Angustia en el pecho

Tomado del periódico La Palabra, Cali
La periodista Carolina Rojas, de La Nación de Chile, escribe para La Palabra un testimonio de la tragedia que vivió su país. ´´Algunos dicen que los chilenos estábamos sumidos en un arribismo sin límites, y vino el click. Hoy, Chile ha vuelto a su vida cotidiana de a poco, con el efecto postraumático, igual que un niño golpeado oculta su rostro tras sus manos´´.
Santiago de Chile
La madrugada del 27 de febrero estaba en un piso quince con unos amigos cuando el terremoto movió nuestros pies y nuestras vidas. Ante el primer remesón, la risa se nos borró de las caras. Inmediatamente estuve calmada por esos amigos que llevan el gen del terremoto. Así les digo a todos los que vivieron el estremecimiento de 1985 y que siempre dicen: "ya se va a pasar, este temblor no es nada". (Unas vacaciones fuera de Chile me privaron de esa brutal experiencia y no tengo el gen).
Pero el temblor siguió y entonces la guitarra que llevaba la animada fiesta saltó lejos y nuestro canto enmudeció al ver que aquel temblor se hacía terremoto. Tras el sacudón, se cayeron la mesa y la lámpara y alguien gritó "abran la puerta, podemos quedarnos encerrados".
En el pasillo hasta la salida de escape no podíamos equilibrarnos. De inmediato vino el miedo a lo inesperado. El peor de todos los miedos. En la escalera de evacuación, el sacudón se hizo brutal. El ruido de los otros apartamentos era ensordecedor, entre gritos mudos y miradas. Creo que todos pensamos "esto puede ser el fin". Igual de cómplices bajamos los quince pisos de dos en dos y luego de cinco en cinco escalones, por un poco de aire y un poco de cielo. Huimos mientras en la cabeza llevábamos ese micro film que se pasa con toda tu vida en momentos como esos. Y los rollos incluyeron preguntas ¿dónde estarán mis hermanos?, ¿mi madre?, ¿y mi viejo?, ¿se habrá derrumbado ese apartamento antiguo en el que viven ambos?
Abajo en el hall del edificio la situación no fue mejor: los niños asustados, la gente semidesnuda, las caras de horror y los vidrios rotos en el suelo. En la calle una nube de polvo envolvió todo. Santiago estaba aterrado. Escuchamos en la radio "8, 8 " un mega terremoto, un cataclismo y el llanto se nos atoró hasta desgarrarnos la garganta. Después de esperar, caminamos mudos, sonámbulos, empujados sólo con la idea de regalarles un abrazo a nuestros seres queridos. En el camino a nuestras casas, nos dimos cuenta que la ciudad estaba destruida, pero también su alma. Fue un viaje al infierno: la oscuridad, los escombros, las fogatas, la gente durmiendo en las calles.
Y así fueron los siguientes días: un pan costaba diez veces más que hace unos días atrás, la gente seguía preocupada de los saqueos, mucho más después que se supiera de los muertos de los chilenos del sur. Mucho pánico.
Dos remesones en esta semana devolvieron a los chilenos a las evacuaciones, los gritos y el llanto, sólo dos se sintieron fuertes, porque en realidad fueron once. Fue la gran réplica, la profecía de los sismólogos. Como autómatas, mis vecinos y yo abrimos la puerta (acto para que no se bloqueen), tratando de no tropezar con la mochila a la entrada. Contiene lo indispensable en caso de otra réplica o en caso de quedarse sin casa: dinero en efectivo, una linterna y un poco de ropa. Hoy todos los santiaguinos tienen una, incluso las carteras de las mujeres se han transformado en verdaderos backpack de guerra, donde llevan lo indispensable en caso de lo peor. Y mientras la normalidad vuelve de a poco, lo más difícil es asumir la idea de la costa hermosa y su gente que fue tragada por el mar y, también con la realidad de los barrios históricos hechos añicos. Es duro pensar en la madre que perdió a su hijo en el maremoto, cuando una ola lo arrancó de sus brazos justo después de ponerle un chaleco salvavidas. Nuevamente Chile busca a sus muertos y sólo encuentra jirones de ropa. Tenemos miedo, vivimos con la angustia, se nota en el acto de tocarnos el pecho con las manos al hablar. Los especialistas dicen que la angustia se aloja, justo ahí, en el pecho. Vive con miedo el señor que respira profundo para evitar una crisis de pánico en el subterráneo, yo no he vuelto a subirme a uno. Vive con miedo la gente que no llega a dormir a sus casas. Todos sentimos miedo cuando el piso se mueve y saltamos de golpe a la puerta. Miedo de las imágenes de rescate y más derrumbes que no dejan de pasar por la televisión. También tenemos miedo a dormir y a no despertar jamás.
Desde el 27 de febrero hasta hoy, Chile ha vuelto a su vida cotidiana de a poco, con el efecto postraumático, igual que un niño golpeado que oculta su rostro tras sus manos. Pero como de lo malo siempre se saca algo bueno, desde ese día, como cualquier persona que se ha enfrentado a la parca, vino la reflexión. Por estos días, ya no hemos convivido sin vernos. Algunos dicen que los chilenos estábamos sumidos en un arribismo e individualismo sin límites, entonces vino el click. Desde el terremoto, hay gente que ha pensado dejarlo todo por vivir en comunidad y quizás, por unos días, creo ya no convivimos sin vernos. La gente se ha vuelto más amable con los vecinos a la hora de trazar un plan de evacuación de los edificios. La vecina ya no cree que su vecino vende drogas, porque aquel tipo tumbó su puerta para rescatarla cuando quedó atrapada. El chico del colegio rico y el chico del colegio pobre recolectan juntos ropa y alimentos para las zonas más afectadas del sur. Hoy algo es distinto en nosotros. Hemos recordado que en un chasquido de dedos se puede acabar todo. Los chilenos no estábamos muertos, sólo un poco dormidos.