Cuentos Edición 2 Las visitas

Las visitas

 Ahora se mueve despacio hacia el ventanal. Un amarillo tenue tiñe las paredes de mañana. El mismo olor a café vuelve a cerrarle el estómago y sólo pude soltar un suspiro cansado. Languidez. Un sabor conocido a perpetuidad amarga le inunda la voz hundida en ese pozo seco que ha dejado de esforzarse por emitir sonido. A veces se le escapa un lamento agudo, triste canción para no dormir que se pega en el aire enrarecido del ambiente provocando dolor de cabeza a las personas que llegan.

 

Muchos pasan en estos días, pero sólo fugazmente. Parece que no soportan el vaho fétido impregnado en las cortinas. Ni siquiera los pájaros se posan en las ventanas más que unos segundos.

No sabe bien que día es; supone que es domingo porque han venido algunos culposos con chocolates de regalo. Es el día más esperado por la mayoría, o mejor dicho por los que piensan que son felices porque sus seres queridos siguen necesitándolos y que por esa razón los visitan cada semana en un acto caritativo que no supera la media hora.

 

Para hacer más amena la espera se sienta en el sillón de mimbre donde da el sol. Mientras arruga la frente por la claridad, baja la cabeza. La ansiedad se le desprende de los ojos. Las manos agrietadas por caricias evaporadas han empezado a sudar. ¿Dónde está? Ya casi es la hora. 

 

De golpe junta las rodillas. Estira los puños del saco como queriendo refugiarse dentro. Cada vez que la ve llegar, se siente una babosa tratando de comprimirse para caber en un caparazón demasiado chico. La tensión como lápiz blando remarca con fuerza las bisectrices del expresivo papiro. Parece que los lugares conocido le han dejado tatuado su mapa para que no olvide el camino de regreso.

 

Sin embargo él la busca. Se siente acompañado, sobretodo en esas noches en que el dolor escarba su carne hasta estrangularle el espíritu.

 

La ve avanzar y se muerde los labios. No tengas miedo, ruega por dentro. No tengas miedo. No levanta la vista y ella tampoco, pero se reconocen. No quiere asustarla y por eso se atiene a esperar su paso temeroso.

 

 Zapatos blancos, cancanes rosados, vienen a él tímidamente. Las facciones suaves comienzan a distinguirse entre los mechones cobrizos que intentan ocultarlas. Por un momento detiene el paso como esperando que algo suceda. Mira a su alrededor, los ve cruzarse, mezclarse y diluirse entre sí sin darse cuenta. Esbozando media sonrisa se detiene a contemplar la escena: por fin se ven y salen corriendo espantados unos de otros como si nunca hubieran coexistido. Se niegan mutuamente pero comparten el lecho, piensa mientras festeja la broma. Él es cómplice de la diversión y también se ríe. Antes les gustaba compartir el juego de los desconciertos: cambiarlos de lugar hasta que ya no sepan si son los vivos o los muertos. Después de aquello la sala es usurpada por ruidosas ausencias. Sólo ellos resisten.

 

Cabello lacio, flequillo adormecido sobre una frente que pica. Mejillas blancas, boquita apretada, mira el suelo seriamente y camina con resentimiento. Las puntillas nacaradas pasan a través del viento que se cuela por los vidrios sin inmutarse. El frío esquiva la pequeña figura, la rodea y sale del lugar.Todos tiritan frotándose los brazos  y se apresuran a cerrar las puertas.

 

El felino que dormía en la alfombra del pasillo pega un alarido y se acurruca contra la pared con los pelos erizados. Gato loco, dice alguien, no será más que una pobre cucaracha. Ella pasa a su lado, lo mira de reojo y le sonríe con malicia. Hace que vuelve, se detiene dubitativa, retrocede de nuevo... hasta que el animal huye despavorido con la misma velocidad que si le hubieran prendido fuego la cola. Las carcajadas retumban. Los hemipléjicos, los sordos, los escleróticos que quedaron abandonados a su suerte revolean los ojos.

 

       Pero su objetivo está al frente; al retomar la dirección el rostro se le endurece; amontona las cejas, infla los cachetes  Él la observa, transpira y gesticula muecas de  perdón. Quiere tenerla a su lado como en los viejos tiempos.                   

 

 Por fin la pequeña se para; sin despegar el mentón del pecho, lo mira. Él intenta tocar su manito pero ella endurece el puño. No emite palabras. Él empieza a comprender que esta vez no será diferente y comienza a hamacarse nerviosamente al tiempo que se frota el cuero cabelludo.

 

       La nena da vueltas a su alrededor, se detiene detrás y se prepara para empezar. Él lloriquea como una criatura. Impedido de voz, gime y se retuerce. Entonces sucede lo pactado. Cada músculo es atravesado por millones de cuchillas que revuelven la sangre. La piel se le desprende en lonjas muy lentamente. Las extremidades se le desgarran,  las uñas vuelan. Millones de bebes se ahogan en un llanto sin calma. Una madre prende velas para aliviar la angustia eterna. Ruegan por un amigo al que no han vuelto a ver. En el nombre del padre, del hijo...chocan los bultos contra el río. Los dolores inexorables se acumulan y despedazan cuerpo y espíritu.

 

      Al terminar la función el hombre sigue allí, sin otra cicatriz que la de su conciencia, esa que ella dibuja con esmero en sus visitas. Él cree que ya ha pagado. Ella no se conforma. Vuelve a alejarse mientras el anciano que aprendió a suplicar quiere seguirla.

 

    Amanece. Otra vez se mueve despacio hacia el ventanal y un amarillo tenue tiñe las paredes de mañana. El mismo olor a café vuelve a cerrarle el estómago.

 

 

.

 

Comentarios (0)
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios!

!joomlacomment 4.0 Copyright (C) 2009 Compojoom.com . All rights reserved."

Buscar

Nosotros

Online

Tenemos 5 invitados conectado(s)

Publicidad

Suscríbete