triétnica de la sociedad colonial antioqueña, en la cual, según el censo de 1808, de una población total de 106.856 habitantes, el 57,7% eran mestizos y mulatos, blancos el 25,6%, negros el 12,2% e indios el 4,5%.28 Información que controvierte, como lo advierte Patricia Londoño Vega, la impresión de los viajeros del siglo XIX, que en contraste con las costumbres primitivas de los negros de las orillas del río Magdalena o de los indígenas del sur del país y el altiplano cundiboyacense, solían comentar lo positivamente impresionados que los dejaba la “blancura” de los antioqueños.29 Condición de la que se ufanan las élites en la novela, los mayores de don Tomás, y muchos que todavía piensan, como reza el dictado popular: “negro, ni el teléfono”. Todo esto aparece develado en la novela, muchas veces recurriendo a la ironía y a la parodia.30
Desde el primer capítulo, una vez se ha presentado a las dos familias principales de Yolombó- los Caballero y los Moreno – y a Bárbara y su hermana María de la Luz, se habla de las negras que en el mundo doméstico “les sirven con toda fidelidad” y cuando habla de la cocina en la mina de Don Pedro, el narrador destaca a Sacramento, a quien se refiere en extenso: Mediante buen salario, desempeña la cocina como mandataria y jefe, la fogonera Sacramento. Es una liberta de Remedios, que, en los tiempos de su servidumbre, dio varios hijos a sus diversos amos. Libre del yugo y de la procreación, rescató al mulato Guadalupe, veinticinco años menor que ella; y, hechizándolo con sus embrujos y buenos servicios, elevolo a la categoría de esposo idolatrado. Sacramento goza de gran nombre como curandera mágica o cosa tal. Cuéntase que, en sus andanzas de Remedios a Zaragoza, hoy en una mina, mañana en otra, se ha hecho a muchísimos secretos, ya de indios, ya de africanos, ahora en bebedizos, ahora en sortilegios. Cuéntase, asimismo, que viene de una raza predestinada a la magia más aguda y extraordinaria; que su madre, la insigne María de la O Quintana, de gratísima memoria, era una zahorí tan formidable que ni el pliegue más arcano del futuro se le ocultaba a su adivinatoria omnipotencia. Mas como su hija Sacramento no había nacido en jueves santo, cual le acontecía a ella, no pudo trasmitirle este privilegio, concedido únicamente a las hembras nacidas en tal día. Sea casualidad, sea que los males que no han de matar tienen de aliviarse o de curarse del todo, es lo cierto que la negra, con sus andróminas y agüeros, levanta enfermos muy postrados, propinándoles cualquier porquería de las suyas. Lo que son el carate rojo y morado los cura a maravilla, mientras que al blanco no le valen todas sus sapiencias. Sobre sus filtros y enyerbos, para producir amor volcánico u odio implacable, cuentan y no acaban. Esto le da más pesetas que sus mejores curaciones. ¿Quién puede dudar de tantos prodigios? Ahí está su mulato Guadalupe, tan buen mozo y tan plantao; y ni la hembra más linda y tremenda se lo ha quitao, a ella tan viejorra y tan cuajuda. Si es o no bruja escobera o voladora, se discute; ¿mas, cómo no creer que es una Ayudada de siete suelas? Todos le han notado el monicongo familiar, que guarda en el seno como una reliquia. Es el tal un negrito de palo, de tres pulgadas de alto, con ojos de cuencas blancas y dientes de albayalde; cabezón él, bracicruzado y patiabierto. Se lo levantaron en Zaragoza y le costó dos onzas, por más señas. Tal es la soberana del fogón, en la mina de Don Pedro Caballero. Sirve la garita su carísimo y entongado Guadalupe. Disfrutan, a más de la paga, las sisas y gangas, consiguientes a todo gobierno, las dichas del mando y de sentirse necesarios. Cuando ven que la intervención de Doña Bárbara puede menoscabarles la privanza y el merodeo, arman viaje. Mas ella les declara, muy tranquila, que se larguen con viento fresco, cuando a bien lo tengan; que, para el fogón, ahí está la negra Chepa; y que cualquier negrito inútil puede pilar el maíz y rajar la leña; pero que, si quieren ver cómo se maneja ella con sus inferiores, demoren el viaje una semana, por vía de ensayo. Tragando hiel y vinagre se quedan. ¿Y qué sucede? Que a los pocos día la llaman mi Amita de oro, la Madrecita de sus negros; y que, libres y todo, se quedan con ella para siempre, cual si fuesen sus esclavos más adictos. (LMY, 29-30) Este fragmento ofrece y adelanta los códigos que rigen las relaciones de los negros con sus amos, en este primer caso dos libertos que como tales tienen unos privilegios que no evitan la sujeción a Doña Bárbara, una matriarca que los trata con la benevolencia propia de su humanismo cristiano y de un modelo de tratamiento de los subalternos que la hacen adorable entre la negrería, tanto que se apersona hasta de las curaciones “en pellejos tenebrosos y ardidos”, por lo que el narrador la denomina como “Pedro Claver con enaguas”.
Quiere y exige que todos estén bien comidos, llenos, hartos, si es posible; que los alimentos se preparen con buena sazón y mejor aseo; que los platos y las cucharas de palo, así como los cocos y las totumas, brillen como sus platas; y para que así le resulte, inspecciona el despacho de las raciones, la preparación y el reparto de la comida, la limpieza y arreglo de los trastos. Cuando hay matanza de cerdo, interviene en el aderezo de la morcilla, tamales y chorizos; y lo distribuye todo, boca por boca. (LMY, 33) Estamos frente a una Mamá Grande31, protectora, fanática de la monarquía española, que como Pedro Claver quiere redimir a la negrería con buena comida, buen trato si bien sirven y en comunión con los preceptos del cristianismo, que en su propósito humanizador llega a realizar el más noble de todos su sueños: liberar a todos sus esclavos. Liberación que hace el día de sus matrimonio, el momento más feliz de su vida y el comienzo de su desdihcha por el engaño que va a sufrir con el falso noble, Fernando de Orellana. En el diálogo que sostiene la marquesa en el capitulo XXIII con éste se explicitan sus ideas sobre los negros, su crítica de la esclavitud, hace una especie de balance del comportamiento de las élites yolomberas con los negros. Según sus palabras, no hay tratos inhumanos ni crueles por parte de los señores; que lo de su sobrino Martín es una cosa aislada y no la hizo por crueldad; que don Chepe les da azotes, en ocasiones; pero a la hora, les regala lo primero que encuentran; luego afirma, a muchos blancos que dizque son muy nobles, les parece que matar a un negro es como matar una comadreja o un alacrán; sobre la trata dice los blancos y los ricos, se van al África, muy tranquilos, y engañan y amarran y aporrean a hombres y mujeres y les quitan la libertad y los embarcan como cosa propia; ante la pregunta irónica de Orellana, ¿Con que muy santos los negritos? Responde categóricamente: Habrá malos, como en todo. Pero los negros son de mejor entraña que los blancos. ¡Una y mil veces!. Sobre la religión la opinión de doña Bárbara es radical: La religión de los blancos es muy cómoda: para ellos oprimir; para los negros dejarse oprimir. Para agregar: Nuestro señor Jesucristo no les mandó que se robaran a nadie de su tierra ni que los esclavizaran y vendieran, para enseñarles la doctrina, sino que fueran a buscarlos a su tierra y les predicaran allá y los dejaran en sus casas, quietos y sosegados. Todas estas ideas las expresa en momentos de cambios, y lo paradójico es que al mismo tiempo que defiende su humanismo cristiano se reafirma en sus ideas a favor de la monarquía y contra la república que despunta con la independencia a la que considera como un embeleco del diablo. Este diálogo le permite a Carrasquilla hacer una profunda ironía ya que cuando más ferviente se demuestra doña Bárbara con la monarquía es cuando recibe la traición de quien falsamente dice representarla.
El mundo de la sociedad colonial antioqueña, y más específicamente el de los pueblos fundados alrededor de las minas de oro - contexto sugerido en La Marquesa -, nos lleva a decodificar lo que Raymond Williams llama “estructuras de sentimiento”, que son las que soportan, elaboran y consolidan, en el caso de Carrasquilla, la historia y la cultura de la sociedad esclavista colonial. El tema del poder, tal y cómo se ejerce por parte del padre de doña Bárbara, don Pedro Caballero (Regidor Mayor y Capitán a Guerra de la villeja minera de Yolombó) muestra muy bien el engranaje como se mueve la sociedad colonial. Don Pedro ante la justicia que se le debe imponer a su nieto Martín, pedida por su padre don Vicente, por haber sido el causante de la muerte de un esclavo en Semana Santa y la seducción de una negra liberta, Bibiana, responde tajante:
- Estoy viendo, compadrito, que usted o es muy mentecato o se está haciendo: los castigos sólo se hicieron para los infelices; y yo, en todo esto, no veo delito ni crimen, como usted; veo una desgracia, proveniente de una muchacha. La crueldad de Martín, que tanto lo horripila a usted, le viene de raza. Todo español es cruel: España es grande por guerras y conquistas, que no son sino crueldades. (LMY, 356)
En el caso de la cultura negra, sin hacer parte Carrasquilla de ella, es evidente que se trata de una aproximación a ese otro subalterno por la vía de la representación novelesca, para lo que se vale de sus recuerdos infantiles con esclavos, la memoria familiar, la tradición oral y un vasto material histórico que recopiló durante años para escribir esta novela sobre San Lorenzo de Yolombó. Abstrac Sobresale en la obra de Carrasquilla, entre muchos asuntos, la riqueza como recreó el universo de la negritud, con todo lo que significó en la zona minera de la Antioquia de los siglos XVII y XVIII. De ahí que nuestro objetivo sea ocuparnos de cómo opera la representación del negro y su cultura para decodificar lo que Raymond Williams llama “estructuras de sentimiento” que son las que soportan, elaboran y consolidan la historia y la cultura de la sociedad esclavista colonial y de la cual la obra de Carrasquilla da buena cuenta. La mirada se centrará en los personajes negros, siempre en condición subalterna, a través de los cuales se recrea la esclavitud y la negritud desde la visión de “esas gentes patriarcales” de las cuales era hijo Carrasquilla, lo que no le impidió dar cuenta de ese mundo y acercarse, hasta donde le era posible, a la intimidad de una cultura que hizo parte de nuestro mestizaje.
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