Las trasformaciones de la identidad
(La identidad múltiple)
Los latinoamericanos llevamos más de cinco siglos tratando de redescubrirnos como pueblo, de encontrar nuestra esencia en un mundo que día a día se empeña en globalizarnos. Es por esto que la tarea ha sido ardua y hasta el momento sin claros resultados. ¿No será que la búsqueda es ilógica y hasta anti-natural? La única salida que se le ha encontrado a este laberinto, la autodenominamos como mestizaje; mestizaje de razas, ideas y culturas, pero esta respuesta, no logra satisfacer los verdaderos interrogantes de nuestra preocupación por ser y pertenecer en el mundo, o al menos, en mi caso particular, no lo logra. Mi posición estaría más cercana a la teoría de Fernando Cruz Kronkly en su texto, La Summa latinoamericana, en donde es Latinoamérica el lugar en donde se “reúnen las culturas del mundo y en donde Occidente, se redefine, se retuerce y a al vez se recrea”[1].
La identidad es un término, como todos los términos con el transcurso del tiempo y el uso continuado, polisémico. Cuando digo polisémico, me refiero a que en la actualidad tiene numerosas variables de sentido que han desfigurado el concepto original, creando un término que, siguiendo la línea, podríamos denominar: mestizo. La identidad para algunos tiene que ver con la nacionalidad, el folklore, la cultura, la familia. Otros por el contrario creen que la identidad es algo que se consigue a través de los gustos, los accesorios, los amigos y los pasatiempos, confundiendo el concepto de identidad con el de personalidad.
La identidad como concepto lógico, designa todo lo que permanece único e idéntico a si mismo, lo que supone un rasgo de permanencia e invariabilidad. Entonces según este parámetro, es viable que se tome como un factor de identidad la nacionalidad, carga pesada para los colombianos, y la familia, la cual no podemos escoger y tampoco desechar; más no el folclor y la cultura, dos representaciones de los pueblos que están en constante cambio y trasformación a medida que los pueblos se desarrollan a través del tiempo.
[1] Cruz Kronfly , Fernando. La tierra que atardece. Bogotá; Ariel, 1998
La variedad y la movilidad se contraponen al concepto de identidad afirmada por el eleático Parménides (c. 515-c. 440 a.C), el cual concibe que el universo y el ser, son unidades inmutables. La propuesta de Heráclito (c. 540-c. 475 a.C.), que es a la que yo me sumo, es una concepción del mundo y la materia en un estado de constante cambio. Y es esta la tesis que sostengo en este ensayo: La identidad no tiene un sólo espacio, ni tiempo, ni una sola bandera, y se encuentra en un estado constante de cambio directamente proporcional al desarrollo técnico y cultural de los pueblos.
Lo antiguo Vrs lo nuevo
Recuerdo que en una conferencia sobre identidad musical en Buenos Aires, Argentina, un periodista y musicólogo, con toda la prepotencia común en su cultura, dijo: “¡Che! Yo me siento más identificado con un ciudadano neoyorquino que con un indio Mapuche”. Esta frase, en un primer momento me ofendió de una manera extraña, pues no era a mí a quien se dirigía ni a una etnia de mi pueblo, pero no sé por qué, uno suele solidarizarse o sentirse más identificado con una raza y modo de vida, alejada de su realidad cosmopolita, pero cercana a su sangre ¿O será impuesta esa sensación? Después, esta frase cierta de alguna manera, dio pie a la reflexión sobre la identidad latinoamericana y si esta existe o debería existir.
Al periodista argentino, por más cruel que pueda sonar esto con mi cultura, le doy mi voto. Y no es que yo sienta que me identifico con un parisino o un neoyorquino, sino, que su estilo de vida es más cercano al que diariamente llevamos la mitad del planeta cosmopolita, globalizado, contaminado y agobiado por la tecnología. Creo, o quiero creer que era por esta vía que iba el comentario del argentino, pues de lo contrario, no sería más que una inconformidad con su ser argentino y “tercer mundista”.
Las etnias indígenas que valientemente han sobrevivido a las invasiones y conquistas de sus territorios, no podrían sentirse identificadas conmigo, por ejemplo: no sería común para ellos, estar sentados frente una pantalla luminosa, tipeando casi esquizofrénicamente un tablero con signos; ni bañarse con agua artificialmente temperada. Igualmente, ¿por qué un español va a sentirse identificado conmigo cuando yo le amarró a mi hijo una cinta de colores con una piedra en el pie para que no lo afecte el “mal de ojo”?
Entonces, ¿por qué nosotros, latinoamericanos, tenemos que encontrar nuestra identidad, en una identidad diferente y hasta desconocida para muchos? Es aquí donde se encuentra el sinsabor que nos produce reconocernos como indígenas, españoles o como mestizos; separándonos como con pinzas del resto del mundo que insanamente se cree puro; como si todos los habitantes del planeta, a estas alturas, no fueran mestizos de alguna u otra manera. ¿Cómo quitarles a los españoles sus rasgos moros? ¿Cómo explicar el spanglish en Estados Unidos? ¿Cómo erradicar rasgos de la cultura marroquí en España? ¿Cómo crear una sola identidad en Sudáfrica? ¿Cómo querer separa las naciones y las razas cuando las conquistas, invasiones y colonizaciones no han terminado?
Es en este punto, dónde los detractores de mi tesis dirán: ¿y si todo está cambiando tan rápido, no es pertinente querer guardar y atesorar los elementos fundacionales de nuestra raza? Sí, es pertinente, pero los rasgos fundacionales de nuestra raza no son nuestra identidad, así como tampoco lo que viene de afuera es nuestra identidad. No podemos caer en el curioso comportamiento, que nos narra Eduardo Caballero Calderón en su texto Cangrejos ermitaños , en donde estos crustáceos se apropian de los caparazones de otros crustáceos, presumiendo de fuertes y hermosos sin esforzarse por hacer un caparazón por sus propios medios. No se nos puede imponer una identidad. Para Puerto Rico fue demasiada la imposición de una cultura sobre otra, a tal punto que los puertorriqueños no tuvieron otra opción que aceptar vivir bajo el caparazón de otro crustáceo.
No podemos negar lo que somos ahora, aceptando sólo lo que fuimos. El pasado no puede, ni debe detener del incasable curso del presente hacia el futuro. Las conquistas y expansiones de territorio, no son otra cosa que hechos ineludibles de la historia; no se puede echar todo para atrás y empezar a vivir en las cavernas. Nuestra identidad no sólo como latinoamericanos sino como seres humanos pobladores de la tierra ha cambiado y sigue cambiando. Es más, nuestra identidad podríamos decir que no es solo una, compartimos varias identidades en nuestra común existencia.
[2] Calderón, Caballero Eduardo, “Cangrejos ermitaños” en Obras t. II, Medellín; Editorial Bedout, pp. 266-268
Identidad colectiva
Tenemos una identidad que considero la primera, y es la de seres humanos, es esta la única identidad inamovible e inmutable, que nos reúne a todos en una identidad colectiva. Nos diferenciamos de los demás seres de la naturaleza por nuestra condición pensante y trasformadora del entorno. Luego, vienen las fronteras, idiomas y demás límites puestos por nosotros mismos, que nos separan como seres humanos y nos categorizar dentro de una porción de tierra, determinada por diferencias notadas por el hombre en factores geográficos y climáticos en la naturaleza. Luego estos límites determinados de una forma natural, fueron impuestos y arreglados por guerras y negociaciones.
Para concluir este ensayo, resalto la calidad múltiple de la identidad, en donde son las múltiples identidades que nos conforman como “ciudadanos del mundo” y su constante cambio, lo que nos hace progresar y desarrollarnos como seres trasformadores del entorno. Los latinoamericanos estamos en una afortunada condición, pues todavía conservamos casi intacto en algunas zonas, lo que fuimos y estamos abiertos a todas las identidades del mundo pues nuestra naturaleza desde hace quinientos años ha sido buscarnos. Hemos tenido que explorar y conocer a los demás para poder reconocernos. Nunca fuimos un envase hermético, y es debido a esto que somos tan inmensamente ricos en identidades. Entonces, será pertinente que nuestra búsqueda de una identidad exótica, única y paradisíaca, termine y que nos reconozcamos como seres humanos universales, una gran summa, o de lo contrario, deberemos esperar a que en todo este desorden de sentido, terminemos como los cangrejos ermitaños de San Andrés o en el peor de los casos como Mister Jekyll y Mister Hyde.
Silvia Valencia