Crónicas Edición 4 Toda la piel de América en mi piel

Toda la piel de América en mi piel


 

Ahora que se apagó el latido de su voz, rescato estos apuntes para evocar la primera vez que la conocí a comienzos de los 80. Entonces, yo era un mochilero buscavidas que cruzaba la cordillera para respirar un poco de la recién resucitada democracia en el vecino país. Por acá apestaba la represión, y por allá se podía ver y escuchar a Milanes, a Serrat y a Mercedes Sosa, que eran músicas sospechosas para la jauría milica del Chile de entonces. A ella, solamente la escuchábamos en peñas y en carreteados cassetes que se guardaban como joyas junto a los afiches y panfletos libertarios.
Por eso, al enterarme que Mercedes había regresado de su exilio, me propuse conocerla, y partí a Buenos Aires subiendo al bus hasta Mendoza, para luego tomar el tren nocturno que cruza la inmensa pampa. Con tan mala pata, que había un descarrilamiento del día anterior, que me obligó a bajarme y alojar en un pueblito polvoriento de la estepa argentina. Y solo a la mañana siguiente pude tomar otro bus, que me retrasó un día más. Y cuando por fin arribé a la capital porteña, cargado como mula con mi mochila, el concierto ya había pasado, y la querida Mercedes iba camino a Mar del Plata donde sería su próxima presentación. Ni siquiera me quedé allí esa noche, y en el mismo terminal de Retiro, agarré al vuelo un bus a Mar del Plata para llegar a tiempo al recital.


Mar del Plata de aquel tiempo, era como Viña del Mar, medio sofisticado y pije, pero en grande, por eso los mochileros latinos eran vistos como rateros sospechosos. Cuando llegué al teatro traspirado y acezando, los porteros me miraron la facha hipona exclamando que no podía ingresar al concierto con esa enorme mochila.
-Así que, ché, córrete de aquí. Vamos andando para otro lado.
Después de tanto incidente, quería llorar, y con decepción, me senté en la mochila a la salida del lugar. Por fortuna, un músico de la cantante había sido testigo de la escena con los guardias, y se acercó ofreciéndome guardar la mochila en el camarín.
-Y cuando venga a buscar la mochila, ¿podré saludar a Mercedes?, me atreví a preguntarle.
-Yo creo que si, sobre todo si vienes de Chile y te ha costado tanto llegar, hermano, me contesto el amable guitarrista. Entonces, feliz saque mi entrada y me instalé en un buen lugar de la platea.


La sencillez del espectáculo conmovía, solamente dos guitarras, algo de percusión, y el metal incomparable de su voz lo llenaba todo. Su voz lo perfumaba todo, como si aquella respiración cantora fuese un escalofrío vertebral que, a ratos, en un susurro, recorría la historia latinoamericana del desgarro. A ratos era la rabia, que entonaba zambera desenterrando raíces de injusticia. La sala repleta respiraba el silencio ritual donde se podía escuchar hasta el ahogo afinado de nuestra Mercedes. Y al llegar a la última estrofa, me lo aplaudí todo, y me lo lloré todo, y me lo canté todo, eternamente agradecido de aquella amable acogida.
Al terminar el recital que en dos horas había estrujado el corazón del publico que no la dejaba irse. Luego de esto, me dirigí a los camarines a recoger mi mochila, Y allí me recibió ella en persona con una ternura infinita, tan grande, como un mundo de cariño que me hizo tambalear ante su imponente y calida presencia.


-¿Vienes de Chile?, me preguntó con los ojos empañados.
-Y no te canté la canción dedicada a Víctor. “No puede borrarse el canto, con sangre del buen cantor”; murmuró abrazándome, mientras un grueso lagrimón le vidriaba su mejilla.
-¿Y ahora, donde vas?, me preguntó maternal mirando mi mochila.
-Por acá cerca, a un hospedaje en el centro, le dije con timidez.
-Nosotros te llevamos, agregó con acento tucumano. Y me subí al auto ante la mirada de los guardias que tuvieron que cargar mi equipaje a pedido de Mercedes.
Desde aquel ayer pasaron un tropel de años, cambiaron un poco las cosas. Hasta que a mediados de los noventa, estando en la ciudad de Concepción, presentando un libro, me entero que Mercedes Sosa andaba por allá, y ese mismo día tendría un encuentro solamente con mujeres en el hotel donde yo alojaba. De alguna manera me colaría en la sala, mientras tanto me fui al bar y pedí un whisky mientras hacia hora. Del primer whisky conversando y cantando las canciones latinoamericanas, pasaron los whiskys seguidos, uno tras otro, hasta que me fue difícil ponerme de pie cuando el mozo me avisó que la reunión ya había comenzado. Todo me daba vueltas cuando entré a la sala copada de mujeres de izquierda que me miraron extrañadas, y yo les devolví el gesto con una ebria mirada maricoza. En tanto, Mercedes contestaba una a una las preguntas de las numerosas invitadas. Casi al finalizar la reunión, le pidieron que cantara, y ella sin hacerse de rogar, interpretó un tema de Fito Páez. Entonces, después de los aplausos, pedí la palabra entre el alboroto del público diciendo que yo no podía estar allí, que esa reunión era solo de mujeres. Pero Mercedes, suavemente las hizo callar esperando mi pregunta. Y allí, con el alcohol a mil revolviéndome la cabeza, se me olvidaron todas las preguntas, y solo atiné a decir: ¿Y que te ha dado por cantar canciones de cabros chicos, niña? A la distancia, vi a Mercedes sonreír, y ni siquiera alcanzó a contestarme, cuando su hijo y un guardia me invitaron a salir del lugar, alegando con razón que yo había sido un mal educado.


Esas fueron las dos veces que estuve cerca de la novia de America, la marca llagada en la voz memorial del continente. La poética del canto político que nos dejó un verso trunco a medio concluir, una canción a medio trino en el pentagrama indio de su inolvidable mochila de pájaros.

PEDRO LEMEBEL
Escritor chileno.

 


 

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