Ulises

Ulises tomó el sendero rocoso que conduce a través del bosque, desde el puerto hasta el acantilado. Se dirigió al lugar señalado por Atenea. Se bajó de la camioneta, escoltado por el Vívora y el Tuerto, y caminó hacia la casucha. Lo cegaba el mediodía. Ulises odiaba el sol, el pinche sol que le hacía recordar el desierto. Un par de obreros desbrozaban la tierra. Tierra rica, verde, tan distinta de la suya. Lo miraron pasar de reojo. Más allá, otros jornaleros parecían concentrados en sus faenas. Demasiados, pensó Ulises. Uno de esos rostros, medio oculto por el sombrero, lo hizo sudar. La nariz torcida. Los ojos amarillos. La puta Atenea. Antes de que pudiese mover un músculo y alcanzar la empuñadura, el Vívora y el Tuerto se desplomaron. Ulises trató de olvidar sus cincuenta y ocho años y corrió hacia la camioneta. Sintió el calor en la espalda y las sombras no tardaron en rodearlo. Miró hacia arriba y, más por inercia que por cobardía, rogó por su vida. Héctor Lobato agachó la cabeza y sus hombres bañaron al intruso con gasolina. Esto no es humano, pinche Héctor, se quejó casi sin ganas. Lobato encendió un cigarrillo y, casi indiferente, le echó el cerillo encima. Otra vez el calor. El puto calor del desierto. Los hombres de Lobato trajeron unas caguamas y se sentaron frente a las llamas como boy scouts en un campamento. Bebieron una cerveza tras otra hasta que el cuerpo de Ulises Camargo se convirtió en un amasijo negro y humeante.
El desierto. Su luz cegadora. Su incandescencia.
Tienes que irte de esta tierra, le ordenó. Ulises Camargo sólo le temía a una persona en el mundo: ese anciano ciego que le hablaba desde la penumbra de su casa en Tenancingo. Deja este pinche país y vete al Norte. Llévate a tu mujer y a su familia. Y no se te ocurra volver sin lana. Ulises se aproximó a su padre y trató de besar su mano seca, huesuda. Éste se la arrebató. Que te largues de aquí, te digo.
Llegaron a la estación de autobuses de Juárez a las ocho de la mañana. Ulises y Penélope, su mujer. Acela, su cuñada. Su hermano Eusebio, su sobrino Luciano, la mujer de éste y sus dos escuinclas. Se les acercaron ocho o diez coyotes, hasta que Ulises llegó a un acuerdo. Ciento veinte por adulto, cincuenta por las niñas. Los subieron en un camión de carga, apretados como cerdos. El calor era insoportable. Mucho tiempo después, Ulises sólo se acordaría del puto calor. Cinco días después llegaron a San Diego. Todos menos Eusebio.
Tú no eres más que un pobre pendejo, le decía el anciano. Una y otra vez. Toda la vida. Un pobre pendejo. Y Ulises, en cambio, lo veneraba.
Tienes que fingir que eres mi hermana, le ordenó a Penélope en cuanto llegaron a San Diego. Ella sabía lo que eso quería decir. No repeló ni dijo nada. Dejó que Ulises la llevara a los campos. Ulises le explicó que había hablado con alguien, que era el único modo. El gringo la subió a una camioneta junto con otras diez o doce mujeres. Algunas bien chiquitas. No piensen en nada, les advirtió el gringo. Sólo mientras juntamos un poco, mintió Ulises. Ella sabía, pero tampoco dijo nada. Lo que más le molestaba era llenarse toda de lodo, tener que hacerlo allí, sobre la tierra, a plena luz del día.
El Víbora y el Tuerto aporrearon la puerta de Luciano con todas sus fuerzas. Toda la gente de las Avenidas los estaba buscando. Habían corrido toda la noche. Sabían lo que les esperaba si los Avenida los encontraban. No la muerte, algo peor que la muerte. Si Luciano les abría, estaba jodido. Y si no, más. A fin de cuentas eran los enviados de su tío Ulises, ¿cómo iba a dejarlos afuera? Apúrense, les dijo. Estuvieron escondidos allí cuatro días. Estos putos se van a joder, repetían, Ulises Camargo les va a enseñar quién es. No va a dejar un alma en las Avenidas. Luciano los escuchaba con miedo. Su tío era capaz. Quería era que el Vívora y el Tuerto se fueran cuanto antes. Pero al quinto día alguien los delató.
Al gringo le gustó la Penélope desde el primer día. Ulises se dio cuenta y, en vez de emputarse, se lo guardó. Está bien buena, le oyó decir una tarde. Penélope, una vez más, no protestó. Ella quería otra cosa. Y era mejor estar con el gringo que con veinte mugrosos en el lodo. Se la llevaba a su casa en San Diego. Cada vez más seguido. Estaba pendejo por la Penélope. Ahora Ulises lo tendría cogido por los huevos.
Lo que tú digas, papá. Sí, papá. Tienes razón, papá. Ulises iba todos los días al cobertizo. El anciano no le dejaba encender la luz. ¿Para qué carajos?, le decía. Vienes a hablar, pendejo, no a verme. Ulises lo escuchaba perorar por horas. Con su voz aguda, de mosquito. Sus murmullos le erizaban la piel a cualquiera. Y Ulises sólo asentía. Sí, papá, hay que matarlo. Sí, papá, es un hijo de la chingada. Sí, papá, hoy mismo.