Cuentos Edición 4 La Terraza

La Terraza

 

 

 

 

 

Estoy Perdido. Vagabundeo día y noche por las calles sucias de mi perdición. Me subo a un bus, luego me bajo. Camino al trote sin parar. Esto lo hago una y otra vez. Periódicamente. La rutina parece no terminar. ¿Y para qué? No sé, porqué esta vida, así como la estoy viviendo, no me esta haciendo feliz.

¿Será que remedo la vida de otros 2.5  millones de caleños? Quizás no en términos específicos, ni en las singularidades de cada minuto. Pero ¡hay! Doctor, mi vida se ha vuelto una generalidad.

El doctor murmuro algo inaudible dentro de sus entrañas, tomo nota, se alzo las gafas sucias y rayadas a la parte superior de su nariz y dijo.

-    Le quedan tres minutos de consulta, usted vera  a ver si quiere que charlemos otra hora. Eso si, le sale más caro por no haberla pedido de antemano.

Camilo aceptó, tampoco es que tuviera nada para hacer esa tarde.

Hubo un silencio momentáneo, algo incomodo pero de costumbre cuando se habla de dinero.

-    Cuénteme de su esposa, le dijo el doctor.

No pues qué quiere que le cuente, ella es un infierno.

-   ¿y entonces por qué no la deja?

Doctor eso es imposible. No vé que ella tiene hasta mi alma, y a diario amenaza con no devolvérmela. Ella pretende que yo me ahogue en esta perdición.

-   Cuénteme Camilo, ¿ha pensado alguna vez en suicidarse. No sé de pronto volarse los sesos con un arma, tomarse un veneno, cortarse las venas o quizás, la salida más eufórica de todas, lanzarse de este edificio?

-    Doctor, yo lo contemplo a diario. Ese es mi único deseo, es mi sueño, le juro que no podré encontrar la felicidad en ningún otro lugar. Pero yo no me podría ir sin ella.

-   ¿Sin la arisca de su esposa?

-    No doctor, yo no me puedo ir sin mi alma.

El doctor lo ignoró por un momento mientras levantó el teléfono y pidió el almuerzo. Luego le dijo lo que serían las palabras más esperanzadoras de su vida.

- Vea hermano, yo le voy a decir unas ultimas palabras. Usted lleva viniendo a mi oficina hace siete años ya, y no hemos llegado a ningún lado. Hasta se ha gastado el ahorro universitario de sus hijos por venir acá a mi consultorio tres veces por semana. Se lo juro que cada vez que viene me toca abrir este cajón, sacar este informe suyo que mantengo acá a la mano y releer su nombre, jamás me lo acuerdo ni jamás lo recordare. Creame que su vida esta jodida. La terraza de este edificio es su única salida. Ni piense en bajar por el ascensor. Eso del alma no existe. Yo no tengo y no me quejo, y por eso no estoy en su situación, por que no le debo nada a nadie.

Y si es que de pronto su alma  la tiene ella, pues igual ya casi esta que se muere no. Si no se avispa ella se va a morir primero, y su espíritu se perderá de una, y ¡ahí si directo pal limbo! Camilo entienda, usted debe morir primero. Es así como estas cuestiones funcionan.

Y así, Camilo se dejo seducir por las palabras del hábil psicoanalista. Lentamente fue escalando las gradas hacia la terraza, estaba feliz, por sus venas corría esa emoción que no sentía desde niño. Camilo trepó el último peldaño, le dio un último vistazo al horizonte como quien hace una pausa antes de montarse a un avión, y luego se lanzó.

Y fue en ese momento eterno que recordó las bellas singularidades de la vida. Y se arrepintió. El quería vivir…

 

Comentarios (2)
  • Eduardo B.T  - Saldos!
    Es la desesperanza que se lanza por la ventana...y mas cuando no hay nadie que la tomé y la siente en una silla...

    Un gusto leer tu dinámica narrativa.
  • Andres Sanclemente  - Gracias que te haya gustado eduardo
    Me gusto saber que te gusto mi cuento corto, " la terraza" , ahi estare montando mas cuentos para que los leas...

    Att
    Andres
  • Cindy  - raro
    es un poco raro pero llama la atencion en cuento, común pero atrapa
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