Crónicas Edición 3 El mundo de los olvidados

El mundo de los olvidados

 

 

 

“Yo siempre busco los caños porque allí sólo viven ratas y animales, la gente no va allí. Salgo es a rebuscarme la mía, pa fumármela, no creo que yo le esté haciendo mal a nadie, eso es lo único que hago, esa es mi adicción”. Una tarde en la que acababa de llegar de su rutina diaria, un hombre lo espera en la parte superior del puente, Fernando se encontraba bajo los efectos del alucinógeno y sacó su cuchillo porque no le pareció familiar el que estaba allí. Al intentar atacarlo escuchó una voz entre cortada que decía “Soy yo papá…Jerson”.

 

Ese instante fue aterrador para Fernando, no esperaba no poder reconocer a su hijo y mucho menos haber intentado atacar a quien tanto quería. Él recuerda lo bien que lucía su hijo, estaba muy bien arreglado y sin embargo, la primera reacción de Fernando aparte de guardar su cuchillo, fue meterse de una a su casa, a la guarida de ratas en la que ha buscado vivir desde que quedó solo. Jerson también reaccionó e intentó acercarse a su padre que huía despavorido, se atravesó el caminito pavimentado  y alcanzo a percibir la imagen de su padre, que  apresurado intentaba arreglar su aspecto y esconder sus armas.

 

Fernando describe con nostalgia cómo fue la última vez que lo visitó su hijo. Recuerda cada uno de los detalles del encuentro y en su rostro se desdibuja su buen semblante, baja la cabeza y durante varios segundos se detiene a mirar el piso. El encuentro fue emotivo pero también devastador. La emoción de ver a Jerson Fernando quedaba en segundo plano, porque no dejaba de pensar en la impresión de su hijo sobre la miseria en la que estaba viendo a su padre.

 

Desde lejos alcanza a verse un aviso que dice  “aquí no arrime ningún hp” y al fondo un hombre que parece estar bañándose debajo del puente. La humedad del lugar puede sentirse, alcanza a verse toda clase de moscos e insectos aferrados a las inmundicias que flotan por las aguas con las que se está bañando Fernando. Así lucen las cosas desde afuera de una casa que no parece serlo.

 

Pronto él termina de bañarse, se pone una camisa de cuadros azules a la que se le han perdido muchos botones y  que deja al descubierto el tatuaje que tiene dibujado en su pecho, mientras el cabello rizado y húmedo escurre sobre sus hombros. Lleva 10 años viviendo en la que él considera su casa, a la que nadie se atreve a entrar porque si algo tiene Fernando, según los vecinos de la bomba de gasolina, “es un genio del demonio”.

 

Para entrar a la casa de Fernando es necesario pasar con mucho equilibrio por un segmento pavimentado que él llama la entrada. Al pasar éste camino él saca del fondo del puente, un sillón cargado de tizna en el que se sienta, mientras intenta aclarar su voz: “Todavía estoy  vivo porque viven llenos de odio conmigo, entonces yo  vivo solo aquí yo no tengo nada que ver con las otras chuchas que viven allá, en el otro puente. Vea mi cocina es la de allá, la sala es donde me estaba bañando y ésta es mi pieza, así de sencillo”.

 

Fernando se aqueja de una toz que le ataca en las noches y en los días de frío. Hace una quemaron por segunda vez su casa y  todo el lugar ha quedado impregnado de un hedor que incluso a él le fastidia. Las paredes de su casa han quedado manchadas de negro y todo el lugar está lleno de polvo. Cuando él llego pensó que alguien se estaba fumando algo en su puente y ya iba preparado para sacarlo, al acercarse se dio cuenta que era un olor a quemado, le habían quemado su cama y sus gatos. Cuando subió a la bomba para ver si alguien sabía algo de lo que pasaba o quién la había quemado, nadie supo darle la razón.

 

A Fernando le duele sobremanera la muerte de sus 12 gaticos, eran recién nacidos, los encontró en una caja y desde entonces les compraba una chuspa de leche que él ni siquiera se tomaba. Él es un hombre de facciones delicadas, tiene sus labios partidos y secos, de su boca sobresale su dentadura blanca y un aliento peculiar, era el de años de marihuana. Sus manos están maltratadas y marcadas con diferentes cicatrices de esa vida de sobrevivencia que ha llevado durante 19 años.

 

Le molesta que se metan a su casa y que lo llamen desechable ha ido en tres ocasiones a la fiscalía por delitos menores que se le han imputado como conducta agresiva y hurto, entre otros. Él afirma que se trataba de defensa personal, y que no le ha hecho ningún mal a nadie. En medio de la constante persecución y hostigamiento del que es víctima, a Fernando no le ha quedado otra opción que vivir solo y no hablar con nadie.

 

Fernando, un hombre que consumido por sus vicios es uno de esos fantasmas que no cuentan para la sociedad, y que mucho menos hace parte de los censos, un ser recluido en la oscuridad de un puente que lo oculta y protege de una sociedad que fuera de cerrar puertas, cobra con creces cada mal paso.

 

En sus 44 años de vida sólo ha tenido una relación estable, se trata de María del Carmen Mina Ayala su ex esposa. Con ella duro 6 años de matrimonio por lo civil y lo católico. En esa época Fernando apenas tenía 19 años, ambos eran jóvenes e inexpertos, él era soldador técnico y trabajaba en Cartón Colombia.

 

Fernando se toma la cabeza, voltea su cabello y suspira profundamente, “yo no sé qué paso y ella se enamoró de otro man y luego yo los pille y les iba a dar bala, porque yo tengo un 357 y muchas personas se metieron para que yo no los matara y pues se fueron a los Estados Unidos”. Su rostro se arruga y sus palabras están cargadas de un tono de rabia que apenas puede controlar.

María del Carmen se llevo a Jerson Fernando para Miami, fue a rehacer su vida escapando de la que tenía junto a Fernando que ya se había convertido en  un drogadicto. “Yo formé un hogar bien, crie un hijo bien, viví con una esposa bien, no le falto nada, de pronto me puede faltar a mi ahora”.

A Fernando le gustaban mucho las fiestas, y fue esa vida como él mismo lo reconoce lo que lo arrojó a la vida que ahora tiene. Todo empezó en una fiesta a la que había ido mientras su esposa se quedaba en casa cuidando al bebé. Fernando vio a una mujer  que estaba fumando y la que finalmente se le acercó a darle a probar. “Desde allí quedé pringado, yo no sabía que eso era bazuco”.

 

Después de esa situación siguió frecuentando a la mujer para que le diera más drogas y probar cosas diferentes. Su esposa empezó a notar la diferencia en Fernando, éste se tornó agresivo, impaciente, quería estar todo el tiempo en la calle y sin ellos. No le importaba comer y un día lo vio comprando marihuana. Desde eso cambio todo entre ambos, ella poco a poco se fue zafando de él y cuando él quiso acomodar un poco su vida ya era tarde.

 

Fernando siempre ha vivido atormentado por el recuerdo de su hijo y su esposa y aunque intenta disimularlo, con el solo hecho de mencionar a alguno de los dos cambia sustancialmente. Él sabe que no puede contar con nadie. Hace muchos años se alejo de su familia cortó relaciones con todos, pero de vez en cuando no puede evitar pasar por la que algún día fue su casa de verdad y aunque le cuesta decirlo, reconoce que lo invade la nostalgia, porque a pesar de aceptar su destino, sabe que vive en la miseria absoluta que él escogió.

 

La entereza de Fernando pareciese inquebrantable porque siempre está intentando cubrir sus emociones con un halo de dureza que flaquea. “Yo no quiero que nadie caiga en la que yo estoy, esta vida yo no se la deseo a nadies, yo la vivo porque me toca”. Se toma un tiempo e intenta mirar hacia otro lado para que no lo vean llorar, y en momentos como ese es que todos esos fantasmas que busca espantar con las drogas vuelven a atormentarlo.

 

Le molesta que lo llamen loco porque sencillamente cree no actuar de esa manera, “yo no me arrepiento de nada, todo lo que yo he hecho y me ha pasado ha sido por mi culpa, en el otro mundo yo soy loco pero cuerdo”. Constantemente, Fernando está hablando de las dos vidas que lleva a diario, de los dos mundos en los que vive: el normal y el de él, el subterráneo, el de los olvidados.

 

Cuando Fernando se percató de que su hijo estaba en su casa enseguida lo sacó, tímidamente le tomó el brazo bien contorneado, mientras pensaba que podría estar malogrando la camisa tan fina que tenía puesta Jerson, todo fue cuestión de segundos. “Usted qué hace acá, no se vuelva a meter allí…no me diga papá que la gente lo puede oír y usted tan distinguido y yo…” ese silencio se prolongo, era inevitable que ambos se encontraban en una especie de shock, actuaban torpemente y ninguno esperaba la reacción del otro.

 

 

Definitivamente, a Fernando lo descompone hablar de estos temas, poco a poco empieza a nublarse su mirada y aunque intenta escapar de las temidas lágrimas, es presa de ellas cada que menciona la vergüenza que sintió esa vez. Aún no entendía cómo su hijo lo podía llamar papá en la mitad de la calle, como si se sintiera orgulloso de que supieran que era su hijo. Aunque al principio su actitud estuvo muy a la defensiva, luego accedió a hablarle, pero no quiso que fuera en su casa, decidieron irse a la bomba.

 

El recuerdo de la gente que no dejaba de verlos está aún en la cabeza de Fernando no sabía de qué iban a hablar, pensaba que debía acabar con esa situación, quizás en un intento desesperado de terminar con la ansiedad y esos otros sentimientos que le estaban aflorando.

 

Por la cabeza de Fernando pasaron en ese momento muchas situaciones que él pensó que nunca afrontaría, nunca imaginó que su hijo fuera a buscarlo y más si todos saben que viven en la calle debajo de un puente. Cuando se sentaron a hablar, Fernando que no es penoso sentía que no podía ni mirarlo fijamente, y no quiso comer a pesar de la insistencia de su hijo por pena de que viera sus malos modales.

 

Su hijo ya está hecho todo un hombre, y al intentar describirlo, Fernando incluso llega a emocionarse, le cambia el semblante, es muy cauteloso para dar cada detalle, pero una vez logra decir lo bien que lo vio de nuevo se coloca serio. “Él me ofreció plata…de pronto vino a tirarme plata como pa no sentirse mal…quería comprarme ropa y cosas y yo a donde las voy a meter…yo de aquí no me voy” La emoción que tanto lo había invadido se apagaba al pensar que quizás su hijo, sólo quería pasar a hacer una obra de caridad con él. En estos momentos de nostalgia en la vida de Fernando, una profunda desazón lo invade “Este es el mundo de los olvidados pasen todos…a disfrutar de la fiesta…el que llega aquí le toca como a mí, levantarse a esperar cuándo me va llegar la muerte”.

 

La vida de Fernando sigue estando apartada del resto, en su mundo subterráneo, perseguido por los fantasmas de sus miedos y errores, presa de todos sus olvidos, víctima de sus vicios, ser de la noche y la caverna. Aferrado a una vida de miseria en el mundo de los olvidados, toma su porro, lo prende y mientras atraviesa el caminito pavimentado y con desaliento grita “porque aquí nadies nos ve…aquí me tocó, qué le puedo hacer”.

 

 

 

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