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Foto del espectador.com Ensayo - Entrevista Conversador, apasionado, observador: estas son algunas de las características esenciales de Alberto Salcedo Ramos, el gran cronista de la Colombia de hoy. Además es un ser humano sencillo, como bien dice Daniel Samper Ospina en el prólogo del libro “El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé”, que Salcedo publicó a finales de 2005. Salcedo Ramos es un hombre de letras y, para conocerlo, lo mejor es, precisamente, dejarlo que diga sus palabras. - ¿Qué siente usted al escribir?
A.S.R.: “Cuando comienzo un texto lo que siento es angustia. Casi nunca sé por dónde arrancar ni conozco el tono que va a tener mi relato. Esa fase, en serio, me produce mucha ansiedad. Pero cuando avanzo, cuando veo una pequeña luz dentro del túnel, cuando mis dudas se van aclarando, cuando descubro que la historia es capaz de defenderse, entonces ya no siento angustia sino una poderosa necesidad de seguir empujando el tren hasta el final. Ya en ese momento me siento justificado y no me quiero cambiar por nadie”. - ¿Se trasnocha para escribir? ¿Se aísla? ¿Quiere acabar el texto de un solo tirón?
A.S.R.: “Me gusta trasnochar leyendo pero no escribiendo. Para escribir prefiero levantarme bien temprano y darle duro al pedal, hasta donde me alcance la carga. Y claro que me aíslo. Necesito que el lugar en el que escribo sea silencioso. Si hay un mínimo ruido, sobre todo música, estoy en serios problemas, porque me desconcentro y no me sale nada. Nunca me pasa por la cabeza la idea de acabar de un solo tirón. Yo soy un tipo más bien acelerado, pero a la hora de escribir me lleno de paciencia porque respeto mucho mi trabajo y entiendo que debo darle mi tiempo mejor”. - ¿Qué clase de lector busca?
A.S.R.: “Muy pocas veces me he sorprendido pensando en un lector conocido al que le pueda gustar lo que estoy escribiendo. En general, me parece que mi compromiso es conmigo mismo y con el texto. Los lectores vendrán después, o no vendrán, pero no ando por ahí buscándolos. Prefiero a los que van llegando espontáneamente, incluso sin que yo me dé cuenta”. - ¿Alguna vez ha sentido temor por las críticas?
A.S.R.: “Sinceramente, jamás. La crítica me parece un oficio necesario, sobre todo en un medio como el nuestro, lleno de amiguismos fáciles, complicidades extra-literarias y reseñitas triviales”. - A usted le gusta mucho lo cultural, con énfasis en la cotidianidad…
A.S.R.: “Creo que la cotidianidad es la gran inmolada de nuestro periodismo. Me refiero a la cotidianidad del hombre común y corriente, el que no mata ni muere, ni descubre la vacuna contra el cáncer de cuello uterino, ni gana discos de oro como Shakira, ni se casa con la actriz de moda, ni se gana el reality de turno, ni secuestra un avión en pleno vuelo. Muchos de nuestros medios en América Latina no cuentan la realidad, sino que la venden al detal, con un criterio comercial que privilegia lo violento o lo espectacular por encima de lo humano. Me interesa mucho lo cultural y lo cotidiano, me interesa el periodismo como posibilidad de construir memoria”. - La literatura latinoamericana últimamente se ha saturado de temas que hace unos años estaban vedados, como el sexo, la violencia, los sicarios. ¿Qué piensa de eso?
A.S.R.: “La literatura puede ocuparse de cualquier tema, ahí no veo problema. Lo que me parece triste es tratar ciertos temas simplemente porque están de moda, o porque las editoriales se los imponen a los autores con el propósito de vender más libros. Creo que eso vuelve mercenario al escritor y empobrece la literatura”. - ¿Volvería a enfrentarse a Pambelé?
A.S.R.: “Del Pambelé personaje ya me ocupé lo suficiente en mi libro El Oro y la Oscuridad. No me quedó absolutamente nada por contar de su vida, salvo la letra menuda de sus desórdenes personales, que no me interesaba reconstruir en detalle porque considero que ese tema tiene más vínculos con la porno-miseria que con la literatura. Al Pambelé ser humano le profeso un cariño inmenso y, por supuesto, sería capaz de encontrarme con él un millón de veces”. - ¿Ha vuelto a ver al protagonista principal de su libro De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho?
A.S.R.: “No. Hace rato le perdí la pista. No tengo la menor idea de por dónde anda”. - De los libros de su biblioteca personal, ¿cuáles son sus preferidos?
A.S.R.: “Supongo que los de periodismo narrativo, los de Talese, Capote, Tom Wolfe. Pero también amo las novelas de Camus y los cuentos de Cortázar, y la poesía de Juan Manuel Roca. En realidad, quiero todos mis libros”. - ¿Cree que “educar es soñar con hacer un mundo posible”?
A.S.R.: “No me acuerdo quién decía que el hombre empieza a ser viejo cuando deja de ser educable. Yo creo en eso”. A.S.R.: “Como cocinero tengo un talento comparable con el del Tino Asprilla para la ópera y el de Maradona para la diplomacia. Por fortuna, siempre he estado rodeado de gente que cocina de manera sublime. Eso no me excusa, pero es sabroso”. - Para terminar, cuéntenos una anécdota personal relacionada con la escritura.
A.S.R.: “No es una anécdota pero sí es algo gracioso. Cuando estudiaba en la universidad me construí una reputación clandestina como comerciante de acrósticos y poemas de amor para muchachos desesperados. Todo el que tenía un problema con su pareja, o quería ablandarle el corazón a alguien, acudía a mí. Yo ponía cara de importante y le preguntaba los pormenores del caso. Después me sentaba a escribir un texto desvergonzadamente meloso, que le vendía a la víctima sin el menor remordimiento. En aquellos tiempos de penurias económicas, era la única manera decente que yo tenía de garantizar mis idas a cine. Sospecho que fui el autor intelectual de por lo menos un mal matrimonio”. *Escritora cartagenera.
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