Cuentos Edición 4 Preludio para un adiós

Preludio para un adiós

 

 

 

 

-No será como la última vez- se decía así mismo recordando como se guardó y quemó el beso en su boca, dejándole la lengua insensible a cualquier tipo de contacto, y no era una imposibilidad biológica, sino una reacción sicológica como autodefensa y rebeldía al hecho que se resistía aceptar. -Decir adiós- se repitió quedamente mientras encendía un cigarrillo lentamente, sin prisa, como si la idea que le pasaba por la mente le detuviera la mano con el fósforo listo para cumplir su función. Verse inmerso en una reacción meramente física y después pasar a ser llama de placer temporal. Será el cigarro lo que traerá entre el humo la respuesta a corto plazo que pueda llenar ese espacio, justo para poder seguir con lo que venga.  Decir adiós como acto físico era solo una parte de la acción, no aplicaba el sentir y sobre todo  los estragos que pudieran ocasionar efectos secundarios que arraigan casi de manera independiente en su mente, como inquilinos extraños que se vuelven ermitaños. Adiós no era: a-d-i-ó-s;  no era el tomarse una botella de tequila a pelo; no era mandarla a la chingada más de una vez;  no era tirar sus fotos ni acostarse con Carmen los Viernes por la noche y terminar como se termina la formación de un círculo imperfecto. No era las noches entre cigarros y olor a látex que intentaban cambiar el oxígeno y recrear la vida, la historia; no era buscar en la oscuridad una señal que iluminara su cuarto y por la ventana entrara alguna paloma blanca con una carta de un allá para un acá trayendo un certificado de validez de adiós.

–Carajos- se repetía mientras tomaba asiento en la primera banca que encontró en el parque.

-Hija de puta- la maldecía de nuevo, esas tres palabras eran la oración a la virgen de la chingada en que se había convertido Mariana. A ella sus oraciones blasfemitas y homenajes dolorosos: la perdición en el placer finito. Ya eran las 3 pm, solo quedaban 15 minutos para el reencuentro. Pero serían como 15 segundos para poder tomar una postura tal que le permitiera portarse coherentemente y no tomarla de los hombros y maldecirla viéndola a los ojos, justificando su decadencia y autodestrucción como reacción de autodefensa. Después de 2 años no se puede seguir igual.

Decidió no comprarle nada, como acostumbraba hacerlo cada vez que salían juntos. Las flores se fueron al jardín de escombro con todo el resto del todo del que se quedó con nada.

Encendió el segundo cigarro siguiendo al primero. Está vez no hubo que detuviera su mano del bolsillo ni mucho menos la combustión como acto mágico. Tomó fuerzas y decisión para poder verla a los ojos y mantener una charla cotidiana entre dos personas que tienen dos años de no verse, que una se quedó pudriéndose, sofocado por la ausencia y que ahora mantenía una sonrisa modesta y cínica, fingiendo  haber tirado en cenizas sus labios, sus manos y su sexo como principales participes de orgasmos del cuerpo que en voz de boca propia decía a-d-i-ó-s y no un más.

Dos minutos al encuentro. Tercer cigarrillo al hilo, el método se repetía, ya se había sistematizado todo aquello. Caminó rumbo al café que se encontraba a dos cuadras de ahí, quizás Mariana ya estaría esperando en la mesa frotándose las manos y viendo hacia la entrada.

Llegó al café y se paró enfrente de la ventana que dejaba ver a toda la gente construyendo charlas. Recorrió el café con la mirada hasta llegar a un punto fijo en donde se detuvo en blanco: Ahí estaba Mariana de costado, viendo tranquilamente su taza de café, sus dedos jugando con el borde de la taza, tomado de rato la cuchara, cambiándola de un lado para otro de la mesa, esperando encontrar el inexistente sitio perfecto. Era hermosa, sus ojos de ciruela, con ese color que le traía el eterno otoño, esas dos canicas mágicas. Sus chinos eran aún mas fuertes y sus labios al natural, los mordía dándole un colorido sandía que no era más que otra razón para morderlos. Regresó el olor a impregnarse en sus narices, su lengua revivió, lista para ser usada y recorrerla como brecha. No quería moverse de allí y perderse de vista, la tenía como un cuadro de exposición solo para él.

15:30 pm. Mariana veía su reloj. Cuarto al hilo, el sistema funcionaba. La siguió contemplando desde la ventana, llenándose de nuevo de ella.

Decidió tomar su celular y marcarle. Ahí estaba el tono de espera mientras Mariana buscaba su celular en su bolso.

-Mariana…- pronunció su nombre como si acariciara cada letra. Guardó silencio.

-¡Mateo! ¿En dónde estás? Acá te estoy esperando… ¡Anda no tardes!-

Mateo veía como regalaba una sonrisa al escucharlo por el celular.

-Mariana…

Guardó silencio como acomodando a conciencia cada letra que iba a pronunciar. Mariana no hacía más que esperar respuesta.

-Mariana…Me dio mucho gusto verte. ¡Adiós!

Sin esperar respuesta, colgó el celular y miró como Mariana aun se quedaba escuchando el auricular, pensaba que quizás volvería a marcar y le diría que todo era una broma.

Después de más de dos años, creía que por fin le llegaba un aire de alivio al decir adiós. Se dio la vuelta y sacó un cigarrillo más. Su celular sonaba y al quinto timbre decidió apagarlo y encender el cigarrillo. No quiso voltear de nuevo para ver a Mariana. Le era suficiente por el momento. Si se daba prisa alcanzaría el metro de las 4.

 

Comentarios (2)
  • ciruela
    crudo! muy crudo...
  • Yo
    woooow!
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