Adelaide, la de Mozart

Adelaide creció oyendo caer el aguacero.
Le parecía que el recorrido de cada gota hasta caer al suelo, era la magia que el aguacero realizaba todos los días, todas las noches, casi todo el día, casi todas las noches, mojando todos los espacios del suelo en el Chocó.
Pero Adelaide, además de seguir con sus negros ojos, la caída de las gotas del aguacero, aprendió a distinguir el sonido que cada una hacía, en su viaje hacia la tierra, hacia el suelo lleno de tierra.
Le empezó a coger gusto a mirar durante un largo tiempo las gotas del aguacero deslizarse y brillar sobre su negra piel.
Y cuando empezó a diferenciar cómo sonaba cada gota sobre el suelo, descubrió que sonaban distinto, las gotas que caían sobre su piel.
Aprendió que cada gota es distinta, única e irrepetible, y que así mismo suenan andante, maestoso, larghetto y rondó. Y de eso Adelaide Ayala Luna sí que entendía, aunque desconocía esos nombres que se le daban a los sonidos, de esa su lluvia.
Adelaide era negra como un tizón, su piel era satinada y mullida como terciopelo y, cuando el aguacero posaba sus gotas en la piel suya de ella, brillaban como diamantes,
o mejor, como el agua que arrastran las olas que traen el planctom, y que llenan de destellos la orilla de la playa.
Adelaide sabía que el brillo de su piel, le daba lucimiento a todos los sonidos de las gotas del aguacero.
Adelaide nació en Chaparraidó, cabecera de río, cerca de Quibdó, y acostumbró su oído a la majestuosidad del agua cayendo en la cascada, mientras el aguacero perenne de Quibdó, caía andante sobre el suelo, en un larguísimo tiempo, siempre interminable.
La relación con el ritmo de su oído, se vió un día interrumpida por la noticia que corrió de boca en boca: una barquetona que venía navegando por el Atrato, el bravío río chocoano, había encallado arriba de Quibdó, y todas las gentes que traía a cuestas, tuvieron que correr a refugiarse en las poblaciones cercanas.
Sólo una de esas gentes, llegó a Chaparraidó.
Era una mujer añeja en años, de color translúcido, casi impenetrable por lo transparente, con una cabellera endiablada por lo colorada y lo esplendente, de manos blancas de dedos largos y delgados, cuerpo como de cuerda de violín, templada y lista a cualquier arpegio, boca desafiante y pómulos empinados, oídos atentos a cualquier compás, tenía ojos de mirar acuoso, que venían huyendo de una vida sin emociones y sin espectativa, de una vida lánguida, carente de latidos y palpitaciones, carente de ritmo, o en pocas palabras carente de vida.
Lo único que la mujer de pelo refulgente había salvado del naufragio, era un instrumento largo, de ébano, que tenía unas tapitas de cuero de marrano, llamadas zapatillas, que sostenían unos redondeles pequeños y dorados: eran claves o llaves de claves, que sólo abrían al contacto de los dedos.
Tenía en una punta una boquilla de caña hecha de bambú, devastada, hasta quedar tan delgada, que pareciera no resistir los embates del viento huracanado, pero que aceptaba gustosa el soplido leve o fuerte de los labios, para salir por el otro extremo, extremo acampanado, no asexuado, en forma de melodía.
El instrumento tenía en la parte trasera una clavecita o llavecita, que sólo aceptaba ser tocada por el dedo pulgar y respondía al también sonoro nombre de tudel, para hacer saltar en una octava, las notas, todas o casi todas las notas.
El instrumento largo de ébano, era un clarinete, y Adelaide Ayala Luna lo conocía perfectamente, pues era tocado por los músicos de la Chirimía, la pequeña orquesta del Chocó.
La mujer de pelo endiablado, se llamaba rarísimo, pensaba Adelaide, se llamaba Denise de Laval. Y ella, Adelaide empezó a aguaitarla, mirándola primero desde lejos, para acercarse un poco más, cada vez que la oscuridad se lo permitía, hasta ser sorprendida por su cabellera rojiza y sus ojos acuosos, para terminar siendo su amiga y su discípula.
Denise de Laval, la mujer sobreviviente del naufragio, le contó a Adelaide, en una noche sin luna, en que caía un aguacero torrencial, que su nombre, Adelaide, le recordaba el de una princesa que era hija de un rey, el rey Luis XV, al que un hombre niño, le había compuesto una pieza musical, el niño hombre se llamaba, dijo Denise, Wolfgang Amadeus Mozart, y tenía desde muy niño, antes de ser hombre, la cadencia propia, de poner los sonidos de tal manera que producían notas que sonaban y se podían tocar en muchos instrumentos, el violín, la flauta, el piano, el arpa, acompañados de muchos más instrumentos, integrando una orquesta que era grande, muy grande, bastante diferente de eso que ella, Adelaide, conocía como la Chirimía que era la orquesta del Chocó.
Denise le dijo a Adelaide, que eso que llamaban notas, también se podía tocar en el clarinete, y que el hombre niño, el niño hombre, había compuesto con esas notas unas melodías para ese instrumento: el clarinete.
Y entonces Denise apoyó sus labios en la boquilla de bambú del clarinete, y dejó volar en la oscuridad de la noche, oscuridad que le competía al aguacero, unas notas impregnadas de serenidad, teñidas de melancolía; el timbre era a la vez vibrante y sereno, sensual y suave.
Adelaide sintió, que eso que Denise tocaba, expresaba a la vez alegría y nostalgia, pero le pareció que había una gracia ligeramente burlona que la hizo carcajear.
Adelaide estaba descubriendo un mundo distinto a los sonidos que producía el aguacero sobre su piel y sobre el suelo, y así empezó a visitar a Denise casi todas las noches, para que ella tocara el clarinete y le contara cosas de la música de ese niño hombre, que se llamaba tan raro, y que Adelaide sólo podía recordar que se llamaba Mosár, y que había nacido hace tiempísimos, pues para ella 1756, como decía Denise, era tiempísimo.
Denise le dijo que Mozart había escrito un concierto para clarinete en La mayor, K 622; Adelaide no entendía qué era la mayor y mucho menos lo de la k con los números; pensó cómo habían hecho los músicos de su Chirimía suya de ella, para tocar tan bién el clarinete sin saber lo del la y lo de la k, imaginó que de pronto los chupacobres de la Chirimía eran estudiados y sabrían lo que hacía el señor Mosár con la k y esas cosas que decía Denise, pero de pronto sintió que eso que ella experimentaba cuando las gotas de lluvia caían en el suelo, o en su negra piel, se parecía muchísimo a todo lo que sonaba en el clarinete de Denise con la k y los números y concluyó que el aguacero, su aguacero que caía todos los días casi todo el día, todas las noches casi todas las noches, en su Chaparraidó, ese aguacero que llenaba la cascada y los ríos y los tanques de agua para cocinar y para bañarse, ese mismito aguacero, producía sonidos que son alegres, suaves y hacen rondó, y que esos sonidos seran siempre andantes y majestuosos.
Después de la conoscencia de Adelaide Ayala Luna, con Denise de Laval, los ritmos y los sonidos fueron asumidos de manera distinta por la cabellera de fuego de Denise y la piel negra, mullida y vibrante de Adelaide; la música producida por el clarinete con la k de Mozart, y la música producida por las gotas de la lluvia habían hecho el milagro; las dos empezaron a pensar que las dos cosas eran la misma y única melodía.