Ensayos Edición 4 Beckett y Canetti: El silencio como virtud*

Beckett y Canetti: El silencio como virtud*

 

(*Texto publicado en octubre de 1986 en la serie Grandes Firmas de la Agencia EFE)

 

                    

 Samuel Beckett                                                                                   Elías Canetti

 

Elías Canetti y Samuel Beckett. Tal vez sean éstos los dos escritores contemporáneos más reacios al espectáculo en que, a menudo, se convierten las grandes figuras de las letras. Borges no pudo resistir la tentación de sentirse fatigosamente solicitado.  Aunque mantuvo la dignidad del humor y el escepticismo, no fue ajeno a los tumultos que originaban sus apariciones públicas.  El rostro del argentino fue familiar a millones de personas que no lo habían leído, que acaso no lo leerían jamás ni comprenderán ese universo de paradojas, laberintos y símbolos que nunca abandonaron al escritor, instalado desde hacia medio siglo en la posteridad.

 

  La imagen pública de un gran escritor acaba por merecer aquello que menos merecía: la trivialidad.  Entre la grandeza de la obra y la trivialización masiva de la imagen personal, se sacraliza un símbolo de prestigio que pierde su contenido al entrar en una iconografía donde caben estrellas del cine, deportistas, astronautas, líderes carismáticos, diseñadores de moda, bandidos imaginativos, empresarios fraudulentos y toda clase de celebridades, en muy poco tiempo suplantadas por la demanda de nuevos fetiches.

 

  A Samuel Beckett pude tratarlo durante dos meses en el Berlín Occidental de 1977. Nos encontrábamos con frecuencia en el teatro de la Akademie der Kunste, donde el escritor irlandés dirigía uno de sus monólogos más inquietantes: La última cinta de Kraft.  Volvía a verlo, casi a diario, en el apartamento del actor norteamericano Rick Clutchey, intérprete de la pieza.  Rick era un hombre que había descubierto a Beckett en la prisión de San Quintín, adonde había ido a parar después de atravesar, desde la infancia, un duro infierno de delincuente común. El teatro se convirtió en medio de su reinserción social. Por aquellos años, Clutchey era unos de los actores más admirados por Beckett. 

 

  Siempre me intrigó la confianza que el irlandés depositó en aquel norteamericano que, pese a la rudeza de sus facciones y al mapa irregular de sus tatuajes, era a todas luces un hombre receptivo, bondadoso y con unas excepcionales virtudes para el diálogo de amigos.

 

  Recuerdo a Beckett, silencioso y distante, como si sólo estableciera un mesurado diálogo con la botella de “rouge” que consumía durante aquellos encuentros invernales.  La única vez que le escuché hablar de literatura fue cuando manifestó su admiración por Sor Juana Inés de la Cruz, a la que había vertido al inglés e incluido en una antología de poesía mexicana que ha tenido la doble fortuna de circular con el sello de Peguin Books y contar con un traductor incuestionablemente extraordinario. 

 

  “Cette nonne méxicaine”  (“esa monja mexicana”, como la llamaba Beckett), fue el único tema literario surgido en más de una decena de encuentros.  Cuando traté de saber algo de las míticas relaciones que Beckett había mantenido con Joyce, evadió el tema y sonrió amablemente. 

 

  Nunca más pretendí hablarle de literatura.  Y así fue como aprendí a tratar a este enorme escritor, aceptando el tedio que le producía cualquier conversación literaria.  Incluso en asuntos extraliterarios (la densidad del vino que bebíamos, los efectos engañosos del aguardiente de peras, el artificio urbanístico del Berlín Oeste), Beckett era de tal parquedad que se tenía la sensación de estar frente a un hombre poco habituado al lenguaje oral.  Durante los ensayos de su obra, a los que fuimos invitados siete u ocho escritores y teatristas, lo único que le preocupaba al autor era conseguir el ritmo apropiado, alcanzar un tempo interno en el transcurso de la pieza. Me daba a veces la impresión de estar leyendo los vaivenes tortuosos de su novela Malone muere.  Con humildad desconcertante nos preguntaba sobre el ritmo, las pausas y el clímax creciente que entre él y Rick imprimían al monólogo. “ Sam” exponía sus puntos de vista y alcanzaba por momentos un grado de euforia inimaginable. Comprendí que nada distinto a la obra podía llevarle al entusiasmo. 

 

  El propio desarrollo de sus relatos y piezas teatrales venía a demostrar, en los últimos años, que Beckett se esforzaba por llevar la literatura a un adelgazamiento próximo al silencio. No al monumental galimatías de Finnegan´s way, de Joyce, sino a los límites en los que el lenguaje pierde su naturaleza comunicativa y adelgaza sus valores simbólicos.

 

  Pocos escritores contemporáneos han alcanzado esa particular sincronía entre el latido interno de la obra y la ejemplaridad de una conducta pública dominada por la discreción y el silencio, un silencio derivado del escepticismo. Imaginar la visión del mundo de este irlandés, equivale a contemplar el misterio de un agujero negro en el que ya no cabe la esperanza.

 

Seguramente sea Elías Canetti otro de esos escritores.  Sobreviviente de la diáspora centroeuropea, hombre de reflexiones inquietantes y ficciones admirablemente alegóricas  (léanse Masa y Poder y Auto de fe; repásense sus memorias, en particular La lengua absuelta), Canetti fue, como Beckett, favorecido por un Nobel y, al igual que éste, supo separarse de la fanfarria que a menudo acompaña a esta distinción.

 

  Canetti y Beckett son escritores de registros diferentes. En el primero domina la copiosidad; en el segundo, el laconismo gradual.  Pero en ambos el mundo es mirado desde la acritud y la ironía.  Canetti, por lo racional, es, en cierto sentido, un pensador positivo; Beckett, en cambio, es un escritor hundido en lo más profundo de la desesperanza: nunca dejará de inquietarnos el enigma de Esperando a Godot. En Canetti prima la transparencia de un discurso teórico o narrativo que pasa por la reflexión autobiográfica y discurre, aun en sus momentos más alegóricos (Auto de fe), por el camino despejado de la inteligibilidad. Es un kafkiano que escribe desde la tradición centroeuropea, desde Franz Werfel hasta Joseph Roth. 

 

  En Beckett podría hablarse de una prosa esquizofrénica, esto es, dividida entre los cortes y digresiones del lenguaje y  la forma de discurrir del relato, no siempre fluida ni fácil. En él reencontramos a Joyce pero también a la Virginia Woolf de Las olas. Pero Beckett parece más bien un autor tragicómico, algo que lo acerca a su amigo y compatriota y lo aleja de la Gran Dama de Bloomsbury.

 

  Donde mejor se encuentran estos dos escritores es, paradójicamente, en la contemplación del mundo. Al releer la obra de ambos y seguir la sabia discreción de las vidas que contienen, uno no resiste la tentación de recordar aquella tremenda declaración que Julian Barness atribuye a  Flaubert: “Estoy irremediablemente convencido, en el fondo de mi corazón, que mis queridos prójimos son, con unas pocas excepciones, unos seres despreciables”( El loro de Flaubert).

 

  Antes que separarse del pensamiento humanista, Canetti y Beckett lo corroboran desde la negación. Siendo como son escritores de primerísima fila, eligieron para sus vidas un papel secundario, de escasos parlamentos y apariciones episódicas.  Eligieron, en el mejor sentido, la humildad.  Por esto desconciertan aún más: no están sometidos a los cambios cíclicos, biliosos y, por lo general, arbitrarios a que están sometidos los opinadores oficiosos.  Renunciaron al histrionismo sabiendo que tal vez así se salvaban de las despreciables conjeturas de sus semejantes.  Lo que prevalece en ambos es la reposada grandeza del pensamiento y la creatividad, la certidumbre de que la obra literaria empieza y se agota en sí misma.

 

Pocos contemporáneos exhiben tanta discreción social. No han llegado aún a la era del escritor mediático.  En el ámbito de nuestro idioma, podría pensarse en Juan Rulfo. También él fue ajeno al espectáculo. Cuando fue llevado al escenario, parecía disculparse por su presencia. En ocasiones daba la impresión sombría que nos siguen ofreciendo sus relatos magistrales.  Cuando lo recuerdo en dos de nuestros breves encuentros (en Bogotá y en Ciudad de  México), me vienen a la memoria encuentros similares con Beckett. Rulfo, en su mutismo, soportaba los episodios trágicos de una infancia que sin duda marcó su concepción del mundo, ajena a la exaltación y  la farragosidad.  Dicen que tenía momentos de locuacidad. Prefiero seguir viéndolo, sin embargo, indiferente a la gloria que le dieron sus dos libros. 

 

  Si hay un enigma en la vida de estos hombres no hay que buscarlo en sus respectivas biografías, sino en sus propias obras. Si la mala educación de nosotros, sus lectores, no se entrometiera para adelantar averiguaciones inoportunas sobre éste u otro rasgo biográfico, la actitud más respetuosa frente a creadores de esta estirpe sería el silencio.  El silencio y el goce íntimo de sus obras.  El silencio que respondería al silencio con que ellos recompensan a la obra acabada.

 

 

 

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