Ensayos Edicion 1 Quienes Leen, Quienes Escriben

Quienes Leen, Quienes Escriben

 

 


 

 

Quienes leen, terminan por dejar que las letras los seduzcan hasta provocar ideas insoportables que deben ser dejadas en el papel. Al principio todos empezamos con un cuaderno recóndito que nos encontramos con la mitad de las hojas en blanco y un lapicero cualquiera para dejar páginas y más páginas llenas de pensamientos surgidos en cada intento de escritura.

 

Al principio todo parece fácil. Las páginas se llenan con pensamientos puros que no preguntan por las comas, no preguntan por las tildes ni mucho menos permiten volver a leer lo escrito. Escribir en un principio es apenas la terapia de locos buscando decir algo: responderse a si mismos y olvidar lo dicho en el papel. Se busca un exorcismo de ideas que atormentan para encontrar una supuesta calma, pero la sorpresa que causa escribir, es descubrir que no sirve para ello.

 

Después de empezar a escribir se anda como loco mirando al piso, con los ojos viendo hacia atrás viendo en dirección del cerebro y la imaginación, analizando ideas que se desarrollan como sueños, como películas ante un narrador que solo despierta cuando el anden sin previo aviso cambia de nivel. Así, de manera errónea, como el adicto a la morfina busca la droga que produce su mal creyendo que lo calmará. El escritor toma las riendas del lapicero y un papel en blanco, pretendiendo que esas ideas atormentantes se esfumarán después de escribir. Sin darse cuenta que en el día siguiente, una vez más se perderá en alucinaciones de pensamientos que no son nuevos ni mucho menos aquellos ya escritos, sino versiones evolucionadas de ideas que el escritor suponía olvidadas.

 

Es fácil reconocer a escritores que apenas empiezan a tomar el lápiz, ellos van sentados en las ventanas de los buses, caminan por la calles o se sientan en la soledad de un parque concurrido, sin levantar la mirada en la búsqueda de una compañía a punto de llegar. Con la boca abierta a medias y los ojos sumergidos en la lejanía aparente del suelo.

 

Cualquier escritor en formación intenta disimular de manera tácita, ser víctimas de las ideas que revolotean ante ellos, como un personaje quijotesco que frente a si, ve pasar las historias de caballería que desean ser realidad en el papel pero encuentran salidas momentáneas en la locura de una mente sin pluma.

 

Si el Quijote hubiera escrito después de leer hasta el último libro de caballería, no hubiera enloquecido de forma tan explícita. Al contrario hubiéramos leído la historia de un hidalgo idiota, dejando a su caballo la responsabilidad de decidir el camino, mientras su mente divagaba en la búsqueda de soluciones a problemas hipotéticos que en su cabeza se desarrollaban. No hubiera sido un loco crónico, sino un escritor atiborrado de alucinaciones en el día. Un loco que no desenvainaba su espada sino su imaginación. De hecho, hubiera sido un simple escritor de esos que en la noche buscan cualquier falta de sueño para curar las ideas que le hacen alucinar.

 

Hasta ahí el escritor es un niño en el mundo de las letras. Se lee cuanta cosa cae en las manos, hasta se busca descifrar el periódico de los lectores mas cercanos en una cafetería. Incluso nadie mira nombres, se leen los textos por leer las ideas y no por leer autores. Cree estar en la pureza literaria.
La niñez es un tesoro perdido después de aceptar que ya no es suficiente escribir sino es necesario publicar. No basta con haber desatado la locura en la mente propia sino despertar la imaginación de lectores con mentes inexpertas en la alucinación literaria.

 

Desde hace mucho tiempo no es un cuaderno cualquiera en el que se escribe, tal como el pintor ya recorrido no pone su pincel sobre cualquier lienzo. El lapicero ya no es uno desechable sino una costosa pluma que nadie puede tocar pues se siente contaminada por pensamientos faltos de lectura. Todo se vuelve una manía del orden, determinado para desarrollar la locura de escribir.

 

Ya no se escriben largas páginas, al contrario apenas se vomitan párrafos llenos de remiendo inescrupuloso por tachones de una mente que pregunta por las tildes, por las comas y los puntos. Ya no se escribe con el derroche de un pensamiento liberado a desatar sus locuras sino con las riendas de la razón obligando a dejar entendido aquello que se desea decir.

 

Se ha perdido toda inocencia, ya no se crean oraciones, ya no se crean párrafos para dejarlos sumergidos en la profundidad de un cuaderno sino en la llanura de una revista.

 

El escritor crece para llegar a su juventud, en el momento donde solo se lee a los grandes, se niega a los desconocidos y se escucha poco a los iguales. Es en ese momento que se lee a los autores y no a los textos, se leen a los iguales para dar una crítica constructiva, como excusa para obligar a los otros a leer los papeles propios.

 

La mayoría llegamos cansados hasta aquí, cuando las ideas juveniles se transforman en pensamientos de oficinas y matemáticas de contaduría hogareña. Los que nunca desearon publicar, siguen leyendo cuanto libro o texto encuentran con un titulo atrayente, pero aquellos que empezaron a escribir para publicar, obtuvieron el argumento circular de leer para ser leídos, dejando en el olvido, leer para crear nuevos escritos.

 

Y llega la vejez, cuando es retomada la paciencia del escritor en una acción humanizante, una acción que le hace volver a creer de manera absoluta, que utilizando las letras se puede trasmitir algo mas profundo que el deseo inerte de ser leído.

 

Se vuelve a creer en la literatura como un medio más lejano que la fama y el dinero inexistente de una profesión que para tomarla, hay que estar dispuesto a aguantar hambre, disponerse a la locura y al destierro fortuito de los viajes innecesarios.

 

Pero la vejez acaba. Cuando publicar no es una actividad necesaria sino una obligación imperante, por una solicitud de lectores que no buscan ser leídos, sino ser lectores con imaginaciones hambrientas en búsqueda de mundos reales, en infiernos y paraísos inexistentes.

 

Entonces, la muerte puede llegar, las teclas dejan de sonar en el pulso de un escritor ya en la tumba, con una voz que no es capaz de callar, pues lo escrito le ha otorgado palabras infinitas para hablar y una vida eterna en la hoja y la tinta. El escritor muere en cuerpo, para resucitar en las hojas y obtener la inmortalidad.

 

Santiago Contreras

 

Comentarios (2)
  • David Pérez  - Gran descripción de la formación del escritor
    wow!, me ha sorprendido lo acertado de la descripción del nacimiento del autor. Uno cree que es algo de uno no más y a veces hasta ni es consciente de lo que le pasa. Es extraño ver que el despertar de lapasión por la escritura se guía, por decirlo de cierta forma, por patrones. Creo que en este momento entro a mi juventud en la escritura.
    Me parece muy válida la crítica sobre quienes sólo leen para ser leídos. A veces uno cae en esta dinámica, sin mala intención debo decir. Pero la crítica hace tomar conciencia de lo que se hace y cambiar el comportamiento.
    Muy buen ensayo!
  • carlos
    Hola. Quisiera comentarte que vamos a abrir una editorial y necesitamos escritores. Tenemos en marcha una Web en la que estamos poniendo poco a poco, escritos eróticos que nos van llegando. Si deseas, ponte en contacto con nosotros. Gracias carlos@edite-libro.com http://www.cj-editorial.es
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