África está aquí Poética del malungaje en La Ceiba de la memoria

Roberto Burgos Cantor. Foto tomada de elspectador.com
y no te sorprendas si en la noche gimo más hondamente o si mis manos estrangulan más sordamente es el tropel de viejas penas que hacia mi olor negro y rojo en escolopendra
alarga la cabeza y con una insistencia en el hocico aún blanda y desmañada busca más dentro mi corazón de nada me sirve entonces apretarle contra el tuyo y perderme en la espesura de tus brazos que acaba por encontrarlo y muy gravemente de manera siempre nueva
lo lame amorosamente
hasta que brota salvaje la primera sangre
bajo las bruscas garras desplegadas del
DESASTRE
Aimé Césaire, Cuaderno de retorno al país natal
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La ceiba de la memoria es una novela que nos adentra en una rica representación poética de ese infame pasado que fue la historia esclavista en Cartagena de Indias. Este potente universo verbal, que vuelve a las viejas penas que llama Césaire, tiene de trasfondo ese rol de narradores que tantas veces les toca oficiar a los cartageneros acerca de la dimensión histórica tan presente en la ciudad[1]. Marcado por esta tradición, Roberto Burgos vuelve a ese ineludible oficio para poner ese pasado en situación, para meditarlo simbólicamente y explorarlo en la conciencia de los olvidados protagonistas que padecieron y enfrentaron la ignominiosa trata esclavista. A lo largo de la novela, los hilos de la memoria de sus personajes se entremezclan y van tejiendo una densa alegoría de estos hechos tan traumáticos y horrorosos, equiparables, como lo expresa el autor como personaje de su propia ficción, con el holocausto judío del siglo XX. Analogía que alimenta la interpretación histórica que subyace en la novela en contravía de las representaciones hegemónicas sobre este asunto en la historia de Colombia.
La Ceiba propone otra lectura de lo que fue la esclavitud y la resistencia del negro en Cartagena, camino que abriera Manuel Zapata Olivella con Changó, el gran putas, ambiciosa saga del negro en las Américas. A pesar de las diferencias de tratamiento, escritura, delimitación histórica y organización de la trama, ambas vuelven al universo de la diáspora africana, con perspectivas diversas, que si bien convergen en mucho, también divergen en la forma como exploran las tensiones que involucran la mirada a un pasado histórico, lugar de ruptura y pérdida, y de proyección hacia un futuro de recuperación y realización. El tratamiento de de este asunto tiene dos importantes antecedentes en la novela colombiana: María de Jorge Isaacs y La Marquesa de Yolombó de Tomás Carrasquilla, novelas con las que se completa el cuadro de la representación de la esclavitud en nuestra literatura, precisamente en tres regiones donde la población venida del África fue determinante: el Cauca, Antioquia y el Caribe. Acá serían válidas las palabras de William Faulkner sobre los negros de su amado condado imaginario de Yoknapatawpha: “Ellos perduraron”. En Macondo también. África está aquí y lo que ha hecho Roberto Burgos es desentrañar las verdades más íntimas y dolorosas de esa historia en Cartagena, el puerto más importante del comercio de esclavos en las Américas, por donde llegaron a lo que es hoy el territorio de Colombia, según el historiador Germán Colmenares, cerca de 200.000 africanos. En Cartagena eran vendidos para las minas de oro y las haciendas del Cauca, de Antioquia y del Caribe, tierras a donde llegaron despojados para contribuir con su trabajo y la cultura que trajeron en sus memorias. La esclavitud, como decía el escritor James Baldwin al referirse a su historia en las Américas, representa la serpiente en el jardín de los sueños. No se la puede eludir y los novelistas que han decidido desentrañarla no han hecho nada distinto que mostrar su cara inhumana y su lado libertario.
Toda esta historia empezó en África con lo que Edourd Glissant llama “migrante desnudo”, esto es, aquel que fue transportado a la fuerza para el continente y que conformó la base del poblamiento de esa especie de circularidad fundamental que constituye el Caribe.[2] Ese es el elemento común del cual dan cuenta las novelas mencionadas, cuyo tratamiento depende en buena parte de la perspectiva desde la cual se escriben: Isaacs y Carrasquilla desde el humanismo liberal y Zapata y Burgos desde el humanismo marxista. Para los primeros la esclavitud estaba muy cercana a su propia infancia: Isaacs recreó el universo de la hacienda esclavista en el Gran Cauca a mediados del siglo XIX, Carrasquilla, el de la minería en la zona aurífera de Antioquia, en el segundo ciclo del oro, entre mediados del siglo XVIII y comienzos del XIX. En ambos, el universo de la infancia constituye una de las “estructuras de sentimiento” claves para la escritura de las novelas, de esa experiencia emerge la influencia africana en la vida cotidiana y en la educación de esos niños que despiertan al mundo de la mano de sus nanas negras.[3] En Zapata Olivella y Burgos Cantor la relación es más compleja, están movidos por su sintonía y trato asiduo con “los que perduraron”, con su fuerte presencia y sus invaluables aportes a nuestra sociedad. Los mueve el compromiso por develar una historia olvidada, con la ventaja de haber podido ser partícipes del vasto movimiento social, político y cultural, a lo largo del siglo XX, de revalorización del aporte africano a la cultura occidental.[4]

La ceiba de la memoria, la última de la serie, vuelve a indagar sobre la esclavitud en Cartagena para ofrecernos una lúcida reflexión sobre los sufrimientos humanos y la libertad. En relación con la fundacional María en La ceiba se profundiza ese bello canto que los negros entonan en el entierro de la negra Nay (Feliciana), la aya de María y Efraín:
En oscuro calabozo
Cuya reja al sol ocultan
Negros y altos murallones
Que las prisiones circundan;
En que sólo las cadenas,
Que arrastro, el silencio turban
De esta soledad eterna
Donde ni el viento se escucha…
Muero sin ver tus montañas
¡Oh patria!, donde mi cuna
Se meció bajo los bosques
Que no cubrirán mi tumba[5]
Roberto Burgos reconstruye todo el universo sugerido en el poema de Jorge Isaacs e introduce un cambio significativo, por primera vez en la novela colombiana una esclava ciega relata ella misma su vida de infortunios, como también lo hace Benkos Biojó.[6] Analia Tu Bari reivindica poéticamente a Nay,[7] despliega su conciencia para contar todos sus sufrimientos y la indignación que la mueve: “Yo no vine. Me trajeron. A la fuerza. Peor que prisionera. Sin mi voluntad. Arrancada. Me empezaron a matar.”[8] Su voz es una descarnada denuncia de los negros cazadores que traicionaron a su propia gente, del espantoso viaje en el vientre de los navíos negreros, de los azotes y cadenas, del inútil consuelo cristiano, de las torturas y vejámenes. Desde el dolor del exilio le da valor a su memoria: “Lo que me dispongo a ser en esta tierra extraña es una ceiba. Guardadora de acciones. Una ceiba de tallo engrosado que bañe con su savia traída de otros territorios esta tierra de la cual siento ya no saldremos nunca.” (CB, pág. 74) Estas palabras de Analia Tu Bari recuperan una memoria que la novela poetiza en su título.
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La trama de la novela se va urdiendo hasta constituirse en un vasto sistema de vasos comunicantes. Todos tienen que ver con todos: Thomas Bledsoe, biógrafo del padre Claver; el profesor criollo Roberto Antonio, padre del autor; los jesuitas Pedro Claver y Alonso de Sandoval, dedicados al consuelo y cristianización de los esclavos; Dominica Orellana, esposa de un funcionario del reino, y su cómplice Magdalena Maleaba; Benkos Biojó, el rey de la Matuna, líder del cimarronaje; Analia Tu-Bari, conciencia atormentada de la trata; y el personaje sin nombre que corresponde a la biografía de Roberto Burgos, que en últimas es quién está detrás de esta larga meditación sobre la libertad y la condición humana.
Con los hechos históricos se entremezcla en La ceiba una refinada elaboración subjetiva a través de la conciencia de sus personajes. Desde adentro de su ser Analia y Benkos dan su versión y toman la palabra para ejercer su rebeldía y su brega por la libertad; narrados por alguien cercano asistimos a la conciencia problematizada de Alonso de Sandoval y Pedro Claver, a la actitud solidaria de Dominica Orellana y a las indagaciones de Thomas Bledsoe. (….)
Memoria, Historia y Olvido son tres instancias que se conjugan con fina ironía para meditar la relación humana con el pasado, la aventura de la escritura, el sufrimiento, la resistencia y la libertad. En La Ceiba se constata, como lo señalan teóricos de la historia como Paul Veyne y Collingwood, que la historia y la ficción se interrelacionan como formas del lenguaje Ambas son sintéticas y recapitulativas: ambas tienen por objeto la actividad humana. Como la novela, la historia selecciona, simplifica y organiza, resume un siglo en una página. Selección y organización que presupone lo que Collingwood llamó imaginación a priori, común al historiador y al novelista. En cuanto obras de imaginación, no difieren los trabajos del historiador y del novelista. Difieren en cuanto la imaginación del historiador pretende ser verdadera.[9] Estos procesos operan en el libro y en los proyectos internos de escritura sobre los que llama la atención Ariel Castillo: la carta y el libro de Horas de Dominica, la novela de Bledsoe y su carta de Pedro Claver, las imposibles adiciones de Alonso de Sandoval a su Tratado sobre la esclavitud y la estéril palabra oficial del escribano, esposo de Dominica.[10]
Las imágenes más reiteradas en el libro son las que aluden a los horrores de la travesía trasatlántica (fiebres, delirios, suicidios, vómitos, podredumbre, llagas, enfermedades), trayecto de sufrimiento y de resistencia en el que se consolida el malungaje, concepto proveniente de la palabra malungo, tal como la rescata el investigador guyanés Jerome Branche, proveniente de los pueblos bantúes de África central hablantes de kikongo, umbundu y kimbundu y en el que al menos se cruzan y combinan tres ideas: de parentesco o de hermandad en su sentido más amplio; de una canoa grande y, finalmente, de infortunio. Para los hablantes bantúes que hicieron la travesía atlántica significaba compañero de barco.[11] En la voz de Analia Tu-Bari y Benkos Biojó, La Ceiba recupera un legado cultural roto, componente insoslayable del imaginario nacional con toda su carga ética malunga de empatía y solidaridad trans-histórica. Al mismo tiempo que problematiza la visión dominante en el papel evangelizador de Pedro Claver y Alonso de Sandoval.
Como en la novela Beloved de Toni Morrison, en la suya Roberto Burgos consigue crear y participar en estructuras de memoria y alteridad que son la otra cara crítica a las narrativas dominantes y las historias oficiales. Esta monumental indagación es un baluarte luminoso contra el olvido y un llamado inaplazable contra las injusticias de ayer y de hoy. Como anhelaron los viejos cimarrones, desde los tiempos del rey de la Matuna, Benkos Biojó, de lo que se trata es de alcanzar justicia y reparación y cada vez más libertad. Esta es la hermosa y contundente verdad poética que nos entrega La Ceiba de la memoria.
Ponencia presentada en el Seminario internacional de Estudios del Caribe
Cartagena de Indias, agosto 3 al 7, de 2009
[1] En una mesa redonda en Cal, a finales del 2007, con Umberto Valverde y Darío Henao, el autor habló sobre la génesis de La Ceiba: “podría conjeturar que los cartageneros estamos obligados alguna vez en la vida a escribir una novela histórica, porque nuestro entorno ciudadano, cultural, amistoso, es el de una ciudad recorrida por cientos de guías turísticos, explicadores históricos, acompañantes de templos, monumentos y conventos. Ante la situación general de desempleo es uno de los oficios más socorridos. Esto, que tiene que ver con cierta broma, con cierto humor, manifiesta también una enorme imaginería verbal, porque los guías, para salir de las apresuras de la pobreza, van inventando cada quien su historia, de manera que Cartagena está entrecruzada por montones de historias armadas por los guías turísticos, según su modo, según su lectura, según sus consultas, según sus sueños”.
[2] Éduard Glissant. Introducción a una poética de la diversidad. Juiz de Fora, Editora UFJF, 2005, p.17
[3] El universo de la infancia constituye una de las “estructuras de sentimiento” fundamentales a las que tanto Carrasquilla como Isaacs recurren para el rescate de la influencia africana. En esas memorias de la niñez, como lo hiciera el brasileño Gilberto Freyre en su monumental ensayo Casa Grande & Senzala (1934), encuentra nuestro escritor la sustancia vital para explorar la cultura antioqueña y poner en escena el aporte africano. El propio Faulkner, tan influyente en los escritores latinoamericanos, le dedicó Desciende Moisés a su aya negra, Mammy Caroline Barr (1840-1940) con las siguientes palabras: Que nació en la esclavitud y que dio a mi familia una fidelidad sin límite ni esperanza de recompensa y a mi niñez inconmensurables devoción y amor.
[4] El tema da para más de un tratado y un listado interminable. Por simple ilustración, en el caso de América Latina, vale destacar autores como Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Luis Palés Matos, Emilio Ballagas, Aimé Césaire, Jorge Amado, Fernando Ortíz y Gilberto Freyre, entre muchos, que iniciaron en los años veinte el movimiento por la valoración y el aporte de África al continente americano. En el caso colombiano, desde finales de los años 40 un grupo de intelectuales negros llegados a Bogotá desde sus provincias – Rogerio Velásquez (Chocó), Aquiles Escalante (Caribe), Natanael Díaz (Cauca), Manuel Zapata Olivella (Caribe), Carlos Arturo Truque y Arnoldo Palacio (Pacífico) – fueron los pioneros en rescatar y valorizar el aporte africano en el país.
[5] Jorge Isaacs. María. Edición crítica de María Teresa Cristina, OC, volumen I, Bogotá, Universidad Externado de Colombia/Universidad del Valle, 2005, p.235
[6] Al respecto de las voces narrativas en la Ceiba, Kevin García señala: La primera es la voz del testimonio, la del violentado, la voz de Analia Tu-Bari y Benkos Biohó. La segunda es la voz del señalado, del enfermo que agoniza sin la posibilidad de controlar el movimiento de su cuerpo, sin la esperanza de una curación; es empleada exclusivamente para la narración de Alonso Sandoval. La tercera persona es la narración que recoge y articula situaciones, que narra sucesos presentes y pasados. Bajo esta conjugación verbal conocemos la vida de Dominica De Orellana, Pedro Claver, Thomas Bledsoe y los personajes secundarios. (Kevin Alexis García . “El incesto gozoso:historia, ficción y memoria en la novela de Roberto Burgos Cantor La ceiba de la memoria”. Cali, Universidad del Valle, Revista Poligramas # 28, diciembre de 2007 ). Sobre la estructura general de la obra ver el ensayo de Ariel Castillo, “La Cartagena no velada de La ceiba de la memoria o el rostro del paraíso” publicado la revista Palimpsesto de la UN de Colombia, 2007.
[7] Ambos personajes fueron princesas en su natal África, por las luchas internas en sus lugares de origen acaban embarcadas como esclavas para América. Nay vino de los achanti, pueblo de Ghana en el África occidental; Anali viene de una tribu de Angola. El padre Alonso Sandoval en su Tractatus de instauranda aethiopum salute (1627) hace un completo levantamiento de la procedencia de los esclavos y las lenguas que llegaban a Cartagena en los navíos negreros. En la segunda mitad del siglo XX, el antropólogo chocoano Rogerio Velásquez y el médico y escritor cordobés Manuel Zapata Olivella se ocuparon de estos temas.
[8] Roberto Burgos Cantor. La ceiba de la memoria. Bogotá, Planeta, 2007, p.35 (En adelante citaremos CB y la página)
[9] Paul Veyne: Comment on écrit l´Histoire. Paris, Du seuil, 1978 y Collingwood: Idea de la historia, México, Fondo de Cultura Económica, 1952.
[10] Ariel Castillo Mier. “La Cartagena no velada de La ceiba de la memoria o el rostro del paraíso”, Bogotá, Revista Palimpsesto, Universidad Nacional de Colombia, 2007.
[11] Jerome Branche. “Malungaje: hacia una poética de la diáspora africana” Cali, Revista Poligramas 31, julio de 2009.
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|2009-11-11 11:53:39 miler lagos - Me gustaria contactar al autor Roberto BURGOSSOY ARTISTA PLASTICO Y ME INTERESA MUCHO EL ASUNTO SIMBOLICO DE LA CEIBA. NO SOLO DESDE EL PLANO AFRODECENDIENTE.
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Enfriar este blog y gracias por los enlaces!
Espero con interés la lectura del gore próxima mierda ...
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|2010-05-12 16:26:43 Leonor MendozaAcabo de descubrir la existencia de esta novela de la cual leí algunos estractos y me quedé atrapada por la forma como Roberto Burgos Cantor recoge con su poética, yoda la verdad sobre la presencia de los negros en este continente.
Estoy en otro país , Venezuela, se me hace dificil obtener el libro y deseo leerlo todos, lo que necesito, es una dirección o lugar donde pueda adquirirlo. Si lo hay en alguna librería en Venezuela, agradecería la información por esta misma via, es decir, mi correo electrónico. Gracias, Leonor Mendoza. Valencia, Venezuela