Soledad

 

Las líneas que nos separan no están claras, nunca han estado claras: varios fueron los que quedaron por el camino, confundidos por las traicioneras líneas divisorias. Pero él ha sabido jugar con ellas, sin sobrepasarse en ningún momento de los límites lógicos. Siempre logró volver: la noche nunca alcanzó a sorprenderlo. Siempre regresó. A tiempo.

 

Nuevamente lo veo venir, traspasar las fronteras que separan los diferentes mundos. Otra vez... Una vez más necesita escapar, refugiarse en este lado. Yo sé lo que le sucede. Conozco su rostro, el semblante de desilusión que lo domina cuando visita mis dominios. Puedo descubrir su angustia, sus futuros versos con sólo observar sus facciones. Con sólo verle el cuello, tambaleante, que traga cada vez más y más saliva. Lo conozco, claro que sí: varias fueron las veces que estuvo de este lado. Varias fueron las veces que lo cobijé. Conozco su dolor. Lo conozco...

 

Lo veo venir. Igual que siempre. Allí viene el hombre, caminando con su eterna soledad. Aún está en el otro reino, aún permanece en ese enmarañado complejo que lo mata de a poco, que lo viene matando de a poco desde hace ya tanto tiempo. Lo veo. Claro que lo veo. Veo su esfuerzo por cruzar la frontera, por evadir los controles que pretenden separarnos de manera hermética.

 

Su trayecto es angustiante; el hombre debe esquivar las balas que lo persiguen sin otra posibilidad más que caminar: el enorme peso de sus penas le impide correr... Los ruidosos proyectiles atraviesan los aires, pasando por delante de su rostro lleno de lágrimas. Pero sigue avanzando. Con tranco cansino. Su esfuerzo es conmovedor... Y finalmente logra dejar atrás su mundo. Por fin el hombre logra escapar del mundo real para introducirse en mis dominios, para introducirse en el reino de la fantasía.

 

Ahora será lo mismo de siempre: vivirá algún tiempo aquí, escribirá algunos versos, llorará por las noches. Ahora será lo mismo de siempre... El hombre... Desdichado ser de dos mundos. Desdichado ser de ningún mundo... No podrá estar a gusto en ningún lugar. Una maldición ha recaído sobre él: algo lo obliga a recorrer los diferentes reinos, descubriendo su identidad, su vida y su muerte. Él sospecha su desgracia, desde su infancia lo sospecha, pero nunca ha logrado estar completamente seguro de su desventura, y nunca lo logrará. Yo, que soy conocedor de todos los hechos y de los tiempos eternos, sé que el hombre nunca podrá descubrir nada, que nunca alcanzará lo que anhela. ¡Pobre diablo! Sus deseos son mariposas de papel que se deshacen bajo la lluvia de los diferentes mundos que visita.
 

Ahora será lo mismo de siempre... El hombre permanecerá aquí durante un par de días, recobrando fuerzas para emprender su próximo viaje. Y como siempre, como todas las veces, el hombre se irá. Caminando con su eterna soledad...

 

Rodrigo Clavijo Forcade.

Montevideo, 2008.

 

Los textos aquí presentados pertenecen a la serie titulada «El Otro Lado». Infructuosamente su autor se ha preocupado por tratar de clasificarlos dentro de un género determinado; tal vez, la definición más sensata para describir estos textos sea la esbozada por su propio autor: «El Otro Lado es literatura desde las tripas... Son textos del dolor: desconozco si guardan algún otro mérito en sus líneas...»

 

 

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