Cuento erótico: Monólogo de Emmanuel

Me aburre estar parada frente a la ventana. El calor hace que sienta las gotas sobre mi busto. Me da un cosquilleo apresurado. Siento con más fuerza esas gotitas de sudor en mi entrepierna. Es por eso que decido quitarme la falda, y quedar con la blusa beige que siempre uso bajo la chaqueta. Recuerdo que no llevo ropa interior. ¿Será por eso que detecto con agrado las gotitas en mi parte inferior? Quizás corran más rápido para encontrarse una a una deseosas de volver a bajar y después volver a emerger.
En calor en esta época es fuerte. Me acerco al vidrio de la ventada y paso el dedo meñique por el contorno. Está húmedo. Cuatro niños me observan desde afuera, parece que se tocan los ojos.
Me dirijo nuevamente a la sala y cojo el teléfono, pero el mismo monótono sonido resuena en mi oído. Creo que se le olvidó nuestra cita, paró el reloj. Se le olvida que se me sale sola, que no puedo contenerlo y me está empezando a doler
¿Te duele? ¡Que sí! No estoy jugando -le contesté a Emmanuel-. El se reía. Alcancé a escucharlo. Aunque dujo que su respiración se acelera cada vez que suena el teléfono. Después razoné y supe que tenía razón. A los hombres les duele, eso lo sabemos todo. Pero que me duela a mí, con tan sólo haber escuchado su voz al otro lado del aparato artificial. Me dice ¿Qué haces en este momento? ¿De qué color es tu ropa interior? ¿Por qué utilizas siempre el blanco? No puedo parar, deberías estar aquí. Se me olvidó, reloj se paró. Imagino cómo se convierte. Trato de no dejarme llevar. De repente, siento un torrente de agua que salió de mi cuerpo. A los mitos me estaba doliendo. Era como si tuviera algo que no debo liberar a la superficie, o algo que debo sacar, pero mi mente lo rechaza. No lo sé con exactitud, pero sé que el dolor era fuerte. Ahora entiendo por qué Emmanuel dice que me odia, que no hay espera, que el dolor en ocasiones es un castigo.
Antes el calor me gustaba. Ahora se convierte en hastío. Es quien recorre mi cuerpo y lo calma y lo excita. Me vuelve otra. El teléfono suena, pero no es Emmanuel. Es Roberta que quiere que salgamos al parque, para ver hombres dormidos sobre el césped. Le repito que sólo un tacto puede humillarme y redimirme ante su dorso. Tan sólo uno de sus dedos me despega del letargo en el que mantengo.Emmanuel me dijo que deseaba una foto en que pudiera verme desde arriba. Una foto tomada desde un ángulo en picada. Le busqué una en que resaltaba mi nariz, mis labios y el contorno de mis senos que se cortaban con la blusa café que tenía puesta ese día. Mi cabello estaba suelto, casi alborotado. A él le pareció un poco caricaturesca la figura. Sin embargo se quedó con ella para recordarme y poder… bueno, no creo saber qué pudo o quiso hacer con ella, pero ahora el calor me carcome. Quiero suspirar y no puedo. Me siento y me percibo agria, me huelo a hueso. Abro las piernas y no puedo dejar de pensar en el calor que sienten mis venas. Me duele, me gusta. Lo único malo es Emmanuel. Puedo escuchar sus gemidos al otro lado. Se escucha una música árabe. Él la tararea y no logra entender lo que dice. Con una mano en mi ombligo, le pregunto el contenido de la canción. Me explica que en la canción se escucha a un hombre diciendo que desea pasar una noche con alguien. Pero desea que nada existe a su alrededor. A mí me gusta la idea, pero creo que Emmanuel me huye y me teme.
Sus palabras dicen que quisiera estar aquí, y soportar el perfume que sale de mi cabello. Me resulta patético, hasta inexistente e ingenuo. Quiero la piel del Irish. Pero quien me habla no resulta ser a quien espero.
Saco mis dedos. Vuelvo a pararme y me miro al espejo. Traslúcida. Caliente. Húmeda. Así está mi cara. Sé que es sudor o el dolor de cabeza que me dio después de la llamada. Miro mis pies. Están helados ahora. Sé que los tomaría con sus manos, los balancearía y hasta besaría. Lástima que no sea el germano. Con él, mi columna se movería a tal punto que no podría volver a restaurarse jamás. Parece que entra la noche. El calor se ha ido.
Aunque mi piel sigue húmeda, trato de ponerme la falda. El olor que desprende, hace que me mueva nariz en sentido contrario al que anteriormente tenía. Me acuesto en la cama. Cierro las piernas, cada con más fuerza, a tal punto que me alcanzo a sorber el tobillo derecho. No hay lluvia ni mucho menos sol. Escucho ruido en las calles. Algunos niños, y el anciano que siempre mira mi contorno al bajar. Pasan los carros. Continúo dormida. Aunque mis ojos abiertos me recuerdan que es mentira. Estoy en una pesadilla en la que trato de abrir mis piernas y no puedo. No son mis senos ni mi espalda. Tampoco son dedos ni mi cuello. Solo allí, justo en la entrepierna.
Intento relajarme, mirarme desde allí, hacia la calle. Ahora no hay ruido. Solo una niña que pasa con su madre. Emmanuel sería un casi-perfecto; pero no logra que abra las piernas. Él no sería el indicado para que el calor regrese. Ahora que todo está oscuro sí lo deseo. Hasta me hacen falta las gotitas. Mis piernas se van separando lentamente. La falda se desprende. Voy por agua. Me paro en la ventana. Emmanuel ha desaparecido del teléfono. Mi sudor se ha secado. Será nuestro secreto, siempre y cuando las gotas mojadas vuelvan y repitan la escena