Crónicas Edition 9 El bailarín y el leñador

El bailarín y el leñador

 

 

 

En la cancha, Maradona y Dunga siempre fueron antagónicos: la exquisitez y la rudeza, la lírica y el pragmatismo. El primero trazaba la fantasía con su pincel de artista, el segundo la borroneaba con su brocha gorda de albañil. Bailarín el uno, leñador el otro, parecían destinados a estar siempre en bandos contrarios: Maradona en el camarín calándose su sombrero de mago, Dunga en la carnicería limpiando su cuchillo de matarife.

 

 

Cuando se enfrentaban en el terreno de juego, Maradona se servía de sus artes de embaucador mientras Dunga esgrimía su machete de labriego. A veces ganó el inspirado, a veces el tosco. En Argentina, Maradona era un Quijote rodeado de Sanchos Panzas. En Brasil, Dunga era un Sancho rodeado de Quijotes. Siendo tan diferentes, guardaban algunas semejanzas que, en todo caso, resultaban inadvertidas para el público: ambos eran líderes en sus equipos, ambos levantaban una y otra vez el trofeo de los campeones. ¿A quién se le hubiera ocurrido entonces que alguna vez estos dos seres tan disímiles terminarían pareciéndose?

 

Sucedió muchos años después de haber concluido ambos sus ciclos como jugadores activos, cuando se convirtieron en los directores técnicos de sus poderosas selecciones. Entonces, los dos desplegaron sus recias personalidades de caudillo. Nadie movía un dedo en el interior de sus grupos si previamente no había sido autorizado por ellos. Ellos ponían, ellos quitaban, ellos mandaban. Cada uno formó a su tropa como una réplica de sí mismo. Así, la Argentina de Maradona era pródiga en talento ofensivo pero torpe para defenderse: genialidad sin organización, inventiva sin responsabilidades. Como Diego, ni más ni menos. En el Brasil de Dunga, por el contrario, lo que primaba era el orden: allí valía más un operario dispuesto a limpiar los trombones que un maestro de música capaz de embellecer la sinfonía. En la mentalidad castrense de Dunga, es posible construir un equipo sin genios como Ronaldinho y Alexandre Pato, pero no sin cavernícolas como Felipe Melo.

 

Argentina y Brasil, pese a su favoritismo, han sido eliminados en los cuartos de final del Mundial de Fútbol. En ambos países los dedos acusadores señalan a sus directores técnicos. De ese modo, Dunga y Maradona, tan distintos en el pasado, se asemejan hoy en su condición de fracasados. Por primera vez en la historia son dignos de los mismos adjetivos: cabecidura, soberbio, burro. Por primera vez en la historia llamarse Maradona es casi lo mismo que llamarse Dunga.

Al verlos cabizbajos en sus respectivas ruedas de prensa, al observar el fin lánguido de sus ciclos como entrenadores nacionales, al leer los titulares ácidos que les dedica la prensa de todo el mundo, comprendo que aunque el uno fuera artista y el otro jornalero, se parecen mucho más de lo que siempre creímos. Tanto, que sucumben la misma semana y hasta comparten el mismo “Inri”. Entonces se me viene a la memoria un viejo proverbio italiano que siempre me ha encantado: “cuando termina el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja”. Paz en la tumba del bailarín, paz en la tumba del leñador.

 

 

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