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Los vampiros de Guillermo del Toro. El cineasta mexicano, que actualmente rueda una versión de El hobbit, se ha convertido en el protagonista, con su primera incursión en la literatura: una trilogía de novelas de vampiros cuyo primer tomo The strain (El virus) ya está vendido a casi una veintena de países. En España lo publicará Suma de Letras el próximo abril.

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El Yo: Un recorrido desde la modernidad hasta el postmodernidad
Escrito por Gustavo Adolfo Zapata Rico   

 

 

 

 

Hoy, tomando a occidente como referente, los hablantes de las lenguas modernas pueden decir yo. ¿Qué  es esto? Pronombre personal que expresa la primera persona del singular, ¿una categoría gramatical, una palabra más? El yo, como noción, ha trascendido a través de la historia, desde que los primeros pensadores se interrogaron por su representación, desde que se identificó la relación de esta palabra con el significado de lo que se es.

 

Para el propósito de esta reflexión, entenderemos al yo como la identidad del individuo, primero en la modernidad y luego en la postmodernidad, revisando los principales cambios sociales que se dieron en la sociedad durante estos dos fenómenos históricos y culturales, desde Montaigne hasta los avances tecnológicos en el siglo XXI. Dichas transformaciones sociales son de tal importancia pues configuran y transforman la identidad de los individuos, generando una mutación en la manera de entender la vida y de estar presente en el mundo.

Con la llegada de los europeos a lo que hoy es América se expandieron los límites espaciales y cronológicos del mundo y del hombre. El cristianismo en Europa se vio fracturado y dio lugar a la Reforma, el conocimiento se secularizó gracias a la imprenta y nacieron los burgos. Por ahora la lista puede parar en este punto para ser continuada más adelante;  hasta aquí podemos notar que el hombre fue construyendo un suelo firme para sentirse fuerte, centro del universo y capaz de gobernarse a sí mismo. La modernidad trae consigo una nueva axiología, un sistema de valores en donde priman la autonomía del individuo, la independencia, la fuerza del intelecto, características que se verán exaltadas en La Ilustración, hogar de la confianza en la razón por encima de todo.  Montaigne, testigo del siglo XVI, inaugura y marca el precedente de una nueva manera de abordar un viejo interrogante, ¿qué somos?, ¿qué soy? El pensador francés tiene como innovación “esa especie de autodescripción que no intenta buscar lo ejemplar, lo universal o lo edificante, sino simplemente perfilar los contornos de la realidad cambiante de un ser, él mismo” (Taylor, 1989: 195). Montaigne deja a un lado las intenciones de los filósofos griegos de la antigüedad, aquellos que buscaban hablar del ser de una manera total, una definición en la que cupieran todas las medidas,  para dar lugar a una definición que pertenezca sólo al enunciador.

Nunca hemos sabido quiénes somos. La modernidad tampoco tiene conocimiento de ello y se le agrega la intranquilidad de espíritu de Montaigne: “Mi espíritu como caballo desbocado engendra tantas quimeras y monstruos fantásticos, unos tras otros, sin orden ni concierto” (Montaigne, 1987: 75), pero el autor logra, mediante el uso de la razón despojada de tendencias sobrenaturales, organizar sus pensamientos: “he comenzado a ordenarlos” (76) afirma. Montaigne comprende que el cambio constante es una condición inherente del ser, sabe que hay movimiento en nosotros y en la naturaleza y lucha por encontrar un equilibrio. La empresa de conocerse a sí  mismo no tiene otro objetivo que admitirse y aprobar la existencia en medio de los velos de la duda.

La forma del proyecto del viaje hacia el interior encuentra su vehículo en el uso de la primera persona, en la enunciación del yo como máximo exponente del pensamiento. “Buscamos el autoconocimiento, pero éste ya no significa sólo el saber impersonal sobre la naturaleza humana, como fuera para Platón. Cada uno de nosotros debe descubrir su propia forma […] Es un estudio que se lleva a cabo totalmente en primera persona, al que prestan poca ayuda las declaraciones de observaciones de tercera persona, y ninguna la ciencia” (Taylor, 1989: 197). La modernidad cede al individuo la responsabilidad de mirar en su interior, una tarea ardua, tal vez cruel, para emprender solo, pero coherente con las condiciones de la época.

Hasta nuestros días ha perdurado el legado de Montaigne, “la búsqueda del yo para aceptarse a uno mismo” (199). Es ese el fin, lograr vivir tranquilo con la voz interior, después, en la postmodernidad, serán las voces; en la cultura moderna hay agitación en el yo, confusión y hasta incertidumbre, pero no hay fractura y fragmentación como sí en la cultura postmoderna.

El yo solitario  escudriña y habla de sí mismo. Su recurso son las palabras. “El yo se hace y se explora con las palabras” (199). Aún hay confianza en el lenguaje, de hecho, no hay motivos para dudar de él en la modernidad, es una época en la que lo expresado escrita y verbalmente se considera fiel expresión del pensamiento, la mente no ha sido rota todavía. De ahí que los puritanos fueran instados a auto examinarse para  que sus pensamientos estuvieran en concordancia con la disposición a Dios.

En los siglos XVII y XVIII ocurrieron cuatro cambios determinantes para la cultura y el curso de la historia. Aparece la economía en el sentido moderno, nace la novela, hay un giro en la institución del matrimonio y la familia y se le da una alta relevancia al sentimiento (303). Estas transformaciones se dieron, sobre todo, en lo que hoy denominaríamos clases sociales con poder adquisitivo, para luego difundirse en toda la sociedad y ser el origen de los grandes mitos y ritos del occidente contemporáneo. Con el  declive de la Edad Media apareció la semilla de la economía de mercado. El orden social pasó de ser feudal a ser un orden de intercambio y producción de mercancías y riquezas. Con el fortalecimiento de los ya existentes burgos, primero compuestos por comerciantes y artesanos, luego por banqueros y empresarios, se dio el enfrentamiento de dos visiones del mundo: la primera, los valores aristocráticos como el honor militar o la dignidad de pertenecer a una casta; la segunda, la pose burguesa que exaltaba la producción y acumulación de riqueza y poder. Esto permitió que se descendiera de la estructura monárquica revestida de divinidad a las revoluciones que promovían naciones constitucionales.

Teniendo en cuenta que, en primera instancia, burguesía y aristocracia se unieron para desarmar el sistema feudal. La novedad fundamental es la aparición de una ciencia que analiza los hechos económicos centrándose en el intercambio entre los humanos y la naturaleza, haciendo distinción de las relaciones humanas atravesadas por la cultura y la política. Es decir, se comprendió a la economía como un campo con sus propias leyes y auto-regulable. Con el paso de los siglos, tal noción se alejó tanto de la existencia social que, con la industrialización y pos industrialización, el discurso económico sólo habla del mercado y entiende al ser humano como una mercancía más.La siguiente aparición en la cultura es la novela moderna. En donde surge, por parte de Defoe, Richardson y Fielding, “la afirmación igualitaria de la vida corriente” (304). Lo que plantea un solo plano para tratar los acontecimientos de la vida y, de diferentes vidas. Este estilo encuentra, parte de sus orígenes, en los Evangelios, libros fundamentales en la Edad Media, en éstos se relata la vida de personas humildes, pero también de personas en lo más alto de la jerarquía social, todo con el mismo tono.

Esta nueva forma de hacer literatura tiene como eje la singularidad, ya trabajada por Montaigne. La novela moderna se aleja de pretensiones universales para focalizarse en una vida y sus acontecimientos particulares, no hay historias épicas ni arquetipos heroicos, por el contrario, hay individuos. “Este modo de narración de la vida, en el que el relato se extrae de los acontecimientos en un doble sentido, contra los modelos, los arquetipos o las prefiguraciones tradicionales, es lo quintaesencialmente moderno, lo que encaja con la experiencia del particular yo desvinculado” (307). Característica conservada actualmente, claro está, hoy se le deben sumar condiciones propias de la postmodernidad, pero hay ya en la modernidad la concepción del nacimiento y muerte de un personaje, pasando por su profunda experiencia humana, dentro de un relato. La literatura de finales del siglo XVII promueve la visión del matrimonio como una institución a la que se accede de manera voluntaria, sin obedecer al linaje o a acuerdos económicos previamente pactados.

Previo a este tiempo, sobre todo en las clases altas, había un fuerte control sobre las uniones maritales, de los padres a los hijos, pero con obras como La nouvelle Héloïse de Rousseau, donde dos amantes se aman a pesar de la prohibición paterna, la sociedad giró hacia una dimensión y valoración más afectiva del matrimonio.Tal fenómeno se dio sobre todo en Inglaterra y en Francia, luego se expandió rápidamente generando transformaciones fundamentales como producir “la constante decadencia del poder que hasta entonces habían ejercido los padres […] en la elección del cónyuge” (308). Con el descenso del poder patriarcal se fue afirmando la autonomía personal. Dando paso a la construcción de familias que servían como refugios a los individuos del mundo de afuera, el mundo de la peste por ejemplo. Con esta nueva tendencia aparece una noción que no se hubiera pensado antes, la intimidad, estrechamente ligada al concepto de individuo. Dicha noción nace gracias  a la introspección y a la búsqueda del yo particular, las personas empiezan a valorar su deseo de tener un mundo secreto que no sea dominio del resto de la familia ni de la comunidad.

 

Es necesario aclarar que la demanda de privacidad surge primero como un sentimiento del núcleo familiar o de la pareja, para después, en el siglo XIX con el Romanticismo, convertirse en una noción netamente individual. La nueva forma del matrimonio trae consigo el último de los cambios aquí propuestos a analizar, la exaltación del sentimiento. Éste también se debe a la profusión literaria. Los sentimientos de amor entre los esposos toman un valor que no se había presentado antes, ya que el matrimonio empieza a ser una libre decisión, los sentimientos de afecto son promulgados y tenidos en cuenta como máxima expresión del alma. A su vez, los hijos se ven afectados al recibir el amor de sus padres, lo que trae como consecuencia la dotación de identidad a la infancia como época del desarrollo humano con sus propios contornos. La literatura de todas las épocas habla de sentimientos filiales, lo determinante en la modernidad es la vital importancia que se le dan. “Lo que cambia no es que las gentes comiencen a amar a sus hijos o a sentir afecto por sus cónyuges, sino que tales disposiciones  comienzan a percibirse como parte crucial de lo que hace que una vida sea valiosa y significativa” (310).

Lo que bosqueja dos grandes productos culturales de la actualidad; uno, la industria de la infancia: educación, literatura, películas, juguetes, medicina, moda, todo enfocado a los niños; y dos, la visión del amor como un motivo para la unión de dos personas. ¿Cuál es el lugar, el espacio físico, donde se ancla la búsqueda del yo, la singularidad tratada en la novela, el intercambio comercial, la elevación del sentimiento amoroso? Todos estas nociones, en última instancia reflexiones y discursos, nacen al mismo tiempo que emerge la ciudad moderna.Por otra parte, la peste entra en las ciudades de Europa y con ella la muerte. Los cadáveres amontonados en las estrechas y viejas calles de las ciudades medievales despiertan la necesidad de tener planeación urbana. En el caso de Paris, veinte mil muertos producto de la derrota de la Comuna, inundaron los paseos y las plazas, los periódicos gritaban lo insostenible de la situación mientras la ciudad se quedaba pequeña ante tanto cuerpo sin vida. Era necesario luchar contra el avancé de la peste, así que utilizaron los mimos mapas que sirvieron para contener la insurrección, sobre ellos trazaron estrategias que dividieron a la ciudad en zonas para detener el avance de la epidemia. Instauraron aéreas abiertas y ampliaron las avenidas; la ciudad moderna resulta, desde esta perspectiva, de la combinación de la mirada militar y medica en aras de construir un nuevo habita para la población (García, 2000: 471).

Además de las construcciones culturales de la actualidad, las ciudades contemporáneas tienen su origen en la ciudad moderna Europea: La organización social del siglo XVIII inventa nuevas técnicas y procedimientos en armonía con las exigencias de un proceso productivo cada vez más especializado: aislamiento de las unidades de trabajo en el taller, asignación de un lugar fijo en el espacio de la producción, visibilidad de los cuerpos con el objetivo de extraer su máxima capacidad, control de los individuos, la materia prima y la maquinaria, etc. (472) Hay aquí una lectura permeada por Foucault, y no hay ningún intento por negarlo, nos adherimos a su planteamiento acerca del control de saberes y prácticas por medio de la vigilancia apoyada en estructuras físicas diseñadas para ello.

La ciudad moderna es el punto de partida para la división de la ciudad en polos extremos; los del sur, los del norte, un lado y otro de la avenida, la zona industrial, la zona comercial, la zona mixta. La centralización es una necesidad del orden moderno que luego mutará en globalización en la era del neoliberalismo. El vapor ascendió por chimeneas y llegó al cielo a competir con las nubes. Quedaron atrás las murallas y fortalezas medievales para protegerse del enemigo externo, los refinados detalles de la Época clásica para ser contemplados, e ingresó en la historia la ciudad industrial de Dickens, hecha de hierro y puesta en marcha con máquinas de vapor (472). La vida, de nuevo, cambió radicalmente, aparecieron nuevas prácticas que transformaron la cotidianidad.

La mayor parte de la población se concentró en las ciudades, grandes cantidades de trabajadores se encontraron reunidos en las fábricas, la fuerza de trabajo empezó a ser un bien de consumo, se agudizaron las brechas entre las clases sociales debido al diferente poder económico entre propietarios y empleados, aparecieron por tanto nuevas formas de protestas como las huelgas; el yo empezó a sufrir las más duras heridas que lo llevarían a su posterior multiplicidad. Surge así la ciudad del siglo XX y XXI. Con la intensificación de las consecuencias de la era industrial emerge la imagen de la ciudad rápida, veloz, aséptica, la ciudad de cristal y de luces fluorescentes, hormigón y acero, casas prefabricadas, grandes plazas públicas, centros comerciales, calles oscuras, cordones de miseria, asentamientos de marginados, tapetes de basura; siempre creciendo, como si estuviera viva.Ahora todo va rápido y la mirada ha sido alterada por este fenómeno. El caballo, el tren, el automóvil, el metro, el avión supersónico, el hombre llega cada vez más rápido a donde lo desee.

 El ojo tiene un nuevo reto, y es ver, en un desplazamiento horizontal, como todo va quedando atrás a una velocidad que sólo permite tomar impresiones. El ascensor posibilita ascender y descender en un eje vertical, ahora es posible mirar lo que resta por subir y por bajar; “abre la posibilidad de la perspectiva aérea” (482). La actualidad es el momento del fragmento, incluso, del momento fragmentado. “La acumulación de las escenas, cuando se viaja por la ciudad, no produce visiones integrales de ella sino percepciones fragmentarias y discontinuas” (482). La manera de viajar por el nuevo hábitat del hombre condiciona su manera de mirar y de ser, las visiones discontinuas se proyectaran en una identidad múltiple, ya no existe una unidad y una sola dimensión del yo, ahora se encuentra tan dividido como los retazos de la ciudad que se recogen al desplazarse por ella. Paradójicamente, donde todo va rápido, es posible registrar cualquier movimiento gracias al cine; la imagen-acción ha sido capturada por éste y la televisión.Hasta aquí, hemos hecho un breve recorrido por los diferentes cambios sociales que han condicionado al yo, a la identidad del individuo, bajo el discurso de la modernidad.

 

A continuación, al introducir la ciudad actual, que es puro movimiento y fragmento, hablaremos del yo bajo el discurso de la postmodernidad. Además, se tendrá en cuenta la noción de saturación social de Kenneth J. Gergen (El yo saturado, 1991).  Cada fenómeno cultural, por ejemplo las corrientes artísticas, se caracterizan por ser un llamado a transgredir los parámetros establecidos por todo lo anterior,  o por crear nuevas propuestas estéticas a partir de la relectura de lo precedente. La era postmoderna, además de plantear esta postura, incorpora la imposibilidad de tener una opción con la cual sentirse conforme. La postmodernidad puede ser traducida como quiebre, fractura, erosión, desalojo y desplazamiento, multiplicidad de voces.

Donde quiera que surja un discurso teórico acerca de algo inmediatamente se levantará su antítesis, y a su vez, la antítesis de la antítesis, hasta fundirse en una secuencia interminable. “El postmodernismo está signado por una pluralidad de voces que rivalizan por el derecho a la existencia  […] A medida que amplían su poder y su presencia, se subvierte todo lo que parecía correcto, justo y lógico” (26). La singularidad ha sido llevada a su máxima expresión, ahora, los objetos en el mundo se definen por  el examen particular de cada quien, por la forma de conceptualizar la realidad, si es que aún resta algo de lo real. No, no queda nada.Bajo las circunstancias mencionadas, la identidad se torno un laberinto de espejos, “las personas existen en un estado de construcción y reconstrucción permanente” (27). El yo se escindió ante un panorama infinito de posibilidades, o mejor aún, de identidades, una para cada contexto de la vida actual, como un mago saca cosas de su sombrero infinito, el yo postmoderno se quita y pone mascaras a cada momento.

 

Ya en el siglo XIX, historias como El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde, de Robert Louis Stevenson y La sirenita, de Hans Christian Andersen, anunciaban la posibilidad de poseer más de un yo en el mismo cuerpo. En el primer caso, hay una perspectiva típica del bien y del mal, pero es significante que el autor incorpore estas dos nociones en el mismo ser, trazando el sentido de la dualidad; en el caso de la sirenita que quiere ser enteramente humana, hay una evidencia del deseo de ser algo diferente de lo que ya se es, en función de obtener algo. Notemos que el personaje, en términos actuales, pretende una cirugía plástica, anhela que su ser siga existiendo en un cuerpo modificado, a pesar de las consecuencias. En la postmodernidad, por condiciones que explicaremos a continuación, la identidad tiene más de dos dilemas a los cuales enfrentarse. “Ya no hay ningún eje que nos sostenga” (27).Kenneth Gergen explica en El yo saturado cómo los desarrollos tecnológicos han acortado las distancias. Cada vez toma menos tiempo desplazarse de un lugar a otro, es posible comunicarse con alguien que se encuentra en otro continente, sirviéndose de medios como el teléfono o la internet.

 En la primera mitad del siglo XX, los horizontes de las personas eran más estrechos que hoy en día, los miembros de una misma familia no se encontraban muy dispersos al interior de la ciudad, la región, el país, o el globo entero. Si la dispersión se daba, las relaciones podían debilitarse pues los encuentros personales no ocurrían con frecuencia y el correo postal, si bien empezaba a ser eficiente, no tenía la inmediatez de nuestros días. Las noticias a las que tenía acceso una comunidad eran de orden local, la radio contribuyó con el conocimiento de lo que pasaba en el resto del planeta, pero todo aún se reducía a grandes acontecimientos como una guerra. El sistema de vida actual conlleva a tener, cada vez más, detalles en cuenta que invaden la cotidianidad. Por ejemplo, todos los números que tenemos que almacenar, sea en nuestro cerebro o en nuestra memoria portable, de identificación y de teléfono. Con el paso del tiempo el individuo se ha visto expuesto a un número mayor de relaciones sociales, a veces intensas y otras muy impersonales.

A causa de la televisión, la publicidad parece direccionar los deseos y apetencias de las personas, qué vestir, qué comer, qué hablar, qué pensar, qué decir, qué hacer; un sinnúmero de instrucciones para llevar una vida perfecta. Sólo que tal cantidad de cosas a hacer no caben en el estrecho espacio de un día, es necesario decidir si trotar o hacer yoga, ver una película o leer un libro, comer algo rápido o algo sano, compartir tiempo con la familia o con los amigos, trabajar más para ascender en la empresa o descansar para no tener un colapso nervioso. La vida postmoderna no descansa.Con la entrada de la televisión en los hogares, como nuevo tótem, las personas amplían su panorama de paradigmas, los personajes virtuales se convierten en nuevos integrantes de las familias, éstas ocupan tiempo en hablar y pensar en ellos, sufrir y estar a la expectativa de sus aventuras. Pero no es sólo eso, la televisión provee a los individuos actuales de un amplio abanico de sentimientos y emociones, formas de reaccionar a diversas circunstancias. “Si nuestro cónyuge nos anuncia que está pensando en divorciarse, no nos vamos a quedar mudos de asombro: ya hemos asistido a este drama tantas veces en la televisión y en el cine que cualquier ocasión nos coge preparados” (103). Lo anterior pone sobre arenas movedizas nuestras emociones, y por tanto, la credibilidad de nuestros actos, si nuestras respuestas están pre condicionadas, eso quiere decir que podemos elegir una u otra, la que mejor nos convenga. 

 

Ha desaparecido la certeza, si alguna vez existió, de tener una identidad congruente. Los episodios postmodernos muestran individuos abordados por sensaciones que afloran en, “ya sea en una opinión intempestiva, en la imaginación, en un cambio repentino de sus intereses o en una actividad particular” (100). El yo se encuentra colonizado por todas las vidas tangibles y virtuales con que interactúa en un proceso de sociabilización siempre continuo. La identidad se ha convertido en el terreno del quizás, donde la gente hace múltiples consideraciones “acerca de lo que puede, o quiere, o teme, llegar a ser” (105). La exposición a otros individuos de manera directa o por medio de la comunicación masiva ha alimentado los diálogos internos, la visión subjetiva ya no resulta tan personal pues obedece a voces ajenas que se funden. Nunca es suficiente.

La colonización del yo plantea una cantidad basta de modos para obtener bienestar social, pero el individuo no es capaz de asumirlas todas debido a la misma saturación a la que es sometido. “…los periódicos, las revistas y la televisión arrojan una andanada de nuevos criterios para nuestra propia valoración ¿Es uno lo bastante, aventurado, pulcro, leído, conocedor del mundo, esbelto, buen cocinero?” (110). Además de existir tal pluralidad de modos “deseables” de ser, éstos compiten suprimiendo al otro, cada uno aboga por ser el más importante, el principal. El límite del deseo se ha vuelto borroso y la pirámide social infinita, siempre habrá alguien más rico y alguien más pobre, alguien más bello o más influyente; los individuos postmodernos han flexibilizado los conceptos. Por ejemplo, la pobreza, fluctúa entre discursos académicos, morales, sociales, religiosos, pero siempre se encuentra marcada por la insuficiencia de bienes, lo que resulta grave para el sujeto actual que vive en una economía de mercado donde la máxima es la acumulación de éstos.

Ser pobre en nuestros días es algo que sólo tiene que ver con existir, basta con desear y no tener para que las personas se sientan carentes. De esta manera, notamos cómo la identidad se corresponde con una determinada clase social. Después de que las fabricas, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, agudizaran las diferencias de clase, se acentuaron los rasgos que diferencia a un individuo según su contexto socio cultural, asimismo surge una división transpuesta al sentido de clase, y es el de tribu urbana. En este mismo concepto pueden residir individuos de diferentes niveles socioeconómicos formando grupos de gente perfectamente distinguibles y diferenciables.

A pesar del eclectismo cultural imperante, es posible identificar a cualquier miembro aislado de una tribu urbana, por ejemplo los punks, los hip hoppers, los hippies o nuevos hippies, todos reunidos en torno a la música, religión, o régimen alimenticio, de esta manera, surgen diversos metalenguajes que tienen su propia visión del mundo.  El joven punk que estudia derecho en la universidad, que de vez en cuando abre un resquicio a la posibilidad de participar de una fiesta tradicional familiar  y gusta de ver El chavo del ocho; la empleada de oficina, católica por herencia, practicante del feng shui, asidua visitante del gimnasio y devoradora de comida chatarra; cualquier individuo habitante de la ciudad contemporánea posee por naturaleza una gran habilidad para la contradicción, su cuerpo y mente son residencia de múltiples voces que defienden el derecho a la vida, pero claman en pro de la pena de muerte. El matiz del matiz. La identidad postmoderna resulta ser un viaje a toda velocidad, en donde va recogiendo trozos que se le adhieren y después se activan todos al mismo tiempo. Es este el panorama del yo actual, un pronombre que se volvió plural, tanto, que parece aproximarse a su desaparición.

 

 Taylor, Charles (1989) Fuentes del yo. Ediciones Paidós Ibérica, S.A.  Montaigne, Michel de (1987) Ensayos. Madrid, Cátedra, 1987, vol. 1.García moreno, Beatriz (2000) La imagen de la ciudad en las artes y en los medios. Bogotá, Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional de Colombia. Gergen, Kenneth J (1991) El yo saturado. Ediciones Paidós Ibérica, S.A.

Comentarios (2)
  • Alex  - Antes de lo moderno
    En occidente y en la era moderna se fortalece la idea de Estado. El Estado controla al individuo y lo forma para ser parte "útil" de los social. Para esto se nutre del control sexual de la era victoriana que nos da al matrimonio como única opción de sobrevivir y prosperar en lo social. Y también nos da la industrialización, haciendo del Yo parte de una maquinaria. Así, el Yo moderno es una "criatura" del Estado y su implantación de un orden, que el Yo acepta y al cual el Yo se somete.
  • Alex  - Lo postmoderno
    Lo postmoderno, más que una era es una transición hacia la Era Cibernética, a la cual todo el mundo aun no accede debido a la miseria económica-social. Por tanto, un Yo post-moderno, estará en un periodo de cambio constante -propio de la transición- el cual irá de regido por el avance tecnológico, el cambio climático, la globalización y la capacidad del individuo a adaptarse. El yo denominado post moderno occidental es economicamente un consumidor, al que hay que mantener deseando para que el mercado siga funcionando, aprovechando que hay un divorcio entre el Yo y su creación: el Estado. En consecuencia, el Yo no accede al poder y queda subyugado al azar del libre mercado, consumiendo todo lo que le provocan desear, convirtiendolo en individuo, fuera del colectivo familiar.



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