Cuentos Edición 2 Un par de cuentos

Un par de cuentos

LA VOZ DEL AMOR.

 

"Y yo vuelvo a fumar,

mientras las cosas se ponen a escuchar lo que no hablamos."

Jaime Sabines

 

Con el dedo índice parece indicar algo, pero no es suficiente, y al movimiento del índice, se une el del dedo pulgar y  el meñique. Mueve una mano, mueve la otra, con insistencia. Ahora ya son los diez dedos los implicados. Hace un gesto con la cara, y luego lo acompaña de una mueca bastante extraña.

Pero para Stefany, que lo mira no es extraña. Al contrario lo mira expectante, siguiendo uno a uno con sus ojos grandeslos movimientos de las manos de Foncho.

Foncho con los ojos le pregunta algo.

Stefany asiente.

Foncho hace un sonido algo gutural, emocionado, une sus pulgares, y las uñas de las primeras falanges de sus dedos índices.

Crea un corazón con las manos.

Stefany sonríe. Sus ojos al igual que los de Foncho brillan. No necesitan las palabras. Sobran.

Ella también lo ama.

 

EL ÚLTIMO MINUTO.

El último minuto

 Las pocas luces relampagueantes del bar, no los alcanzaban a iluminar a ellos; sentados en una mesa hacia un rincón oscuro. El bebía sin saborear un scotch en las rocas,su licor preferido, mientras que ella apenas había probado el coctel escogido al azar en la barra. ¿Por qué será que a los funerales, y las despedidas siempre se va bien vestido, con el negro elegante, y la mejor gala, como yendo a una glamorosa pompa? No hay más que decir, dijo la mujer, ya todo está dicho.

Tomó su bolso y salió como alma en pena.

 

Tú allá, yo acá.

 

Sabes, es mejor que cada uno tome su camino, tú a tu mujer y tus hijos, y yo arrancarte de mi alma, para poder  olvidarte, le dijo Lina, y él sin saber que responder, apenas tartamudeo unas pocas palabras que ella no escuchó, a lo que respondió, creo que tu silencio lo dice todo, y entre tanto él, Barrera, golpeó con rabia todo  cuanto tenía a su lado; esta escena los desmorono a ambos, y las briznas de corazones que quedaban en pie se deshicieron. Ella cruzó la calle, y él, tomo el sentido contrario. Al mismo tiempo, tanto Lina, como Barrera, rompieron  en llanto.

 

Olor a peligro

 

La autopista raramente despejada, a esta hora lo estaba. Los escasos semáforos inusualmente y de manera consecutiva en verde también lo estaban. Por lo quepaso uno, dos, semáforos y el auto en el que iba Lina, tomaba velocidad. Sus ojos cristalizados, inyectados de dolor y llenos de lágrimas, constantemente ameritaban pasar el kleenex ligeramente perfumado, para poder limpiarlos y seguir viendo el camino. Por lo rectilínea de la autopista, y lo poco concurrida, manejaba con una mano en el timón (con la derecha para ser más exactos) y la otra apoyada en la puerta de la camioneta, sosteniendo de paso su cabeza. Manejaba inconsolable, llorando con esfuerzo inmenso, y no porque se le dificultara, sino porque cada lágrima le dolía, porque cada lágrima procuraba amarrarla a sus ojos para que no se escapara, sollozaba  con amargura, y por momentos perdiendo la mirada en el infinito, dejando la conducción más con un acto mecánico de su organismo. Una canción suena en la radio, y eso la despabila, la saca del ensimismamiento de los recuerdos, y el laberinto en que muchas veces se convierte la memoria. Le sube el volumen al radio, casi al tope. Cada instrumento, cada letra resuena en su interior, y retumba en los vidrios cerrados del auto. Le llegan al alma, con una rara sensación de frescura, combinada con otra de escozor,  aunque para ser francos, esta última termina predominando sobre la otra.

 

Lleva al lado de la palanca de cambios, en un pequeño compartimento abierto: su celular, el dispositivo manos libres con tecnología bluetooth, una caja de cigarrillos, y un labial.

El celular comenzó a vibrar, y posteriormente a sonar y encender de manera intermitente las luces, por lo nublada de su vista no alcanzo a ver de lejos quien era, así que agarro el auricular, y lo coloco en su oído, oprimió el botón para contestar y era él.

 

—Por favor no me cuelgues—exclamó con voz desmayada—: Escucha, —y una canción empezó

 a sonar—:  “Moi je n'étais rien, et voilà qu'aujourd'hui, je suis le gardien, du  sommeil de ses nuits, je l'aime à mourir”

 

Con una voz moribunda, luego de que el pasara otra vez al celular, le dijo—: Por favor,  no más.  No me hagas más daño. El corazón herido latía con fuerza, los pulmones vibraban intermitente. El tercer semáforo, ya no estaba en verde. Ella no lo noto.

 

 

 

 

 

Comentarios (0)
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios!

!joomlacomment 4.0 Copyright (C) 2009 Compojoom.com . All rights reserved."

Buscar

Nosotros

Online

Tenemos 5 invitados conectado(s)

Publicidad

Suscríbete