Crónicas Edición 4 Crónica de una ciudad "invisible". Los tatuajes en Cartagena

Crónica de una ciudad "invisible". Los tatuajes en Cartagena


Señores padres de familia, si su hijo llega un día de estos tatuado a su casa, no pongan el grito en el cielo. Ustedes, hijos, tampoco deben sorprenderse de que su mamá se haga un sensual tatuaje sugerido por su padre. Rastreando a sujetos como estos, que se sienten atraídos por el body art (arte de decorar el cuerpo), es como llego, una noche cualquiera, a un sitio ubicado en la Tercera Avenida de Bocagrande. Después de pasar bajo un aviso en el que se puede leer Ink Addiction, ingreso a un salón blanco y extenso con cuadros en las paredes, dos vitrinas repletas de joyas para muchas partes del cuerpo, y, al fondo, un grupo de personas.


Alguien del personal del local se me acerca y me pregunta que si se me ofrece algo. Yo le respondo con un “gracias" que quiere decir “sólo vengo a mirar”, y me dirijo hacia el grupo de personas del fondo, que muy seguramente llegó en el mismo plan mío. Luego de abrirme paso entre ellos, descubro a un tatuador (al que algunas veces llaman Sigfrido, y otras, Sig), que en ese momento le fija a una señora una flor de loto hindú, de vivos colores, en el brazo izquierdo (el primer tatuaje de la señora). Por lo que comentan los presentes percibo que es la madre del tatuador, y que las letras que están en las hojas de la flor son las iniciales de sus hijos. Una vez terminado el tatuaje, ella asegura nunca haberse imaginado que participaría de una práctica de este tipo, pero que al contemplar el diseño cambió de parecer.


Acto seguido, un chico de 12 años le pide a Sigfrido que le haga un piercing en la ceja. Éste le dice que debe consultarlo con sus padres. Papá y mamá se miran. Ella duda, aunque al final accede y el chico escoge su joya. La gente sigue entrando y saliendo. A mi lado otro joven, impaciente, espera ser atendido. “¿Qué te vas a hacer?”, le pregunto. “Un ave fénix en la espalda”, me responde, enseñándome una revista. Le pregunto sobre lo que dirían sus padres y me dice que no hay problema, que él se lo va hacer con su propio dinero. Avanza la noche, entran personas de todo tipo: atractivas señoras que esperan llevar letras chinas en la parte baja de la espalda; un metalero que quiere retocarse un tatuaje trasnochado y hacerse una expansión; otro que a lo mejor nunca ha escuchado rock pero que se hizo un tatuaje porque le dio la gana; un muchacho que le obsequia a su novia un piercing en el ombligo; otro que, por temor a que lo echen de su casa, se tatúa con tinta UV (esa que sólo se ve en las discotecas con luz ultravioleta); extranjeros residentes, turistas…


 

“¿Qué Cartagena es ésta?”, me pregunto. Y como posible respuesta me digo que la ciudad cambia, y aunque hay muchos adultos que piden asesoría, el motor de este cambio son los jóvenes. Hoy no son los hippies que cuando llegaron a adultos se cortaron sus melenas. Aquí la evidencia, en su mayoría, será imperecedera. ¿Cómo sobrevivirán los tatuajes en medio de una sociedad conservadora y excluyente como la nuestra? Por lo pronto, la mayoría los lleva en lugares no tan visibles y se ayuda de la ropa. Al menos todavía no ha llegado al local el primero que quiera tatuarse la cara y dudo mucho que se presente. Concluyo diciéndome que la ciudad ignorada no se reduce a la de los barrios populares, a la de los músicos que se embarcan en buses sin destino; ésta también es paradójicamente invisible, muchos la ocultan bajo una dermis más gruesa y hostil que la tela con la que a diario cubren sus cuerpos para ir al trabajo.

Son las 11:00 p.m. Sigfrido Cardona, con sus guantes y su ropa salpicada de colores, es una mezcla entre pintor y cirujano. Siento ganas de preguntarle que si estaría dispuesto a hacer una exposición a la que la gente llegara y encontrara las paredes vacías, y que, repentinamente, entre los asistentes, un grupo de personas descubriera sus cuerpos tatuados por él. Pero, finalmente, sólo le pregunto por sus diseños. Él me responde que en su página web puedo ver algunos, y aclara que no tiene preferencia por ningún estilo de tatuaje en particular, que le gustan todos, siempre y cuando se haga un buen trabajo.

 

Se hace tarde, decido irme antes de que cierren el local, pero la curiosidad no me permite hacerlo de inmediato. Además, hay tanta gente que fácilmente paso desapercibido. Un sujeto de unos 30 años de edad, que trabaja en una discoteca (lo deduzco por su suéter), se me acerca y me dice –tal vez confundiéndome con el personal que atiende allí–, que ha venido porque quiere cubrirse una cicatriz que tiene en el brazo. Yo opto por el silencio, no encuentro qué decir. Entonces atino a recordar en voz alta el título de un poema de John Junieles: “Los tatuajes sirven para esconder cicatrices”. El hombre sonríe. Complacido, acude donde Sigfrido y le habla como un paciente a su médico. Yo me doy vuelta y dirijo mi vista a la señora de la flor de loto y descubro en su mirada la de esos hombres de muelle que aparecen en el poema. Esos hombres que, luego de que una mujer les dijera adiós, se tatuaron un epitafio azul en el hombro: “Amor / Pero de madre”.

 

 

 

 


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Fuente: Fractales (Revista de Ciencias Sociales), Universidad Javeriana, Bogotá, Octubre de 2007, Nº 2, p. 19.

Publicada también el 22 de noviembre de 2006 en el blog Literatura & Periodismo.

 

 

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