La mitad del mundo

Voy manejando hacia el sur por la carretera Panamericana, acercándome a la frontera colombiana con Ecuador. Mi mano derecha descansa en el muslo de Gisela, y con la mano izquierda voy haciendo los cambios con dificultad para no soltarla.Llevo a Gisela a la Mitad del Mundo. He oído que allí han construido un monumento, y que han pintado una línea de color amarillo encendido a lo largo de la línea ecuatorial. Dicen que uno puede pasar de un lado al otro. Gisela va haciendo anotaciones en su Jeanbook. Mira fijamente por la ventanilla y después escribe con mucho cuidado. Largos flecos de su oscuro cabello salen flotando por la ventanilla. Tengo 46 años y ella 23. Sí, ya sé, ya sé. Acelero para pasármele a una chiva grandotota, una chatarra verde y amarilla tuquia de gente, gallinas y marranos; mi viejo Chevrolet Sprint comienza a corcovear. Es un cachivache que venden solamente en Suramérica. ¿Qué, no les sirve a los gringos? Es como esos buses que tiran aquí, los que me arrancan involuntarios estallidos de nostalgia: aquel de pronto hasta podría ser el mismísimo bus que de niño me llevó a la escuela. Le echo un vistazo a la temperatura. Por aquí no sería el mejor lugar para vararme. Como casi todo el país, es territorio de la guerrilla. Además, ya casi entramos al valle del Patía. Todo el mundo nos dijo que no nos viniéramos por esta vía. Gisela me pregunta que si me lee de su cuaderno de notas. Primera vez que lo hace. “Mi vida ha llegado a una coyuntura crítica”, lee. “Tengo que tomar decisiones importantes acerca de mi futuro...”. Gisela es joven, Gisela es idealista. Desde el principio, los viajes eran el único modo de tenerla sólo para mí. Tenía una larga lista de tipos que la llamaban constantemente. Sin embargo, ella nunca pareció seria con ninguno. Es experta en mantener a los hombres a distancia. Aun así, su teléfono nunca dejaba de sonar. Y ella nunca dejaba de contestarlo. Pero en los paseos la tenía toda para mí. Se hundía en el viaje con abandono, como si quisiera seguir hasta que el sol se ocultara. Conmigo fue a las selvas del Chocó, a las ruinas arqueológicas de San Agustín y a las famosas fuentes ter-males, donde nos sumergimos en la verdosa agua hirviente pasada a fósforos prendidos y a huevos podridos, mezclándonos con esos seres de apariencia prehistórica, ancianos y ancianas semidesnudas, de piel colgante y arrugada, cubiertos de pies a cabeza con un barro pegajoso, supuestamente rejuvenecedor.
Gisela ha pasado por muchas en la vida. Creció en una familia de diez hijos, en una finca de casa de bahareque y techo de paja. Ha conocido los piojos y la sarna y los emplastos de paico en las fosas nasales para atajar las lombrices. Cuando los paramilitares le mataron a su padre, la madre se volvió loca; o más loca. Un hermano se metió a la guerrilla, otro fue a parar a la cárcel. Una de las hermanas se metió a un culto,y otra rondaba por la zona de tolerancia con falda corta y tacones altos. De algún modo, Gisela sobrevivió, como el lirio en la boñiga. Por la noche se quedaba mirando las luces del pueblo y soñaba con lugares lejanos. Se acostaba en el potrero de pasto estrella a ver pasar los aviones, rezando para que alguno se cayera. No para que alguien se matara, por supuesto; sólo quería poderlo ver bien, de cerca. Gisela había sobrevivido, aunque no sin un costo.
Hay noches en que me despierta el rechinar de sus dientes. Las manos le sudan y le tiemblan. Y le tiene pavor a pasar las calles, a prender estufas y a enamorarse. —Mauricio piensa que yo debería hacer una maestría en Estados Unidos —dice Gisela. Vamos a toda por entre montes espesos; pasa un anciano en ruana con un costalado de cinco arrobas al hombro.—Sólo el comentario de un observador imparcial —le digo. Mauricio tiene familia en Queens.—Él me inspira —dice Gisela—. Él cree en algo. Como creías tú. Mauricio es un tipo de su curso de sociología que se para y hace todos esos “discursos brillantes” pero que nunca termina un semestre porque las cosas se ponen muy complicadas y él tiene que “perderse del mapa”. La llama de sitios no revelados (¿Venezuela? ¿Cuba?) y habla cortico y en clave. Gisela le recomienda que se cuide. —Un idealista —rezongo. Llegamos a una venta atendida por los indios guambianos a la orilla de la carretera. Visten falda de azul encendido, inclusive los hombres, botas negras y sombrero de copa redonda. Gisela quiere comprar un frasco de miel. Ésta es de la buena, dice. Me explica que casi toda la miel se vuelve azúcar porque las abejas se alimentan de caña. Pero esta miel es de abejas que se alimentan solamente de flores, y se conservará pura siempre. Gisela está escribiendo otra vez en su cuaderno. Me le paso a otro carro en plena curva.Pero bueno, si ella no me ama, ¿por qué se ha quedado conmigo hace ya tres años, pegada de este quebrantado reportero ocasionaldel Times Picayune, que se quedó aquí más allá de cualquier límite razonable, y trató de justificar la situación proclamando a grandes voces el autoexilio? —¡Les voy a demostrar!—¿Y eso a quién le importa un culo? Y si no me ama, ¿por qué me embadurnó de barro mágico? Y ¿por qué me defiende con tanta vehemencia de los tenderos atarvanes y de los vecinos mierdas, saltando con las uñas afiladas, a la menor elevación de mi voz, bañándolos con la más extraordinaria sarta de vulgaridades? Y además, ¿por qué hizo una mascarilla de mi semen? ¿Y se quedó ahí sentada en la cama hasta que se le secó? ¿Y señalaba a la cara cuando traté de hablarle, para decirme que cualquier movimiento la podría cuartear? Un peluquero gay le había dicho que la mascarilla le haría maravillas tanto en la cara como en el alma. Lo único es que tendría que poner mucho cuidado el de quién escogía. ¡Ah! ¡Qué bien!, pensé, ¡me gané la lotería! Pero luego me parecía que yo le estaba poniendo más de la cuenta. Mantengo los ojos en la temperatura, que ya se va acercando al rojo. Pienso en esa delgada línea amarilla que divide en dos la Tierra, y que separa la parte que yo conozco de ese Otromundo donde las estaciones son al revés, las aguas fluyen hacia atrás, y los pájaros se van al norte en el invierno.Súbitamente, saliendo de una curva, nos encontramos un retén. Hombres armados vistiendo camuflados. Piso el freno. Le echo un vistazo a las botas. ¿Son pantaneras? Así se conoce. Uno de los hombres se me arrima a la ventanilla. Por alguna razón, lo acompaña una niña vistiendo el uniforme de un colegio católico: blusa blanca, falda a cuadritos. Sostiene una caja de cartón para las donaciones. —¡Claro, cómo no! —le digo, sacando varios billetes—. ¡Con mucho gusto! No logro articular palabra sino cuando ya vamos dos kilómetros adelante.
Hasta hace poco me había estado engañando a mí mismo. Frente a un espejo empañado y con un bombillo de pocas bujías, no podía distinguir claramente la línea de mi barbilla ni el brillo de mi cabeza por entre mi escaso pelo. Mirar el rostro de una mujer joven todo el día tampoco es que haga mucho daño. Pero luego un poco de gente de mi edad empezó a darse el ancho. Un compañero de trabajo cayó muerto frente a mí mientras jugábamos una recocha. Fui todo atortolado al velorio, medio esperando encontrármelo en el corredor para irnos por ahí a hablar mierda y burlarnos de la situación en general. Pero no estaba ahí. Era como si a alguien se le hubiera olvidado invitarlo. Todos los días durante varias semanas daba un vistazo a la placa con su nombre en la oficina. Y luego un día ya no estaba la placa, y había alguien distinto sentado en su escritorio. —Ron se esconde mucho —lee ahora Gisela—. Se refrena mucho y es hosco. No habla con la gente que porque le tiene pavor a “hablar paja”. Tiene miedo de que las conversaciones triviales le “empequeñezcan el alma”.—¿A Mauricio le gusta hablar paja? —pregunto lo más amablemente que puedo.—Mauricio me hace sentir bella —dice Gisela.—¿Y yo no te hago sentir bella? —pregunto solamente porque estoy totalmente seguro de que la respuesta es sí.—No.—Yo siempre te digo lo bonita que eres.—Pero siempre con cierta ironía.—¿Ironía? —hago una mueca.—¿Sí ves? Al entrar al valle del Patía el paisaje es pedregoso y estéril. Por aquí no ha llovido en siete años. No hay ni una seña de vida hasta que empiezan a aparecer los fantasmas. Inmóviles bajo el achicharrante sol, mujeres, resecas y en chales, en cambuches de iraca, extendiendo las manos delgadas, frágiles. Algunas veces las acompañan niños de mirar vacío, pero nunca hombres. ¿Dónde están los hombres? ¿Desaparecidos? ¿Muertos? ¿Sembrando inútilmente semillas que nunca crecerán? Las figuras esqueléticas nos hacen señas de que nos acerquemos. Bueno, si Gisela quiere irse, ¿quién soy yo para detenerla? El mundo es ancho. Trato de pensar en lo que no me haría falta: su modo de embolatar las llaves, de dejar toallas mojadas en la cama, de escribir números de teléfono en la palma de la mano, de hacer interminables notas en los museos dejando al viejo tirado en una banca chorreando la baba y roncando. Y el modo como me manda a la tienda a comprar toallas sanitarias cuando ella sabe que nunca recuerdo si debo comprar grandes o pequeñas ni si con alas o sin alas... Pero bueno, a lo mejor eso es lo que me haría falta. Llegamos al Santuario de Nuestra Señora de Las Lajas.
La iglesia gótica atraviesa un cañón espectacular del río Guáitara. La leyenda dice que una imagen de la Virgen María apareció en el siglo XVIII en una roca enorme del río; sobre esa roca está el altar. Aquí vienen peregrinos de todas partes y no faltan los informes sobre los milagros. —De pronto se me hace uno —digo.—Burletero. Ahora ya estamos en Ecuador, acercándonos a la Mitad del Mundo. Llovizna y hace frío. La gente está enfundada en ponchos. Gisela se puso las medias rojas gruesas. Cuando paro a llenar el radiador, compro cerveza ecuatoriana de esas que vienen en botellas de tacón alto. Sintiéndome súbitamente alegre, compro pan fresco y abro un frasco de miel. —Tienes toda la razón —le digo a Gisela con el pecho agitado—. Ésta es la mejor miel que he probado en toda mi vida. Gisela no contesta. En realidad antes sentía más las cosas. Quiero decir, con una pasión que llegaba hasta los huesos, como cuando uno quiere algo tanto que no puede resistir. Y entonces, ¿qué le pasó a ese sentimiento? ¿Adónde fue? Quizá yo estaba contando con que Gisela lo sintiera por mí. La Mitad del Mundo se asienta en la cima de una montaña desolada, bajo cielos nublados, lluviosos. No es tan espectacular como me lo había imaginado. Hay un inmenso obelisco de granito coronado en la punta por un globo. Al acercarse uno al monumento llega a esa delgada línea de amarillo encendido. La línea por la que, para verla, uno ha hecho todo este viaje. —Pidámosle a alguien que nos tome una foto —le digo a Gisela. Llueve más duro, venteado. No hay nadie por aquí. Gisela saca la cámara. —¿Por qué no más bien te tomo yo una? —Enfoca—. Dale, pasa.—¿Y tú, qué?—Tú primero. Una gota de lluvia se me desliza por la mejilla. Ahogo un tiritar y enderezo la espalda. Extiendo un pie hacia el otro lado de la línea. —¡Pásala toda! —me grita Gisela. Alzo el otro pie y lo asiento al otro lado de la línea, sintiendo inmediatamente que no hay regreso. Como alpinista que alcanza la cumbre, extiendo los brazos, girando para mirar a Gisela al otro lado de esa ahora inmensa línea divisoria. Levanto el mentón y le doy la señal: “¡Dispara!”. Entonces escucho el clic.