Dicotomias paralelepipedas de la cotidianidad en salsa golf y Holocenios sin frutos.

El miedo, aunque pequeño, salía a relucir por todos los poros de su rostro. No dijo nada, aun cuando la acusaban con las manos sucias y el bolsillo lleno de mentiras. Aquellos que la miraron los ojos, sabían que en ellos se ocultaba la profunda decepción.
Yo por mi parte, me mantenía lejos de los pensamientos, no querer pensar en nada en ese momento era lo que buscaba en la pared, que enfrente de mí se erigía como división entre la realidad y la franqueza de los sucesos humanos. Cada vez mas pierden la nostalgia de lo que realmente deberíamos tratar, para convertirse, en no más que una rebelión de carnes contra la carne. Observar como en escasos momentos aquellos infértiles rostros florecieron en odio, es algo que pocas veces algún mortal ha presenciado.
Y digamos que al decir mortales
me confiero el derecho
de cuasi unanimidad
para decidir sobre
lo que contemplo a mi alrededor.
Como las arrugas se tornan mas arrugas y las manos cuales piedras se encumbran en el cielo amenazantes, deseosas de parir malos augurios para los que se enfrenten a ellas.
Un espectáculo digno de no ser recordado más de unas, dos, veces al día. Sin embargo, si es que uno, como espectador ajeno al sufrimiento que ahí place, lográramos hacernos punto aparte de lo que nos rodea y manifestar un morbo invomitivo, diría que, podríamos mostrar la curiosidad innata de nuestra especie y disfrutarlo. Sé que más de uno, tres, podría encaramarse en su pequeño péndulo moral y decir con voz solemne, que él nunca podría disfrutar de tal carnicería.
A lo que cerrando los ojos le concluiría un pequeño, por supuesto, silencioso, ligero y limpio. Diciéndole de nuevo, que a lo que voy es que si es que podríamos realmente hacernos un punto aparte de lo que vemos. Como lo hacemos con ando esos programas de la vida salvaje y celebramos la caza del león a la gacela, el escape de la cebra con el jaguar, la carroñaría de los hipopótamos caníbales, el rito de los caídos en guerra paquidérmicos, las histéricas extinciones globales o la falta de twitter en el holoceno.
Si pudiese hacerlo vería que la situación no es tan alejada de lo que el mundo, con su infinita sabiduría, inserta en el disco duro de todos los seres de su reino. Dios te salve reina y madre. Naturaleza como tal, reprimida obviamente, pero naturaleza al fin, la que brota por nuestros poros en los momentos de algarabía popular. Entiéndase los estadios en alguna final de futbol como la versión ciberpunk (salvando las distancias y adecuándonos a la comparación forzada de este autor) del Serengueti de todos los días.
Ale Ale!! Dios te salve reina madre.
Saludos...