Ensayos Edition 9 Padres de familia, nuevos retos para la educación

Padres de familia, nuevos retos para la educación

 

 

Hay cosas de las que esperamos resultados supuestamente lógicos, por ejemplo, del sol, esperamos que caliente, de la policía que proteja, de la lluvia que moje, del mal que haga daño, consecuencias razonables que obedecen al tan usado sentido común. De la misma forma, esperamos, nosotros los docentes, yo como profesor, que los padres eduquen, ayuden en el proceso formativo de sus hijos; no necesariamente que hagan las cosas más fáciles para la escuela, pero sí que no las entorpezcan.

Hoy en día, mis colegas mayores me cuentan que antes no era así, es necesario contar con hasta dos o tres veces el número de pupitres por salón; uno para el estudiante, y otros dos para el padre y la madre. Dado el caso que sea una familia con padres casados, en donde los dos habiten la misma casa y el mismo país. Y no hablemos de las situaciones en donde son las abuelas las que acuden por sus nietos ante el colegio.

Cuando veo a un estudiante que grita a su compañero, así lo tenga cerca, así no estén peleando, cuando veo que un estudiante relincha como un caballo mostrando su descontento hacia el profesor, o levanta sus manos en ademan de desprecio, pienso en sus padres. Me pregunto si él puede hacer eso en casa y me respondo que sí. Imagino que le llaman la atención y él se va, dejando con las palabras en la boca a su padre o a su madre, o le alza la voz tal vez, y él o ella, sólo atinan a quejarse y permitirle que se marche. Supongo que ese joven, cuando niño, pidió un cono que le fue negado e hizo un escándalo para obtenerlo, sus padres le dijeron con firmeza que no, pero después de un rato, fatigados, le compraron el helado.

Estos nuevos padres están muy equivocados. Los niños, -ni los jóvenes-, no entienden con el diálogo, es decir, no es suficiente. La palabra no basta para delinear la conducta del menor, él aún es muy pequeño, su experiencia es corta y su ego grande, todavía cree que el universo es su casa, y él, amo y señor de ella; piensa que la calle y el colegio son sólo el patio de su imperio y que éstos se rigen bajo sus leyes. Los padres tienen miedo de reprender a sus hijos, de proveer castigos severos y efectivos, no quieren ser maltratados como ellos lo fueron. Es comprensible. Con miras a una formación cimentada en el diálogo han cedido, se han puesto en el mismo nivel de sus hijos, es esta actitud la que ha propiciado en los jóvenes la falta de reconocimiento a la autoridad. Las nuevas generaciones de jóvenes tienden a creer que son iguales a los adultos, dejando a un lado la elemental diferencia de experiencia vital. El niño ignora cosas que no ha vivido y es el adulto, padre de familia o profesor, quien, por la fuerza de su vida, posee la autoridad para indicarle el camino, no necesariamente el correcto, pero sí el indicado para que aprenda a construir el suyo.

El amor es grande, tanto como el daño que puede causar. Tenemos padres que compran todo a sus hijos, todo lo que el dinero pueda, cada nuevo aparato electrónico que los lleve a otro mundo, droga digital, adicción socialmente aceptada. Hijos desvelados por intentar pasar un nivel de un video juego y padres incapaces de clausurar tal diversión. Jóvenes que estudian sin pensar en trabajar, sin comprender que la ciudad va más allá del muro que delimita el conjunto cerrado en donde viven, jóvenes sin sufrimiento y sin limitaciones. La duda existencial no forma el carácter, no ayuda a crear sentido de pertenencia ni valores como la solidaridad y el respeto; la duda existencial o sufrimiento burgués sólo contribuye a forjar el individualismo. Mientras que el sufrimiento producido por la carencia, por el infinito deseo de alcanzar algo con esfuerzo sí propicia una actitud altruista, forma en el esfuerzo, da sentido a la vida y a los sueños.

Cómo explicar que hijos sucios, con mala postura, zapatos sin brillar, tengan padres ejecutivos, doctores, abogados, bien vestidos y vestidas, con los relojes y tacones más caros. Me pregunto si estos adultos lucían y se comportaban como sus hijos; seres tímidos, temerosos, rabiosos, hiperactivos, cómodos, mediocres. Por un segundo me respondo y me digo que es normal, que después de ser un chico desordenado se puede llegar al éxito social, pero al instante me doy cuenta que estoy equivocado. Porque sé que dichos padres no fueron educados como príncipes, no tuvieron todo al alcance de su deseo, no tuvieron padres que pusieran la cara por ellos en el colegio, padres que reclamaran a los maestros y justificaran al estudiante, padres que ante un insuficiente cuestionaran al docente y no a sus hijos, padres que concibieran al profesor como instrumento para que sus hijos sean promovidos al siguiente año. Los padres de las nuevas generaciones no han sabido transmitir lo bueno de ellos, de su educación, sólo han logrado dejarles como herencia la soberbia de sus salarios, la costumbre de la queja y la exigencia sustentada en el hecho de pagar un recibo.

A veces, caemos en un pensamiento incomodo, declinamos en un error; cuando hacemos un examen, pedimos un trabajo, realizamos una superación, pensamos más en qué reacción tendrán los padres y no en los beneficios que eso generará en el estudiante. Hoy en día hay que tener en cuenta las posibles demandas, tutelas, derechos de petición, y todo tipo de quejas que los padres-clientes puedan imponer y por tanto perjudicar a docentes e instituciones. La decisión de reprobación de pérdida de un año escolar debe considerar, en nuestro tiempo, la posible apelación de los acudientes, como si no fueran los maestros quienes tienen toda la potestad para dar un juicio justo al respecto.

Después de épocas oscuras para niños y jóvenes, como bien nos mostraron El perfume y Oliver Twist, las familias actuales se han volcado a sus hijos: a consentirlos, a llenarlos de regalos, de caricias verbales, a defenderlos del mundo hostil que los rodea; los hogares con intenciones verdaderas de cuidar a sus niños se encuentran comprometidos con su tarea y se han puesto al mismo tiempo una venda, la misma que tenían las figuras religiosas en aquel templo católico de Ensayo sobre la ceguera. Los padres no pueden creer todo lo que sus hijos dicen, o pueden, pero no deben, porque la mentira hace parte de la naturaleza humana, es una de las propiedades más difíciles de civilizar en las personas, y más si aún son niños quienes no han entrado del todo en la cultura. Es escalofriante ver como padres de familia creen todo lo que sus hijos dicen, confían ciegamente en un: “no hay tareas”, “la profesora me puso I, pero yo no estaba haciendo nada”, “yo no estaba copiando”, pero es más turbador aún ver como padres confrontan al docente, como si la intención de los maestros fuera dañar a sus hijos, recreando una escena en donde el estudiante es una víctima del injusto profesor.

El panorama es triste, quienes elegimos la educación como profesión enfrentamos retos tan grandes como las drogas, el alcohol, el consumismo, la soledad, la depresión, la violencia y la pobreza, a todo esto sumamos, en contextos de buena (aparente) situación económica a unos padres que funcionan como agentes entorpecedores del proceso. Las actitudes mencionadas anteriormente no forman al niño/joven como un ser autónomo, critico, por el contrario, construyen una personalidad dependiente e incapaz de asumir posturas propias frente a la vida. El tipo de padres del que se ha hablado aquí, va en contravía de cualquier proyecto educativo en donde se pretenda formar adultos responsables, respetuosos y comprometidos con su sociedad, ahora la escuela afronta la misión de educar a sus estudiantes regulares y a unos nuevos, los padres, pero en un proceso de re-educación, o por lo menos, de rechazo a hostilidades.

 

Comentarios (0)
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios!

!joomlacomment 4.0 Copyright (C) 2009 Compojoom.com . All rights reserved."

Buscar

Nosotros

Online

Tenemos 3 invitados conectado(s)

Publicidad

Suscríbete