Marina

I
Era un primero de octubre, recuerdo bien esa fecha, había regresado del trabajo y me disponía a descansar un rato cuando se me ocurrió salir al jardín. No era realmente un espacio muy grande, pero si agradable. Estaba lleno de pasto y en medio un árbol de magnolia que en la primavera floreaba bastante. De repente escuché una voz a mi espalda:
-¡Qué bonita currufletita!
Volteé de inmediato y miré a una niña de rasgos finitos y estatura muy pequeñita.
-¡Qué hermosa currufletita!
Después del asombro inicial, mi reacción fue seguirle la plática. Me imaginé que se refería al árbol que ambos estábamos mirando.
-Es un árbol viejo, le dije. Se llama magnolia y florea todas las primaveras. Cuando lo hace se llena de flores blancas. Es un árbol bonito.
-Como todo currufletito… insistió.
Era la primera vez en mi vida que yo escuchaba esa palabra. Me imaginé sería parte de un juego infantil.
-¿Quieres decir que es bonita cuando le llamas currufletita?. Le pregunté.
-¡No, claro que no!.
-Debe ser su color.
-Tampoco. Insistió.
-Entonces no tengo ni idea a que te refieres.
-Todas las cosas son bonitas pero no siempre son alegres.
-¡Ah!, comprendo. Tiene que ver con la alegría.
-Cuando yo miro al árbol me hace sonreír. Quiere decir que tiene currufletito. Estoy segura que él al verme siente lo mismo.
Volteé de inmediato a ver el árbol y ninguna expresión me marcó en el rostro. ¿Será que solo los niños lo sienten?, me pregunté. Volteé entonces hacia la niña y la miré sumamente alegre y sonriente. Al notar su alegría me la contagió. Volví de nuevo mi rostro hacia el árbol, sólo que ahora lo vi con más emoción. Es cierto, le dije a la niña, debe tener un currufletito… y dio inicio a una plática que duró varias horas.
Así conocí a Marina y supe que la alegría podía provenir de cualquier cosa que retornara una sonrisa. Ese fue el inicio de un largo e inolvidable mes de octubre.
Debo aclarar que aún no logro encontrar la palabra currufletita o currufletito en algún diccionario.
II
Marina es como la gota de lluvia y se refresca sola con su alegría. No tiene fecha exacta de vida, pero se sabe que nació hace tiempo entretejiéndose con la seda y cubriéndose el rostro de un tenue rosado para colorear sus mejillas. Sabe deleitar con una mueca o con su bella sonrisa, pero lo más sorprendente de ella es que, cuantos más años cumple, su cuerpo más disminuye. Una gota de agua le sobra para bañarse y soñar que juega como jilguero en la playa.
Cuando la conocí era ya tan diminuta que una hoja de árbol casi la envolvía. Solía afirmar que octubre era el mes de la vida y cuando se le cuestionaba el por qué, miraba al viejo y deshojado árbol en el patio y respondía: mira los colores, son muchos colores… Y sonreía…
Aquella mañana de octubre, uno de tantos e imaginados octubres, además de que octubre era el único mes en su calendario, bajó la escalera corriendo para jugar en el patio trasero y sentirse junto al rocío. Sin darse cuenta se le acercó una hormiga reina aun más grande que sus pupilas, tan enorme como una hoja de abeto. Al sentir que el insecto podía atacarla le preguntó: ¿Por qué eres negra?. Sorprendida la hormiga volteó a verse a sí misma y le respondió:
-¿Qué hay de malo en ser negra?
-Tú debes ser una hormiga muy triste porque vas vestida de luto. ¿Por qué no eres de otro color?
-El color no tiene nada que ver. Simplemente así soy.
-¿Te gustaría ser verde o naranja, o tal vez de muchos colores como mi árbol?. Él siempre es verde, pero cuando lo descuido se pone amarillo y a veces se oscurece y opaca de un color café muy triste. Entonces me acerco y lo mimo, le doy de caricias y cuando empieza octubre de nuevo se pinta de verde y pían sus nidos. Es bonito verle sonriendo y aunque tire sus hojas sé que las nuevas muy pronto lo visten porque yo le platico.
- ¿En verdad le platicas al árbol y cambia su color?
- ¡Claro!. Y cuando muestra alegría tiene un follaje verde. Pero si alguna vez lo siento triste le hablo de todo el paisaje y del campo y sé que en unos días, cuando comience octubre, se volverá verde encendido. Es cuestión de platicarle y mimarle. ¿Acaso tú no tienes alguien que te platique y te mime?
Al escuchar la pregunta la hormiga reina sintió que el color a sus chapas se le subía.
- ¿Viste?, ¡ya empezaste a cambiar de color!. Probablemente en unos días, si seguimos hablando, te pondrás amarilla o verde o rosada…
- Tienes razón, creo que vendré más seguido… aunque más me gustaría un color morado, o tal vez púrpura… mmm… escarlata no estaría mal…tal vez dorado… ¿y si fuese rojiza con rayas cafés y azules?... mmm… y se alejó mirándose las patas y pensando en el color que le gustaría.
III
Sería octubre, otro octubre, un octubre especial como esa mañana, Marina se despertó en el caracol en donde siempre se acurrucaba, apenas las nubes se iban corriendo para dar espacio a la nueva luz del día cuando bajó muy emocionada mirando las ramas del árbol.
- ¡Qué lindo trinan!. Y las ramas se movían. ¡Qué lindo!... Se repetía, y las ramas más se agitaban.
- No escucho nada. Le dijo la vieja magnolia.
- ¿Qué es lo que no escuchas?. Si son lindos sus trinos.
- Precisamente eso: los trinos. No veo ningún pájaro o nido en mi enramada. Por tanto no creo se escuche algún trino.
-Es que quizá ya has estado demasiado tiempo plantado y no te asomas por el lado donde vienen los trinos.
El árbol torció un poco sus ramas como tratando de alcanzar la punta o las más escondidas de ellas.
-Definitivamente no veo ni escucho algo parecido.
Marina se acercó al árbol y puso su oído en la corteza. ¡Claro que no los ves!, exclamo. Sólo se dejan oír pero no se ven. El oírlos me llena de mucha emoción. Mira, pon atención, ahorita se escucha el trino como si fuera de un canario chiquito.
-¿Cómo sabes que es un canario?
-¡Ah!, porque ellos cantan muy suavecito y siempre que trinan se ponen una hoja en el pico para que el sonido sea más musical. A veces, si uno de ellos está ronco se pone una ramita en el pico y canta y canta como si fuera el inicio de la primavera. ¿Alguna vez escuchaste cantar a la primavera?
-¿También la primavera canta?
-¡Por supuesto!. Qué no la escuchas en tus mismas ramas?. Estoy segura que canta como una calandria o un ruiseñor o un cenzontle dorado… te voy a decir el secreto: cierra los ojos y escucha… de repente vas a oír esos trinos… ahorita son de canarios y son amarillos… y están volando allá, lejos. Ahora se acercan y parece que quieren cantarnos. ¿Los ves?
El viejo árbol alzó sus ramas como si hubiese escuchado algo.
-¿Los oyes?, ¿los oyes?, le dijo Marina. No abras los ojos aún, de repente se vayan a ir… uno es amarillo, ¿lo viste?.
-Creo que sí, los escucho cantar.
-No abras los ojos. Aquí viene uno. Alza tu rama para que pueda posar. ¿Lo miras ahora?...
-¡Sí, lo veo, lo veo!. ¡Es bello en verdad!
-No te muevas mucho que está por aquella rama.
-Ahora abre los ojos. ¿Lo sigues viendo?.
-Es bello. Sumamente bello. Jamás lo hubiese imaginado…
-Ten cuidado con tus hojas, no lo vayas a espantar. Ahora calla y déjalo trinar…
Marina permaneció por horas pegada al viejo árbol: platicando, soñando, trinando.
Era octubre de madrugada, muy de mañana… y los dos siguieron soñando.
IV
Hubo otro año, yo lo recuerdo, también era octubre, una tarde, y quizá mas fría que la de años pasados, cuando Marina decidió dar un paseo por el jardín. Aún se veía a la vieja magnolia moviéndose lentamente como si cuidase que no se fueran a volar las aves que en sus ramas posaban. Después de un rato Marina escuchó un cierto alboroto que salía de entre el follaje. Por curiosidad fue a asomarse y encontró a un escarabajo que se reía estrepitosamente.
-¿De que ríes?, le preguntó Marina.
-Es que… es que… ja ja ja ja ja ja ja… vez aquel escarabajo chiquito… ja ja ja ja ja … dice que tengo la nariz de luciérnaga y las antenas de cigarra… ja ja ja ja ja ja ja… lo que no sabe es que es mi escarabajito y se parece a mí… ja ja ja ja ja ja ja…
-Que inocente, dijo Marina, y comenzó a reír…
-He de tener la barriga de oruga… ja ja ja ja ja ja ja… continuó el escarabajo… y los ojos botados de un sapo… ja ja ja ja ja ja ja…
-Pareces un ciempiés, haz de caminar con mil patas. Le dijo Marina sonriendo.
-Sí… ja ja ja ja ja ja ja… y las agujetas de los mil pares de zapatos me los abrocho de un par a otro para tropezarme… ja ja ja ja ja ja ja… ¡Hey!, ¿ya viste?, ¿ya viste?, tengo las antenas de una campamocha… ja ja ja ja ja ja ja… Saco la lengua y voy con mi crío para hacerle gracias y me dice que soy un travieso. ¡Sí!, ¡soy muuuuuy travieso!… ja ja ja ja ja ja ja… Y él se parece a mí… ja ja ja ja ja ja ja… Oye, tú también tienes ojos de rana… y manos de mosca… y piernas de mantis… ja ja ja ja ja ja ja…
Marina soltó la carcajada y por más de una hora se escuchó el eco en todo el jardín.
Había que reírse de cualquier cosa: de los dedos, de los ojos, de la mariposa que volaba cerca o de la araña que había tejido graciosamente su cobija, o de la abeja que ya no tenía mas patas donde guardar la miel y le pedía prestada una a su hermana, o de la mosca, que por tener tantos ojos los veía en cinco lugares a la vez.
Eran tiempos de frío, es cierto, pero no había más que mirar cualquier cosa para sonreír…
V
Es cierto que las leyendas son historias fantásticas que por lo general son mentira. Pero también están aquellas narraciones que por fantásticas e increíbles se vuelven reales.
No sé exactamente el mes que le antecedió: habrá sido febrero, abril, julio. Para el caso es lo mismo. Lo cierto es que octubre fue el mes, de ese año, en que la naturaleza reverdeció. Salir al jardín era lo más increíble. El viejo árbol de magnolia floreaba a plenitud con sus hermosas flores blancas, grandotas, y lo cubrían en todas las ramas. Era un paisaje maravilloso y muy colorido. Una tarde que miraba el árbol tocó alguien a la puerta, era el viejo tío Melancón, huraño y de mal carácter, como siempre. Con sus enormes orejas moradas y su barba canosa y azul. Venía a recoger un paquete, así es que lo hice pasar a la casa y directo él se introdujo al jardín. Marina estaba jugando en el árbol y al ver al tío le dijo:
-Buenos días
-¿Qué hay de buenos?, respondió Melancón. ¿Acaso hoy es diferente a los demás?
-Sí, es diferente. Por ejemplo, esta flor no había abierto el día de ayer.
-Aún así, eso no lo hace diferente, hay que seguir con la misma rutina.
-Pero nosotros hacemos nuestras propias rutinas.
-Precisamente a eso me refiero, ¿entonces por qué tiene que ser diferente el día de hoy?
-Es que tú no has visto mi nueva flor.
-Está bien, lo haré. Pero eso no cambia mi punto de vista… Bueno, ¿y qué tiene de especial esta flor?, no le veo la diferencia con las demás.
-Es que ésta tiene un bisbirolito.
-¿Un qué?
-Un bisbirolito.
-No te entiendo. ¿Qué es un bisbi. ..?, no sé ni como decirlo.
-Es lo que hace especial a las cosas, ¿y como es el tuyo?.
-Pero si no tengo ni idea qué es el bisbi…bisbirolito, menos puedo explicarte cómo es el mío.
-Mira, el de esta flor tiene un color muy bonito, de lo contrario la flor no sería blanca y de tanta belleza. El bisbirolito aconseja a la flor antes de que se abra y como ya está motivada antes de abrirse, simplemente florece preciosa. Yo también tengo uno y a mi me aconseja seguido. Creo que por eso me emociono tanto. Por cualquier cosa brinco y salto y me río. Tú también debes tener uno pero a lo mejor no lo reconoces o no lo has visto por estar preocupado.
-¿Será por eso?
-¡Claro!. Yo siempre despierto contenta y sin preocupaciones. Todas las mañanas sé que mi árbol me va a dar una nueva sorpresa, a lo mejor ya no encuentro la flor del día anterior, pero eso no importa, va a abrirse una nueva para reemplazar a la que ya se cayó, y se abrirá grande y bonita porque el bisbirolito la animó para que yo viniera y la oliera. Él siempre está en todas partes aunque tú no lo sientas: cuando despiertas, cuando caminas, cuando vas en la calle. Y siempre es igual, va animando y sonriendo, es sólo cuestión de sentirlo.
-¡Y como lo voy a sentir, si ni siquiera sé donde buscarlo!
-La primera vez no es fácil, tienes que estar atento cuando pase al lado tuyo y atraparlo con la mano. Si lo logras, cierra el puño fuerte para que no se te escape. Pon atención y concéntrate, vamos a ver si pasa por aquí cerca… Sigue mirando, no pierdas la concentración… Sigue mirando… Creo que aquí viene… ¿Lo ves? , ¿lo ves?...
-No, ¿donde?...
-Aquí, frente a mí. Atrápalo, rápido… Ahora cierra el puño. ¡Lo tienes!. ¡Lo tienes!… ¡Es tuyo!
-Sí, sí… Creo que lo tengo… ¡Es mío!…
-¡Bravo!...
Los dos se abrazaron y empezaron a brincar y a bailar juntos con mucha emoción.
Esa fue la primera vez que vi al tío Melancón esbozando una sonrisa en su rostro. Al despedirse aún llevaba el puño cerrado.
VI
Me gusta la música, es cierto, me encanta, ¿por qué he de negarlo?. Sentarse al lado de una fogata o simplemente en un sillón con un té caliente en la mano y escuchar una bonita balada o una sinfónica entonando las más bellas piezas es realmente maravilloso. Es como volar y sentirse en la nada, sencillamente flotando en los acordes musicales del alma.
He escuchado en la vida canciones y tonadas de todo tipo: las que son para baile, las que son para danza, las que enamoran y dejan una mueca en una sonrisa, las que son agitadas y te permiten bajar unos kilos meneando la panza. En fin, hay tantas y tan variadas. Pero ninguna como aquellas de octubre, como los “cantos de octubre” que me remitieron a los más bellos acordes que jamás hubiese yo imaginado.
Era en las tardes, a la hora en que el ruiseñor canta su último trino y el rayo de sol se esconde para anochecerse, entonces me iba en cuclillas, lo más callado que fuera posible y me asomaba al cuarto donde Marina dormía. Ya para entonces ella era demasiado chiquita, tan pequeñita que acostarla en la uña era como si alguien se recostase en un campo de juego. Me acercaba en silencio para no interrumpirla y cerrando los ojos escuchaba esa melodía, los “cantos de octubre” que en mi alma latían: era su risita, su bella risita que en el caracol como un eco se repetía. Me hacía volar con las alas del alma, como oír las más bellas cuerdas de un primer violinista, de aquél que al tocarlas al mundo apasiona… Y ahí estaba ella con su alegría, con su sonrisita. No ha habido otro canto más bello y más dulce que esa melodía.
Un día la magnolia dejó caer su última hoja hasta que se secó por completo. También el caracol dejó de escucharse… ya no era octubre… me costó tiempo aceptarlo…
(…)
VII
Pasó el tiempo, no sé cuánto. Había vuelto a la rutina de las personas mayores, a la costumbre del hombre maduro, pero no iba a dejar que la tristeza ganara esa batalla pues en mí renacía una y otra vez el recuerdo de ella. Un día decidí salir al patio trasero que lucia árido, seco y sin gracia. Vi la magnolia que no era más que una madera vieja y retorcida. Me acerqué para tocarla. Recordé entonces la historia del bisbirolito y cerré los ojos. No sé cuanto tiempo los tuve cerrados, pero sentí de nuevo en mí la alegría y al abrirlos ahí lo tenía, en los dos puños cerrados: el bisbirolito… Era mío, yo lo sabía, y empecé a saltar y a brincar de alegría como un niño…
Ya no es octubre, lo sé y lo comprendo, pero cada mañana que me levanto traigo una sonrisa que es increíble por su alegría. Me asomo al patio y aunque sigue el tronco del viejo árbol muy retorcido, cierro los ojos y de inmediato lo veo verde, frondoso y lleno de flores. Miro hacia abajo también, ahí están las hormigas de muchos colores: las hay verdes, azules, algunas de rojo con manchas doradas, otras son amarillas y tienen rayas color de naranja. Y son felices, lo sé. ¡Muy felices!. A diario se ríen de mi nariz y de mis rodillas y de mis cachetes… Reímos juntos de muchas cosas.
Sueño, siempre sueño, y aunque no dejo de ser un adulto que tiene tareas y obligaciones, sueño y me apasiono cual niño. Llevo los “cantos de octubre” por lema y convicción en mi diaria jornada.
También guardo la alegría en el pecho. Ya no cierro los puños para contenerlo pues sé que el bisbirolito con el tiempo se pasa al corazón como lo tienen los niños. Aprendí el significado de su lenguaje, de muchas palabras, como la de currufletita. Ahora sé que no se encuentra en ningún diccionario, simplemente el lenguaje de ser niño se lleva en el corazón. A ella la extrañó, es cierto, pero ahí donde se encuentre, sé que alegrará a todos con sus cantos como lo hizo conmigo.
Si alguna vez vas al mar, haz como yo, busca un caracol vacío y acércalo a tu oído. Ahí está Marina, escucha su risa, suena como una ola de mar.